Mia Carol es una rara avis. No porque sea un peluquero calvo que peina su barba a trenzas. Ni por el nombre, que adquirió entidad propia en la comarca de Osona cuando en otros lugares era el diminutivo de Josep María. Ni siquiera porque a sus 57 años ha conseguido una medalla de bronce en los paralímpicos sin serlo. O porque sea subcampeón mundial de 100 kilómetros. Tampoco porque naciendo en Vic, la capital del independentismo catalán, y procediendo de una familia pata negra, proclame con una profunda paz que él no cree ni en banderas ni en fronteras ni en religiones porque son conceptos y realidades que acaban enfrentando a la gente.
Mia es una rara avisporque cree en los valores del compromiso y la confianza y por eso decidió convertirse de forma absolutamente desinteresada, sacrificando sus entrenamientos y su tiempo de trabajo, en el guía de la campeona Elena Congost en el maratón de París, una atleta cuya visión no llega al 5% pero que estaba dispuesta a apostarlo todo por subirse al podio, después de tener a su cuarto hijo. "Elena no ve, pero lo ve todo... con esa mirada que no ve. Creo que todos somos especiales en algo, pero ella es desde luego, especial", dice Mia de Elena sin ocultar su admiración.
Por eso sorprende (hasta cierto punto) escucharle decir a lo largo de su relato, entre la broma y la sinceridad, que "sentimos una rabia tan increíble que no quemamos contenedores porque no teníamos material inflamable". Pero tenían razón. Después de un esfuerzo titánico de meses, les acababan de quitar la medalla de bronce de forma absolutamente injusta mientras los representantes del Comité olímpico español se resignaban en un primer momento hasta decirles: "Lo único que podemos hacer es daros un abrazo".
HUEVOS Y CALDERETA
Mia Carol tuvo una vocación tardía por el atletismo. Su padre murió cuando él tenía 18 años y tuvo que ayudar a su madre en el salón de peluquería que era de su propiedad. Por el día un salón convencional y por la noche, cuando él se incorporó, una fantasía de cortes de pelo punkies. "Si uno puede ser peluquero calvo, puede ser cualquier cosa", se ríe. Y esa cualquier cosa fue una cadena de 15 centros, gestionada junto con su hermano, que han acabado siendo galardonados internacionalmente con los premios de mayor prestigio en los foros más exigentes de Londres o Nueva York.
Mia cuenta que a los 40 años un padre del colegio de su hijo le propuso una invernal, una carrera de montaña con raquetas alquiladas. No hacía deporte desde la mili pero no le fue mal y se propuso entrenarse como un profesional. Pasó de la montaña al desierto y a los maratones. "Te da lo mismo freír huevos que hacer una caldereta, corres cualquier tipo de cosa y todo te sale", le comentaban los amigos. Pero no. Mía adaptaba sus entrenamientos al plato que quería cocinar. Entre compañerismo y bromas.
A propósito de su nombre relata cómo en los primeros maratones le confundían con una chica. "Llega la primera fémina", decían los locutores a kilómetros de distancia fijándose sólo en el dorsal. Y el cachondeo era supino cuando a Mia Carol le seguía su amigo apellidado Amor Gay. Así, carrera tras carrera, en 2018 ganó la segunda posición en los mundiales de 100 kilómetros en Croacia y luego en Santander y luego el campeonato de España a base de seis días de entrenamiento semanales. "Hacemos tres días de calidad y tres de rodaje dependiendo de aquello en lo que vayas a competir", explica.
EL PRIMER ENCUENTRO
"Apenas había cruzado un saludo con Elena cuando Roger Esteve, el entrenador de los dos, me explicó que ella quería volver al maratón y conseguir la marca mínima olímpica en Sevilla, en marzo. Me dije, 'vamos a ayudarla'. Yo había corrido como liebre para amigos que querían conseguir determinadas marcas, pero esto no era lo mismo. Le pregunté en qué marca se movía. En el maratón que había hecho en Barcelona yo marqué 2 horas 43 minutos y cuando hago una carrera de 100 kilómetros suelo pasar por debajo de la marca de 3 horas y 11 minutos que era necesaria. Sobradamente. Nos fuimos mi amigo José y yo, por si acaso, y Elena sacó la mínima", recuerda. Se pagaron el trayecto y la estancia. Mia pensó que le iba bien porque si aprendía a ser guía, podría aprovechar el aprendizaje en un futuro. Dos semanas después, Esteve le pidió que guiara a Elena en París.
No era fácil encontrar un guía. Elena había probado con varios y no lograba adaptarse. Además, no muchos maratonianos se prestan porque buscan sus propias marcas y la función de guía requiere dedicación. "¿Cuál es el objetivo?", preguntó. "La medalla", le respondieron. Y empezó el duro camino para la adaptación. "Vimos vídeos, me enseñaron cómo comunicarme con ella, cómo dirigirla, cómo ser su sombra porque tenía que ser como si yo no estuviera. Eso quiere decir que, si ella tiene el brazo hacia adelante, yo también; yo tenía que adaptar mi pisada porque yo soy un poco más alto, si íbamos hacia la izquierda tenía que acortar la zancada porque si no, nos descompensábamos, y tenía que alargarla si giraba hacia la derecha. Y tenía que advertirla sobre si en el suelo hay adoquines o el carril de un tranvía, o una banda sonora, o avisarla de que hay una curva a 25 metros e ir tocándola con el codo".
"Nos adaptamos muy rápido las primeras dos semanas, pero hubo un mes y pico que nos costó más porque no es lo mismo ir rodando que hacer entre 25 y 34 kilómetros dos veces por semana, y cambios de ritmo y series o farleks juntos para ir totalmente acompasados. Yo he visto los vídeos de la carrera de París y es impresionante, somos uno, el mismo paso, la misma respiración", recuerda. Mia y Elena se hicieron amigos. "Como una especie de matrimonio en el que hablábamos mucho. Ella se ponía música más cañera porque es más joven y porque, con su percepción de las cosas, yo creo que oye más de lo que quiere oír", explica.
LA CARRERA DE MARATÓN EN PARÍS
Ese día de la carrera, Mia se proveyó de ocho sobres de sales, cuando sólo le hacían falta cuatro y un Enantium por si él o Elena tenían la mala suerte de torcerse un tobillo. Cuando apenas llevaban un par de kilómetros, Mía notó un par de chasquidos en la rodilla y un dolor intenso. Habían sido muchos kilómetros de preparación. "¿Qué estás buscando?", preguntó Elena alarmada. "El analgésico", respondió él. Entre el analgésico, la cafeína para la carrera, la camiseta, el peto y el dorsal, la sudoración y la falta de sales fue superior a la calculada. Pudo no ocurrir nunca, pero ocurrió entre los kilómetros 34 y 35. "Elena, me he acalambrado", le anunció. Y diseñaron una estrategia que incluía el sufrimiento en carrera.
Mía no tenía referencias de la atleta que les seguía, japonesa, y decidió contar los minutos de diferencia guiándose por los aplausos. Les aplaudían a ellos y miraba la hora hasta que escuchaba los aplausos para los rivales. El problema vino a partir de los últimos 12 kilómetros donde el gentío gritaba sin parar borrando todas las pistas. Llegó un repecho cuando faltaban tres kilómetros y Mia no pudo ni atisbar a sus rivales con l vista, y supo que tenían ganada la medalla de bronce. "Si yo hubiera tenido un par de sobres más de sales, ella baja varios minutos la marca. Bajamos mucho el ritmo, por eso yo creo que Elena tiene margen de mejora y que puede ser plata en las próximas olimpiadas. Pudimos entrar caminando y saludando como si fuéramos los reyes de España". Pero continuaron corriendo hasta la meta.
"Si hace un mes nos hubieran preguntado si firmábamos los resultados y los tiempos que perseguíamos, hubiésemos firmado. Pero cuando te pasa eso, que estas a diez pasos... Yo me tambaleé, pero no noté que soltara la cuerda. La cuerda es nuestra atadura vital, el vínculo por el que yo sé si a ella le está pasando algo y al revés, y no noté nada", se retrotrae. Lo celebraron como locos. Cuando esperaba a que Elena acabase con las pruebas antidoping alguien le dijo que habían perdido el bronce porque el equipo de la corredora japonesa había protestado. Primero les dijeron que no podían hacer nada y no les permitieron entrar en la reunión donde se iba a discutir la situación con los jueces, y luego les prometieron que lo pelearían.
Las explicaciones de la organización fueron primero falsas y luego confusas. "Las normas indican que el guía no puede entrar primero y que el corredor no puede soltar la cuerda para no obtener ventaja", pero la propia Elena explicó que está orgullosa de haberla aflojado porque eligió no hacerle daño a su compañero, y que el espíritu de la ley no es el aplicado por los jueces porque ella no adquirió ventaja y su rival estaba a tres minutos. Y ha añadido que, a pesar de la descalificación, no cambiaría absolutamente nada de lo ocurrido en los últimos meses.
"Elena, además de tener un oído y una memoria impresionantes, tiene valores. Yo creo que la gente que necesita ayuda lo reconoce más y tiene valores más altos, como el compromiso y la confianza, que se están perdiendo hoy en día y que reconocemos los que somos de antaño", responde Mia.
Mia, Elena, Roger Esteve y los familiares, después de gritar y llorar y decepcionarse todo lo concebible, intentaron gestionar su estupor mientras comían en una pizzería. Fue ahí donde Mia se llevó el mayor disgusto. Elena y Roger no le habían contado que, además de la beca, Elena se jugaba un premio de 30.000 euros y que a él le tocaban unos 15.000 o 20.000 euros. Querían darle una sorpresa, sabedores de que iba a esforzarse, y al máximo, obtuviera una compensación o no. El disgusto fue saber que Elena no podría seguir corriendo sin esa beca y sin ese dinero a pesar de sus esfuerzos.
Una de las últimas cosas que ha hecho Mia ha sido escribir al Comité Olímpico Español tras la concesión, de todos modos, de la beca a Elena. "Si realmente creéis que se ganó la medalla, tendríais que concretar qué tipo de beca es, y también darle la compensación económica y recurrir, claro", les ha venido a decir. En aquella pizzería, tras la decepción, Mia anunció a Elena que ya no iba a ser más su guía. Ella puede ser medalla de plata olímpica y él ha llegado a la conclusión de que, a pesar de todos los mundiales ganados, es imposible que él vaya a mejorar o que le crezca el pelo. Pero amigos, sí van a seguir siendo. Inevitable. Amigos para siempre.


