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Día Mundial contra el Cáncer de Mama

Las tres veces que Teresa tuvo que enfrentarse al cáncer: "A los 27 años rompí todas las estadísticas"

Teresa Tamarit sufrió dos tumores antes de los 30 y descubrió que llevaba el riesgo en su ADN

Las tres veces que Teresa tuvo que enfrentarse al cáncer: "A los 27 años rompí todas las estadísticas"
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En lo último que uno piensa cuando tiene 27 años es en el cáncer. Por eso, cuando notó una grieta en su pezón, a Teresa Tamarit no se le pasó por la cabeza en ningún momento la posibilidad de que aquello fuera por culpa de un tumor. Tampoco lo pensaron sus médicos, que durante ocho meses plantearon distintos posibles diagnósticos sin éxito.

Al principio no le dieron importancia, luego sugirieron que podía deberse a la lactancia, aunque en aquel momento, Tamarit ya no estaba dando el pecho a su hijo Pedro. También pensaron en la posibilidad de una dermatitis... Hasta que finalmente una prueba puso de manifiesto el verdadero origen del problema: enfermedad de Paget.

Si tener cáncer a los 27 años ya es una anomalía, padecer este tipo de tumor a esa edad suponía una verdadera rareza, un cuadro totalmente inesperado. «En aquel momento rompí todas las estadísticas», subraya Tamarit.

La enfermedad mamaria de Paget es un tipo de cáncer muy poco común (se da en menos del 3% de los casos de cáncer de mama) que afecta a la piel del pezón o la areola. En más del 80% de las pacientes, como ocurrió en el caso de Tamarit, tras la lesión subyace un carcinoma ductal in situ de mama. Este tumor atípico afecta fundamentalmente a mujeres de más de 50 o 60 años que ya están en fase postmenopáusica. Y, sin embargo, ahí estaba Tamarit, con el diagnóstico en la mano mucho antes de cumplir los 30.

Han pasado más de 16 años de aquel momento, pero esta madrileña que ahora tiene 43 años recuerda de forma vívida el momento en que la oncología llegó por primera vez a su vida.

Más que miedo, asegura, al escuchar el nombre de la enfermedad lo que sintió fue cierto vértigo. Pero también alivio, porque después de mucho tiempo por fin podía ponerle nombre a lo que le estaba pasando. «Sentí mucha liberación, porque después de tantos meses ya tenía mucha angustia y estaba convencida de que tenía algo preocupante. Nunca pensé en algo tan grave, pero mi llevaba tiempo convenciéndose de que aquello no era normal», rememora. «En aquel momento, antes del diagnóstico, ya sentía otros síntomas, estaba más cansada, más decaída... Había varios signos que mostraban que lo que me pasaba era importante y ya estaba repercutiendo en mi salud del día a día. Así que tener el diagnóstico fue un punto de inflexión, un cambio. Lo que pensé es que ahí empezaba el proceso de curación».

Tuvo que pasar por el quirófano y someterse a una complicada intervención, pero los ganglios no estaban afectados y Tamarit pensó que la pesadilla se acabaría en aquel preciso momento y en aquella mesa de operaciones. Pero se equivocaba: tendría que volver a enfrentarse al cáncer. «Y la segunda vez fue peor que la primera», desliza.

«Fue un golpe muy duro porque hasta ese momento aparentemente todo estaba bien», explica. «Había pasado la primera revisión sin problema, todos los análisis estaban perfectos. Y, sin embargo, a los seis meses de la operación, en el segundo chequeo los marcadores tumorales de la analítica y salieron alterados. Me dijeron que esos valores podían no ser concluyentes, pero las pruebas que me hicieron después ya mostraron que había un tumor en el mismo pecho. Y la situación era mucho más grave que el anterior, porque tenía la cadena interna mamaria afectada y las células cancerosas habían llegado incluso a la clavícula y a la zona de la espalda».

Solo habían pasado unos meses del primer susto y un nuevo diagnóstico de cáncer golpeaba de nuevo de lleno en su vida. «La segunda vez me costó mucho más asimilarlo, porque yo me encontraba bien. Me había hecho ya a la idea de que estaba curada, de que había tenido mucha suerte la primera vez y que el cáncer ya no iba a volver. Pero ahí estaba otra vez. Otro tumor en el mismo pecho. Otra vez el cáncer, que además llegaba sin dar ningún síntoma, y justo cuando yo había empezado a hacer de nuevo mi vida. Había empezado a hacer deporte, llevaba a mi niño al colegio, que ya empezaba primaria... En ese momento no podía creer lo que me estaba pasando y hasta entré en negación», recuerda.

En esta segunda ocasión, la situación oncológica era tan grave que hubo que iniciar el tratamiento de inmediato. No hubo tiempo ni para congelar sus óvulos por si Tamarit quería volver a ser madre en el futuro.

Lo primero fue someterse a una intervención quirúrgica que terminó por retirarle por completo la mama afectada. Y tras pasar por el quirófano, empezaron los tratamientos: radioterapia, quimioterapia y una entonces novedosa terapia basada en anticuerpos monoclonales que Tamarit está convencida de que fue lo que le «salvó la vida».

Lo más duro, rememora, fue lo que Tamarit bautizó como la «quimio roja», un tratamiento «muy agresivo» que la dejaba apenas sin poder moverse los dos días siguientes a cada dosis que recibía en el hospital. «Empecé con la quimio un 19 de octubre, precisamente el Día Mundial contra el Cáncer de Mama», dice con una sonrisa que se le quiebra al recordarlo. «Era un tratamiento muy duro, terrible. En la tercera sesión salí ya del hospital con una intoxicación tremenda en el cuerpo. Me tuve que tumbar en un banco a esperar a que llegase mi pareja, que había ido a buscar el coche al parking porque sentía que me iba a desmayar. Era incapaz de esperarle de pie», recuerda.

"No me gustaba sentir las miradas de pena por la calle"

A la pérdida de su melena cuando aún no peinaba ni una cana no quiso darle importancia, remarca. «Me obligué a pensar que en seis o siete meses volvería a tener pelo y me puse enseguida peluca, porque no me gustaba sentir las miradas de pena por la calle», musita.

La peluca también fue muy útil para conseguir el objetivo que Tamarit se había fijado en cuanto empezó su tratamiento: que su hijo Pedro fuese lo menos consciente posible del proceso por el que estaba pasando su madre.

«Yo intenté por todos los medios que él siguiera llevando la vida que tenía. Los dos días que la quimio me tumbaba, le pedía a mi madre que se hiciera cargo, pero en cuanto me recuperaba era yo la que me encargaba de la rutina de siempre: el cole, la piscina, el fútbol; también ir al cine el fin de semana... Hacíamos los planes habituales», recuerda. «A veces le pregunto, ahora que tiene 22 años sobre cómo vivió aquello y dice que apenas lo recuerda, así que creo que el objetivo lo cumplimos, que no fue muy consciente».

Según los datos de la Red Española de Registros de Cáncer (REDECAN), a día de hoy el tumor más frecuente diagnosticado en mujeres en España es el de mama, con 37.682 nuevos casos estimados para 2025. En el resto del mundo, las cifras son también muy elevadas, con una incidencia de 2,30 millones en 2022, según datos de la Organización Mundial de la Salud. El organismo pronostica que en 2045 serán muchos más, alcanzando los 3,36 millones.

La Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM) estima que una de cada ocho mujeres desarrollará un tumor de mama a lo largo de su vida, pero la mayoría lo hará pasados los 50. Antes de cumplir los 30, Teresa Tamarit había sufrido dos. Y tampoco en esa ocasión iba a conseguir librarse por completo de la sombra del cáncer.

Después de haber pasado dos veces por un diagnóstico de cáncer resulta muy complicado no ir a las revisiones con un nudo en la garganta, pensando en si un nuevo tumor estará a punto de desbaratar de nuevo tu vida, subraya Tamarit, que asegura haber vivido mucho tiempo «siempre con esa espada de Damocles sobre la cabeza».

«Al final, lo único que te da un poco de tranquilidad son los años», cuenta. «Ver que el pasa el tiempo y las revisiones van saliendo bien. Con los años he ido consiguiendo no ponerme tan nerviosa y con tanta ansiedad como tenía al principio. Todavía hay momentos puntuales en los que, si lo pienso, me da vértigo, pero por suerte mi mente ya tiene herramientas para no quedarme en bucle pensando en ello».

Diez años después de la segunda intervención, cuando el miedo a un nuevo tumor ya casi solo aparecía en los días previos a las revisiones, el cáncer volvió de nuevo a la vida de Tamarit. Aunque, afortunadamente, en esta ocasión solo de forma latente.

«En 2021 me dijeron que al haber tenido dos tumores tan joven era candidata a un estudio genético según los nuevos protocolos. Cuando yo tuve los tumores, hace ya muchos años, no había ni los conocimientos ni la tecnología que ahora sí estaban disponibles y querían analizarlo», explica Tamarit.

Los análisis revelaron que era portadora de mutaciones en el gen BRCA2, uno de los llamados genes Jolie, porque fue la actriz Angelina Jolie quien dio a conocer al gran público su enorme capacidad para aumentar el riesgo de cáncer de mama y de ovario, entre otros tumores. Se estima que estas mutaciones aumentan en más de un 50% las posibilidades de desarrollar un tumor de este tipo a lo largo de la vida.

Al igual que hizo la actriz, Tamarit decidió someterse a una doble intervención para extirpar sus ovarios y trompas de Falopio así como la mama que conservaba por prevención. Y, tras la operación, se sometió a una reconstrucción mamaria. «El proceso me hizo revivir de nuevo todo lo anterior e inevitablemente pensé en que esto no se iba a acabar nunca. Era otra vez volver a lo mismo después de que todo estuviera bien y de que me pasaran cosas maravillosas, como tener a mi hijo Daniel en 2016 de forma completamente natural. Fue muy duro vivirlo de nuevo. Pero hace ya tres años que me operaron y me encuentro bien y creo que ha sido ventajoso para mí porque vivo más tranquila».

Después de todo lo vivido, lo único que Tamarit pide es que se tenga más en cuenta que, afortunadamente para muchas pacientes, hay mucha vida después del cáncer. «En la consulta de oncología, lógicamente lo que prevalece es la supervivencia de la persona, pero hay muchas circunstancias que pueden afectar mucho a la calidad de vida y se quedan ahí aparcadas en un segundo plano», lamenta.

La sexualidad, sostiene, es uno de esos temas que sigue siendo tabú. «La aceptación de uno mismo conlleva un trabajo bastante largo porque entras en el quirófano de una manera y sales luego de otra. Hay que tener paciencia y, sobre todo, saber que, puedes pedir ayuda si la necesitas. Si no logras aceptarte en ese momento y mostrarte ante otra persona no pasa nada porque es parte del proceso», remarca esta madrileña, que ha participado en la última campaña de la Asociación Española contra el Cáncer, llamada Nos lo tomamos a pecho, precisamente para incidir en lo que realmente significa vivir con cáncer de mama más allá del diagnóstico y el tratamiento.

«Yo tenía pareja y él me acompañó en el proceso de aceptación, pero para una mujer que en ese momento no tiene pareja puede ser muy difícil mostrarse», relata. «Creo que enfrentarse a otra persona sin tener un pecho o teniendo prótesis o no teniendo los pezones complica más el tema de la sexualidad en las mujeres. Muchas dejan completamente de lado esa faceta de su vida. Se queda como escondida y tampoco se dan demasiadas herramientas para poder pedir asesoramiento o un poco de guía en el proceso. Pero no debería ser así. Por supuesto la supervivencia es fundamental, pero lo que pasa después de sobrevivir a un cáncer también es importante y merece que se le preste más atención».