De todos los modos posibles de salvar su vida, la niña Hanan eligió uno de los más íntimos,el más pecaminoso, el más secreto y el más revolucionario. Rescató de su escondite un reproductor de casette, puso la cinta y se colocó los cascos. Rota de dolor, sin entender nada, se aferró a su «muleta», a su «válvula de escape». Antes comprobó que la puerta estaba cerrada y que él, el islamista que ocupaba el lugar físico de su padre, no la sorprendería. Una vez más escuchó la voz de Alaska. «¿A quién le importa, lo que yo diga, a quién le importa lo que yo haga?». Esa letra, la imagen rompedora de la cantante y esa rebeldía sorda pero punzante que la niña había estado acumulando durante sus meses de secuestro y de aislamiento, la llevaron a tomar una decisión, todavía hoy extremadamente valiente. «¿Quién va a querer llevar un hiyab, pudiendo llevar otra cosa? Mi destino es el que yo elija para mí», se dijo y se marchó de casa sin nada, escapando de un señor que la había sacado del colegio y que pretendía casarla con un amigo suyo magrebí de más de 35 años, para que este pudiera usarla para desembarcar en España.
Hanan Serrouhk, nacida en Barcelona, fue la hijastra del primer islamista que erigió una mezquita en Cataluña y que se convirtió en la punta de lanza del desembarco de los primeros salafistas en España. Para bien y para mal, ha tenido una vida de película. Con el tiempo, desempeñó trabajos de valor inestimable para la seguridad del Estado, puso su vida en riesgo, fue recibida en las estancias más poderosas de la Generalitat y creó una asociación para impedir que los adolescentes que se ven obligados a depender de las instituciones de la Administración, pasen por los lugares al borde del abismo por los que ella tuvo que transitar en los que vio cómo sus amigos se suicidaban, se prostituían o acababan en el mundo de la droga.
Ahora ha escrito un libro Coraje, el precio de la Libertad, que debería ser leído en todas las escuelas e institutos (que debería ser analizado en presidencia de Gobierno y en los sanedrines de todos los partidos políticos) en los que, lejos de narrar la parte más épica de su vida, se centra en contar lo que significó que un islamista radical llegara a su infancia.
LA HISTORIA DE ESPAÑA
«Refleja un tiempo en el que había una convivencia en este país, en la vida cotidiana de Cataluña y en el que progresivamente se empieza a truncar esa convivencia y aparecen las tensiones. De alguna forma, mi historia, como la de cualquier español, es la historia de España», reflexiona para Crónica. Con el libro, Hanan Serroukh pretende denunciar también, quizás, por encima de todas las cosas, que centenares de niñas y también de niños en España están pasando por el mismo trance por el que ella pasó ante la inoperancia o incluso con la ayuda de algunos políticos. «Están desprotegidas», se lamenta. Y Crónica lo confirmó. Es un problema tan peliagudo que, por ejemplo, en la Fiscalía General no consta más que algún caso aislado de niñas españolas o en España, obligadas a casarse por sus padres, cuando hay muchos.
Hanan Serroukh rescata sus sensaciones con delicadeza. El modo como recuerda al padre, un aventurero pescador que «encontró aquí una vida digna, pensó que tenía futuro y que podía cambiar su estatus, dejar de ser súbdito y convertirse en ciudadano, y que, ante el éxito de su proceso migratorio, se casó con mi madre y vinieron a vivir a Cataluña, donde nací yo». «La memoria de la infancia son también sonidos y sabores de dos culturas, la española y la marroquí, la oriental y la occidental... Yo las vivía como un continuo, como un paisaje sin vacíos en el que fluía la vida de las personas que estaban a mi alrededor», escribe. Después contará lo exótica que se sentía por ser la primera niña de origen magrebí educada en Figueras con compañeras de una religión distinta, pero sin diferencias, «sin guetos ni círculos cerrados», integrada a pesar de la ausencia de la idea del multiculturalismo y de políticas de integración positiva. «Hoy veo con tristeza cómo el menú halal es un motivo de batalla que muchos colegios han perdido. Creen que es un avance, pero es un retroceso», comenta.
EL PRINCIPIO DE LA POLICÍA ISLÁMICA
La muerte del padre hizo que su madre Fátima, aquella mujer «coqueta que llevaba kaftanes, sandalias de plataforma y que no salía sin ponerse perfume Eau de Fleur» considerase que debía casarse con un hombre más instruido que ella, que arrastraba el complejo de ser una iletrada. El hombre que, en realidad, la eligió sabía leer el Corán. «Ella fue la primera en caer en las garras de un islamista, eso la hizo cambiar y explotó todo por los aires. Sentí una impotencia insuperable, un shock enorme cuando ni siquiera pude patalear para seguir estudiando», recuerda. El hombre, después, decidió abrir una mezquita salafista, a pesar de que hasta su mujer le reprochaba que no tenían ni para vivir y que, «en aplicación de una lógica aplastante», no cabía abrir una mezquita «en un sitio donde no toca». «El fue el primero en sentar las normas que separaban a los musulmanes y a los no musulmanes, lo que ahora llamamos policía islámica en las zonas que ahora se llaman don't go, que no sólo existen en ciudades europeas, sino que las hay en ciudades españolas, por mucho que muchos expertos se empeñen en negarlo. Son zonas en las que sólo rigen las leyes islámicas y hay un total control de la mujer. Aquel día fue la primera vez que yo le escuché decir al marido de mi madre que era miembro de los Hermanos Musulmanes y que se iban a extender. Él fue el gancho para que llegaran muchos más», explica Hanan Serroukh.
«Hasta esos momentos, la comunidad inmigrante era ajena a esas imposiciones, pero a partir de esos momentos, los ideólogos, estos líderes, empezaron a decirle cómo vivir, cómo relacionarse en un entorno fuera del mundo árabe musulmán. El marido de mi madre tenía gente que le decía si nos habíamos comportado bien fuera de casa. Tú no podías escuchar música, no podías ir al colegio, te tenías que cubrir. Para ellos, cualquier atisbo de libertad es pecado y la mera presencia de la mujer es una provocación. Cazar a esa niña de 13 años y entregarla a otro tutor que determinaría su vida, era una forma de poner orden y mostrar capacidad de control y éxito social. Y eso quiso hacer», recuerda.
NO ES AFGANISTÁN, ES ESPAÑA
«Estoy diciendo cosas que ahora mismo podríamos relacionarlas con Afganistán, pero que están sucediendo en nuestros barrios. Yo debería haber sido una excepción, una anomalía, pero en lugar de eso se ha convertido en una realidad muy extendida, porque estos líderes y sus seguidores se ha extendido mucho más deprisa y con mucha más fuerza de la que pensamos. Hay casos que no se detectan y otros casos en los que las niñas aceptan y claudican ante un matrimonio forzoso para después intentar separarse pagando así un peaje por la libertad», denuncia. «Nadie está dando la batalla por el derecho a la identidad de esas menores. ¿Alguien cree que una niña de seis o siete años quiere ir cubierta y vestida de negro por la calle?», insiste.
No se trata de multiculturalismo, para Hanan Serroukh, sino de «una confrontación de modelos sociales: del totalitarismo islamismo frente a la libertad y a la democracia de las que disfrutamos en Occidente».. El marido de su madre rechazaba de tal modo las leyes españolas que, cuando ella escapó y los Mossos le llamaron, ni siquiera se dignó a comparecer. Fue su madre quien consumó el repudio que todo su entorno se encargó de hacerle llegar haciéndola pensar en algunos momentos que la culpa era suya, que el mal lo llevaba ella, hasta el punto de intentar acabar con su vida años después..
EL INTERLOCUTOR
Lo que más llamó la atención de Hanan, lo que la sumió en la desolación más absoluta fue comprobar, años más tarde, que el hombre que la había querido casar y había intentado destruir su vida, era un interlocutor válido para representantes del Govern como Ángel Colom (que fuera diputado, secretario general de ERC y después miembro de CiU), quien lo designó líder de la comunidad musulmana en Girona, donde contribuyó a impulsar la construcción de la controvertida mezquita de Salt. Serroukh no quiere dar el nombre de su padrastro porque no quiere verlo escrito junto al suyo y por seguridad; porque, «ironías de la vida, yo me tengo que proteger y autocensurar para poder seguir dando la batalla».
Una parte de esa lucha consiste en denunciar que el islamismo «tiene una parte armada y criminal, pero también tiene una línea intelectual y política, que se asienta entre los universitarios y está creando estructuras sólidas con personas de perfiles realmente cualificados que amenazan la actual estructura y cohesión social. Contra eso no se está dando la batalla, no hay una contranarrativa, y los políticos, por motivos distintos, entre los que también está la conveniencia, no quieren salir de su zona de confort para enfrentarse a la realidad. En Egipto o en Marruecos, se les presenta batalla intelectual y social. En Europa, no», sostiene.
Hanan denuncia, prácticamente grita, que «el sistema de protección de menores está absolutamente roto»; la emprende contra la propia Comisión islámica, que «con dudosa ética y dudosos objetivos eligen al profesorado que da las clases de religión islámica en las escuelas públicas y pide huir del radicalismo, incluso a la hora de luchar contra lo que denuncia. Y ha escrito un libro doloroso y abierto en canal que ojalá, estando en España, no hubiera tenido que escribir.
Coraje; El precio de la libertad
Por Hanan Serroukh. Editado por Sekotia. 160 páginas. Puedes comprarlo aquí.


