De aquel niño labrador queda, aparentemente, sólo el azul celta de sus ojos. Más de 50 años después de haber sido galardonado por primera vez cantando a la emigración, Amancio Prada —conocido como "el último trovador"— habla con Crónica de todo. No sólo de la vida que fue. A través de sus gafas, las mismas que lucía en su primer disco, Vida e Morte (1974), medita para hablar de esperanza y, entre muchas otras cosas, dedicar Libre te quiero a la triunfadora selección española de fútbol, en la que nadie confiaba.
"Libres los quiero... Que no se dejen coartar ni amilanar. Que se expresen. Decía el seleccionador: "Ganaremos si jugamos siendo nosotros". Siendo ellos. Hay imitadores que pueden ser más virtuosos pero hay un fulgor en lo original que irradia a los demás", sentencia.
Nacido en Dehesas (León, 1949) en el seno de una familia de labriegos, convivió con la música desde sus primeros recuerdos. Las nanas de su madre a su hermano, los ratos con su padre de camino a iniciar la jornada, todo le lleva versos a la memoria. "Supongo que aquel canturreo de mi padre, que parecía que también iba sembrando el surco en abierto, de alguna manera también iba sembrando mi pecho", confiesa Prada.
Entre ecos castellanos y gallegos, su condición fronteriza no conoció el mar hasta los diez años. A esa edad sus padres lo montaron en un tren lleno de niños de toda Castilla para estudiar en los salesianos de Cambados (Pontevedra). Desde aquel tren vio por primera vez los paisajes gallegos, a los que cantaría más adelante musicalizando los versos de Rosalía de Castro. Recuerda ver Vilagarcía de Arousa y la Isla de San Simón que, más tarde, le devolvería a la memoria un poema medieval de Meendiño. En aquel pazo —donde "había más congregaciones que partidos políticos hoy en día", recuerda entre risas— aprendió solfeo, tocó por primera vez instrumentos como la bandurria y la guitarra, y se convirtió en niño de coro.
A los 14, esa vocación se había marchado. Su canto mutó para ser vocalista de orquesta de pueblo. En 1969, en Alar del Rey (Palencia) su alma de trovador y los versos de Rosalía le llevaron a ser galardonado por primera vez. Junto con la Galleta de Oro le dieron un sobre con 10.000 pesetas. De ahí se fue a Valladolid a comprar su primera guitarra con aquel dinero. Con ella se marchó a París, donde escribiría y cantaría una canción inspirada en Federico García Lorca: La guitarra. Una vez habiendo cantado al granadino, descubriría la estrecha afinidad que el poeta sentía por la gallega. «Mi hermana en tristeza, el ángel mojado de Galicia», decía Lorca de Rosalía. Esa fraternal relación separada por el tiempo se convertiría en uno de los repertorios más recurrentes de la guitarra de Prada.
"Rosalía o Silvia Pérez Cruz podrían cantar los versos de Rosalía de Castro. Nunca se cantó de una manera, siempre se cantó de muchas maneras y el canto tiene que salir de dentro venga de donde venga, por eso ellas lo harían muy bien", confiesa.

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Volvería a la capital gala a estudiar Sociología Rural en la Escuela Práctica de Altos Estudios de La Sorbona. Un día, en otra de las casualidades de la vida de Prada, le invitaron a cantar en el Festival de la Canción Ibérica en el Palais de la Mutualité. Allí coincidiría con Paco Ibáñez, Raimon, Voces Ceibes o Quilapayún, entre otros. Dos años más tarde, en su puesta de largo en París, le acompañaría George Brassens. Desde aquel momento, no dejaría de recorrer los escenarios con un itinerario antológico de la lírica peninsular.
"La vida son pequeños detalles y pasos. En ese sentido, los cinco años que viví en París fueron muy importantes porque me abrieron al mundo. Allí veías a alguien cantando en la calle, le prestabas atención y lo escuchabas. En cambio, en aquella época en Madrid la gente no te miraba y en el metro tampoco. Un poco como ahora, llevamos demasiada prisa", confiesa el berciano.
Era 1974 y allí editaría su primer disco, Vida e morte, con composiciones en gallego. De regreso a España, fijaría su residencia en Segovia. De aquella etapa nacieron cinco discos. Uno de ellos, Cántico espiritual de San Juan de la Cruz, le llevaría a iniciar una gira por universidades norteamericanas. Pronto actuaría en el Palau de la Música de Barcelona, en el Piccolo Teatro de Milán y en el Teatro del Odeón de París, entre otros. Su insólita orientación artística hizo que la crítica fuese unánime con su figura, llegando incluso a hablarse de él en The New York Times de la mano del crítico musical Edward Rothstein, en 1984.
"Lo poco que sé de los poetas que canto lo he ido aprendiendo después de haberlos cantado. Un poeta es un hombre normal o un hombre extraordinario con el don de la poesía, pero que expresa lo que siente uno cualquiera y, en esa medida, su obra se expande y tiene sentido. Vivo lo que canto. Y canto lo que vivo", señala.
Por ese motivo ha cantado desde cántigas de los primeros trovadores del siglo XII a Manrique, Santa Teresa de Jesús, Agustín García Calvo, Cunqueiro o Carmen Martín Gaite. Tanto tiempo después, tras haber cantado España de punta a punta y de siglo en siglo, echa la vista atrás y sostiene que "el abanico de la vida es muy amplio" como para acotarlo por etiquetas políticas. Habla desde la tranquilidad de quien ha cantado lo que ha querido por sentirse "verdaderamente libre". De la misma forma y desde la posición de ciudadano que ha visto y ha vivido tanto, cualquier verso se le queda corto para dedicárselo a los políticos españoles.
"Más que una canción tengo el deseo de que, alguna vez, alguien en el Parlamento, por muy en la oposición que esté, salga y felicite al contrario, a quien gobierna, por haberlo hecho bien. Y cuando alguien esté en el Gobierno que asuma, con la mejor de las intenciones, que se ha podido equivocar. Esa persona se ganará la simpatía de todos porque los ciudadanos estamos deseando ver esa armonía y humanidad", reflexiona.
50 años y más de 30 condecoraciones después, Prada no se imagina dejando la música, esa que conoció como "una forma de desahogo y de matar el tiempo" en los campos de El Bierzo. Confiesa que aún guarda en su pecho a aquel niño enjaulado y aquel cantar, pero ahora con el pelo más plateado. Desde esa estética de bardo total aconseja a los ciudadanos que canten en los tiempos de crispación política, aunque advierte que hay "demasiado ruido y demasiada música ambiental por todas partes".



