CRÓNICA
UMD

"Oye, ¿te apuntas o nos das la patada?"

Con esta frase Guillermo Reinlein invitaba a su hermano a formar parte de la Unión Militar Democrática (UMD) en pleno franquismo. Hace 50 años, su lucha clandestina por una España democrática los convirtió en traidores a los ojos del Ejército y del régimen, que los acusó de sedición y rebelión. Juzgados y condenados, su valentía no fue homenajeada hasta décadas después

Los capitanes Fermín Ibarra y Fernando Reinlein en la prisión militar de Cartagena tras el juicio de la Unión Militar Democrática
Los capitanes Fermín Ibarra y Fernando Reinlein en la prisión militar de Cartagena tras el juicio de la Unión Militar DemocráticaCedida
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«Volvería a hacerlo y con más razones. Tuve la suerte de encontrarme con la oportunidad de actuar en favor de la libertad de mi patria y fue casi como una obligación», cuenta a Crónica en un tono que no admite réplica Fernando Reinlein, miembro y hermano de uno de los fundadores de la Unión Militar Democrática (UMD). Entusiastas, reformadores y demócratas para algunos, traidores, irreverentes y rojos para el régimen. Era septiembre de 1974 cuando un grupo de militares decidió romper el silencio cómplice de la ortodoxia franquista. De aquello hace 50 años. Fueron perseguidos, juzgados en Consejo de Guerra y olvidados por la amnistía «descafeinada» de 1977, que sí perdonó los delitos de sangre de algunos miembros de ETA. Ahora muchos de ellos siguen defendiendo los valores democráticos en el seno de las Fuerzas Armadas a través del Foro Milicia y Democracia.

En 1974 la sombra de Franco aún cubría España, pero había quienes ya soñaban con un ejército al servicio de la democracia. En la guarnición del Ejército de Tierra de Barcelona se celebraban reuniones clandestinas para analizar la situación política y el papel del ejército. En ellas, estuvo Julio Busquets, que había dejado la docencia universitaria y su condición de supernumerario para regresar al Ejército.

Fascinado por la Revolución de los Claveles de Portugal, viajó en agosto a Lisboa junto con Luis Otero, su viejo camarada de los días en el colegio premilitar Forja. Ante la ausencia de todos sus contactos portugueses, se presentaron en el palacio de Belém, donde fueron recibidos por el teniente coronel Almeida y el mayor Monge. La propaganda franquista haría de estos encuentros la excusa perfecta para colgarles el sambenito. «La Revolución del 25 abril no nos hizo demócratas, ya lo éramos de antes», apunta Reinlein. A diferencia de sus inspiradores compañeros de armas portugueses, la UMD se aferraba a su condición patriótica y evitaba caer en divisiones partidistas. La organización militar buscaba así esquivar cualquier discordia que pudiera fracturar su objetivo común.

Para saber más

Uno de septiembre. Doce oficiales del Ejército de Tierra —tres comandantes y nueve capitanes— sentaron las bases de la organización. El número 29 de la calle General Mola en Barcelona (domicilio de Guillermo Reinlein) fue su primer centro de operaciones. Por razones de seguridad, contaban con dos alternativas. Una era la casa de vacaciones en Torredembarra, del capitán de Artilleros López-Amor. Otra en Salou, del capitán de Ingenieros Julve. Cada una de ellas recibió, como clave, el nombre de una de las tres hijas de López-Amor: Elena, Susana y Marta.

«Unión, porque sentíamos el compañerismo; Militar, porque era nuestra fe, y Democrática, porque no nos sentíamos súbditos, sino ciudadanos españoles», así justificaba el nombre de la organización el ya fallecido Guillermo Reinlein. La decisión se tomó en su primera reunión. Desde el principio, mostraron un enfoque distinto al de los cuarteles. Rechazaron el liderazgo basado en antigüedad y empleo, eligiendo en cambio una práctica democrática para la selección de sus líderes. «Nunca pretendimos dar un golpe, sino evitar un posible golpe de Estado, porque la muerte de Franco era cosa de tiempo», explica Reinlein.

De esa primera reunión también saldría su ideario. Cinco objetivos nacionales y otros cinco militares. Los diez destilaban, aparentemente, democracia e igualdad. Unas Fuerzas Armadas al servicio del pueblo y una nueva España democrática e integrada en Europa se daban la mano en la lucha de los, llamados despectivamente, úmedos. A ello se unía la lucha contra la corrupción y modificaciones en la Justicia Militar y en la Ley del Servicio Militar. Todo bajo la futura legítima autoridad civil.

Se convocaron cinco asambleas más. Fernando se unió al finalizar la segunda, celebrada en los últimos días de diciembre de ese año en Madrid. «Oye, ¿te apuntas o nos das la patada?», le dijo su hermano Guillermo. «¿Es contra Franco? Entonces, me apunto», sentenció.

Adeptos en 15 provincias

Barcelona, Madrid y Galicia fueron los primeros núcleos de movimiento de la organización. Agotada la confianza y el compañerismo, sus métodos de captación se basaron en la búsqueda de la complicidad mediante la observación y el tanteo de la opinión política de otros militares. Acabarían contando con adeptos en 15 provincias tanto peninsulares como insulares. La mayoría de los disidentes serían militares del Ejército de Tierra (85%), seguidos de sus compañeros del Ejército del Aire (10%) y, en menor medida, de la Armada (5%). La labor del teniente Luis Alonso también propiciaría la participación más adelante de Guardias Civiles.

«Había más demócratas en el Ejército. No éramos sólo los miembros de la UMD. Algunos se irían uniendo a lo largo del tiempo y otros ni se enteraron», confiesa a Crónica.

Los rumores sobre la Unión Militar Democrática crecían, y entre los políticos se instalaba la inquietud de en qué lado estarían las Fuerzas Armadas cuando llegara el cambio. Mantuvieron discretamente contactos con las fuerzas políticas más representativas, cuidándose de no ser identificados con ninguna en particular. «Hablamos con todos porque nuestro objetivo era ir al centro de gravedad de la oposición democrática», apunta Reinlein.

Tocaron todas las puertas y lograron, además, apoyos particulares de una amplia gama política. Liberales y monárquicos como Joaquín Satrústegui o Jaime Miralles, demócrata-cristianos como Joaquín Ruiz Jiménez, centristas como Rafael Arias Salgado, socialdemócratas como Francisco Fernández Ordoñez, nacionalistas catalanes como Jordi Pujol o Trias Fargas, socialistas como Joan Raventós y comunistas como Santiago Carrillo o Simón Sánchez Montero se sumaron a la causa.

Los detenidos y procesados por pertenecer a la UMD.
Los detenidos y procesados por pertenecer a la UMD.Cedida

Desde la Corona también mostraron gran interés en la organización. En París y Lausanne, se reunieron con el autoexiliado don Juan. El príncipe Juan Carlos, compañero de promoción de alguno de los miembros, envió en más de una ocasión al duque de Arión como emisario. Los sondeó. Quería saber si, en el escenario de asumir la jefatura en funciones y un posible intento de Franco por recuperar el poder (algo a lo que el Borbón no estaba dispuesto), podría contar con el respaldo de los úmedos.

Once meses tardó el régimen franquista en actuar contra los disidentes de la UMD. «Éramos conscientes de que los servicios secretos militares, dirigidos por Saenz de Tejada, nos buscaban y que, si crecíamos, nos iban a pillar», cuenta Reinlein. El 29 de julio de 1975, a las 06:30, comenzaron en Madrid las primeras detenciones y registros contra algunos oficiales de la UMD.

Según relata Reinlein, en las reuniones del Ministerio del Ejército previas a las detenciones, alguien sugirió pasar a la «acción directa». Proponía —motivado por un «odio sarraceno»— aprovechar alguna de las reuniones clandestinas para asesinar a los miembros y convertir el escenario en un teatro fabricado con pruebas falsas para relacionarlos con el MFA portugués, el FRAP y ETA. El propio Reinlein asegura a Crónica que, según un testigo de la reunión, el teniente general Millán del Bosch tildó de «barbaridad» esa estrategia.

Condenados y olvidados por la amnistía

Bajo la jurisdicción militar y en el marco de la causa núm. 250/1975 de la 1ª Región Militar, ocho oficiales del Ejército de Tierra y dos del Ejército del Aire fueron procesados, juzgados y condenados. Primero acusados de sedición, decidieron nombrar abogados civiles de la oposición, como Tierno Galván y Gil Robles. «El mando militar tomó está decisión como un desafío —que, en cierta medida, lo era— y decidió cambiar los cargos por rebelión y conspiración, negándonos también una defensa civil», apunta Reinlein. Sería la primera vez en 40 años que la justicia militar y civil entrarían públicamente en conflicto.

El Consejo de Guerra estimó un total de 42 años para los procesados por interpretar que su propósito era lograr un proceso de ruptura, «no permitiendo al Gobierno una pacífica evolución». Siete de ellos cumplieron y liquidaron sus condenas en los castillos penitenciarios de Ferrol, Ceuta y Cartagena.

Las notas informativas de los Servicios Secretos también analizaban a las mujeres de los miembros. Calificadas de «peligrosas individuas universitarias» las acusaban de haber convertido en «demócratas» a los militares. «Nuestras mujeres jugaron un papel magnífico de coordinación y corrieron un riesgo mayor que nosotros... Si las hubieran detenido, irían a la Dirección General de Seguridad, que no se puede comparar con un castillo militar». Con ellos entre rejas, sus mujeres se convirtieron en un apoyo más para la organización subversiva y, entre otras cosas, sirviendo de correo entre las cárceles y la UMD.

Ni la amnistía de 1976 ni la de 1977 los incluyó. Esperaron diez años para obtener el perdón, aunque nunca fueron plenamente rehabilitados. Se reincorporaron al ejército simbólicamente. En su nueva vida militar, se les negaban los destinos y eran obligados a pasar a la reserva transitoria. «Decían que no se podía permitir que hubiésemos tenido una organización clandestina. ¡Nos ha jodido! Teníamos un dictador. ¿Qué pretendían? ¿Qué saliéramos a la calle vestidos de uniforme y con una pancarta?», se ríe.

La transición los olvidó. Ningún partido se atrevió a reivindicarlos. El homenaje llegó 35 años más tarde. Una declaración institucional, publicada en el Boletín Oficial del Estado, reconocía el papel de estos militares que «en defensa de esos ideales arriesgaron su carrera y promoción profesional e incluso su libertad personal» por la evolución hacia un régimen democrático en España. Un año más tarde, la ministra de Defensa, Carmen Chacón, condecoró la valentía de unos hombres que lucharon por unas Fuerzas Armadas «en la medida de España».

Hubo veteranos disconformes que devolvieron sus medallas como contestación a este homenaje. Algunos creen todavía que cometieron la traición más vil: ocultar su supuesta inspiración marxista. Un análisis que, para Reinlein, «no tiene cabida». A todos ellos los manda a «hacer puñetas» con la convicción de haber luchado junto a sus compañeros por una España más justa y libre.