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Puede que alguna vez te haya llamado la atención que las vías de tren tengan un gran número de piedras de tamaño mediano. Este hecho no es casual, ya que cumplen una función importantísima en la circulación de los ferrocarriles: dan estabilidad, drenan y fomentan la seguridad en la circulación de estos convoyes.
Su nombre es balasto y se utiliza para dar a la vía una base estable que soporte las traviesas y sobre la que descansen los rieles. De esta manera, estas rocas sirven para evitar que las vías se desplacen con el paso del tiempo, algo que es vital para que no haya accidentes y se pueda seguir prestando el servicio con normalidad.
Además de estabilizar las vías, el balasto también sirve para drenar el agua de la lluvia. Las malas condiciones atmosféricas pueden comprometer su integridad y por eso, estas piedras evitan que la humedad se acumule y cause erosión en el terreno, lo que podría llevar nuevamente a un desplazamiento de las vías.
También el balasto sirve para reducir las vibraciones que generan los trenes al circular a grandes velocidades, lo que hace que el estado de la vía se mantenga en buenas condiciones más tiempo y no se vean afectados elementos de la infraestructura como puentes o túneles, que en caso contrario, sufrirían un deterioro más rápido.
El balasto también hay que cambiarlo
Tradicionalmente, para el balasto se usan piedras duras que no se fragmenten con facilidad, como es el caso del granito. También cuarcita y basalto. Así se garantiza una mayor durabilidad, pese a las condiciones adversas del tiempo y la constante circulación de los trenes.
Pero, como es lógico, el balasto, también va perdiendo efectividad con el paso del tiempo y se va deteriorando. Por eso, es necesario un buen mantenimiento de la infraestructura ferroviaria que garantice el servicio, con la adición de nuevas piedras y la compactación de las ya existentes.
