La historia de Carolina Marín es la historia de un viaje interminable y de una maleta siempre a cuestas. Es la historia de una niña que, con solo 14 años, lo deja todo atrás para perseguir un sueño. Ahí arranca el gran viaje de su vida. Es la historia de un petate que, poco a poco, se va llenando de medallas y de éxitos, pero también de sufrimiento y de sacrificio. Un viaje con próxima parada en las Olimpiadas de París 2024, donde la onubense, a sus 31 años, tiene cita con el destino: si gana el oro olímpico será la mejor jugadora de bádminton de todos los tiempos. En abril fue campeona de Europa por octava vez. La historia de Carolina Marín tiene principio, pero no final, quedan aún unos cuantos capítulos en blanco. «Mi objetivo es ser la mejor jugadora de bádminton de la historia», dice con convicción.
El último, por ahora, lo ha escrito a 2.320 metros sobre el nivel del mar. A esta altura, se entrena incluso cuando no se entrena. Por eso, Carolina Marín, campeona olímpica en Rio de Janeiro y siete veces campeona del mundo, se ha entrenado al límite con el pico Mulhacén de fondo y una ración de oxígeno de menos en los pulmones. Antes de volar a París, donde ya se encuentra, ha pasado casi una semana en el Centro de Alto Rendimiento (CAR) que el Consejo Superior de Deportes (CSD) tiene en Sierra Nevada.
El despertador sonaba allí a las 8.15 y a las nueve ya estaba activando la maquinaria de su cuerpo en el pabellón de bádminton. El entrenamiento daba comienzo a las nueve y se prolongaba hasta el mediodía. Pero ahí no acababa la rutina, que incluía una hora de gimnasio y otras dos horas en el pabellón por la tarde. Entre medias, poco menos de dos horas para comer. Los largos días de Carolina en Sierra Nevada, de lunes a sábado, no terminaban hasta pasadas las siete. Bienvenidos a Esparta en versión bádminton.
Es al término de una de estas jornadas extenuantes cuando Marín respira y cuenta a Crónica que cuando se quiere una medalla olímpica, el cuerpo hay que colocarlo «al límite». De eso, de llegar al extremo, sabe bastante la jugadora, que en algunos entrenamientos ha usado torniquetes para mejorar la capacidad de recuperación de sus piernas.
Con la vista puesta en la capital francesa —debuta al día siguiente de la inauguración de las olimpiadas—, Marín asume que no las tiene todas consigo para colgarse el oro, que en su contra juegan factores como la edad (sus rivales tienen hasta nueve años menos), pero es optimista. «Está complicado, sí, pero no es imposible», dice, y añade que a su favor tiene «la madurez y que el cuerpo me sigue respetando».
No siempre ha sido así y en su maleta tuvo que hacer hueco para el peor de los miedos de un deportista de alto nivel como ella, las lesiones. Dos veces, dos, se rompió el ligamento cruzado de sus rodillas, primero la rodilla derecha en 2018 y dos años después, en 2020, la rodilla izquierda.
Aquella rotura llegó en el peor momento, en vísperas de los juegos de Tokio, cuando Carolina Marín se sentía en plena forma y estaba convencida de que el segundo oro estaba al alcance de su raqueta. Su viaje se paró en seco, bruscamente y con mucho dolor, tanto físico como mental. «En Tokio hubiera ganado el oro seguro, la vida cambia de un segundo a otro», reflexiona ahora la campeona.
Sus rodillas se recuperaron y su mente también, aunque admite que «alguna vez» le ronda el sombrío pensamiento de que otra lesión se cruce en su camino, pero procura no pensar en ello. «Lo tengo muy trabajado», explica, con la psicóloga que le atiende y, concluye, «no se puede jugar con miedo».
Tampoco tuvo miedo aquella primera noche que pasó en la residencia Joaquín Blume, recién llegada de su Huelva natal, con todas las ganas de convertirse en una gran jugadora de bádminton, con todo por hacer. Han pasado casi 17 años de aquel primer viaje que hizo de la mano de su madre, Antonia Martín, después de que quien ahora es su entrenador, Fernando Rivas, le echase el ojo y le propusiese trasladarse a Madrid y trabajar, en serio, para ser profesional.
En aquella habitación, la 205, apenas si cabía un armario, un escritorio y una cama tan pequeña que había que hacer contorsionismo para no caer. Solo tenía un lavabo y su madre le confesó, tiempo después, que no sabía cómo la había podido dejar allí. Hoy, en la puerta de ese cuarto hay una foto de Carolina.
«Soy lo que soy gracias al bádminton, que me ha aportado madurez, conocimientos, mucha felicidad... y también muy malos momentos», señala camino del comedor del CAR de Sierra Nevada días atrás mientras evoca sus primeros contactos con el volante, que es como se le llama a la pelota del bádminton.
Su primera vez
Tenía Carolina ocho años cuando vio de cerca, por primera vez, un volante que no era el del coche de su padre. Una amiga, Laura, le propuso probar aquello del bádminton y se enganchó. Le gustó que era algo que «nunca había visto», que «podía conocer amigos» y, sobre todo, «lo pasaba bien, disfrutaba».
Por aquel entonces el ejercicio físico que hacía se limitaba a los pasos del flamenco que bailaba en una academia cerca de su casa, en la avenida de Santa Marta de la capital onubense. «No era Sara Baras, pero me gustaba», dice. No se le daba mal. Mejor que los primeros pinitos en el bádminton: «Con nueve años era muy mala», confiesa entre risas una campeona que se ha ido haciendo a base de trabajo, que ha salido «poco a poco».
No sabía entonces aquella niña lo lejos que el volante y la raqueta la iban a llevar, el viaje tan extraordinario que estaba a punto de emprender, que algún día ganaría un oro olímpico en Brasil y que tocaría, con la punta de los dedos, el sueño de convertirse en la mejor jugadora de la historia nada menos que en París.
Destronaría, cómo no, a una jugadora china, a Zhang Ning, la única (por ahora) que se ha colgado dos oros olímpicos. Sería la culminación del golpe a la dictadura asiática sobre el bádminton. De hecho, las grandes rivales de Carolina Marín son una coreana, An Sejong, y una china, Chen Yufei, ante la que cayó en el Abierto de Indonesia, la última competición que jugó antes de concentrarse para los Juegos Olímpicos.
Si algo enorgullece a la reina española del bádminton es, precisamente, haber derribado las fronteras de ese deporte y haberlo dado a conocer en España. Marín es al bádminton lo que Ángel Nieto al motociclismo, Severiano Ballesteros al golf, Manolo Santana al tenis o Francisco Fernández Ochoa al esquí. Y ello a pesar de que, precisa, en su familia —«una familia de nivel medio bajo»— no había habido nunca un deportista.
Su familia ha sido, y es, el principal soporte de la campeona olímpica de Rio. Cuenta Carolina que, desde el primer minuto, sus padres la apoyaron, pese a que los momentos eran «complicados», pues su separación era reciente. Su padre, Antonio, «lo primero que me dijo fue que no», pero «les pedí que me dieran una oportunidad» y su apoyo nunca flaqueó.
Desde los 14 años vive en Madrid (cuando no está en el extranjero de competición), pero vuelve cada vez que puede a su ciudad, a Huelva, a reencontrarse con «mi ADN» y, por encima de todo, con su familiar, con sus seres queridos.
Estuvieron cerca de ella en el que, hasta ahora, ha sido su mayor triunfo, el oro olímpico en Rio de Janeiro tras imponerse a la india Pusarla Sindhu en un partido memorable el 18 de agosto de 2016. Aquel fue un capítulo brillante en la historia de Carolina, pero también le provocó una sensación amarga, como si su viaje hubiese llegado a destino y hubiese terminado.
El oro olímpico, dice, era, hasta ese preciso instante, la meta de su carrera, era la número uno del mundo, y cuando llegó, recuerda, se enfrentó a «un vacío» y se tuvo que enfrentar a una pregunta existencial: «¿Y ahora qué?».
La respuesta fue una nueva meta, un nuevo destino en su viaje que la debía llevar hasta el trono de «una de las mejores» jugadoras de bádminton de la historia. Un reto que no se fijó sola y hacia el que viaja acompañada de su entrenador, el único que ha tenido, y del resto de su equipo, formado por tres entrenadores (Rivas es el principal) que se turnan, una psicóloga, dos fisioterapeutas y un preparador físico.
Uno de los capítulos más tristes de la historia de Carolina lo protagonizó su padre, Antonio, cuando sufrió un accidente y, tras meses postrado en la cama de un hospital, murió en julio de 2020. Fueron días, semanas, meses terribles, cuenta la deportista, que no habría sido capaz de soportar sin el temple que le ha dado el bádminton. A ella, hija única, le tocó tomar decisiones muy duras. «De todo se aprende, de todo se sale más fuerte», resume.
Como de los entrenamientos de altura a los que se ha sometido en Sierra Nevada, una etapa dura en el camino que lleva a París 2024. La cita olímpica no tiene por qué ser el final del viaje, como no lo fue Rio hace ocho años, pero Marín sí tiene claro que cuando pase tendrá que volver a sentarse y pensar en su futuro, en nuevas metas. Ese momento podría haberse producido antes, tras los juegos de Tokio, si no se hubiera torcido aquel viaje por culpa de su rodilla, del ligamento de su rodilla para ser exactos.
Tiene, dice rotunda, cuerda para rato y, por ahora, ninguna intención de retirarse, por más que es consciente de que ese momento llegará. Pero, advierte, será una decisión suya y «no por una lesión».
En cualquier caso, ese capítulo puede esperar y la reina del bádminton enfila ya la siguiente parada en el viaje que emprendió a los 14 años cuando salió de su modesto barrio en Huelva. El próximo destino son las Olimpiadas de París y, si nada se tuerce, la Historia.


