SALUD
Covid-19
Psiquiatría

La doble prisión de la Salud Mental

Angustia, llantos, consumo de fármacos, intentos de suicidio... esta es la realidad que han vivido en silencio personas con trastornos mentales, encerradas a solas, durante el confinamiento, con su peor enemigo: su cerebro

La doble prisión de la Salud Mental
GABRIEL SANZ
PREMIUM
Actualizado

«Intenté suicidarme tres veces, estaba desesperada... temí lo peor». María Ángeles, de 40 años, permaneció durante meses en un piso minúsculo conviviendo con la peor enemiga: su mente. Su pesadilla no había hecho más que empezar. Encerrada las 24 horas del día, sola entre cuatro paredes, volvió a sentirse prisionera de la ansiedad, la claustrofobia y la depresión que sufre de forma intermitente desde los 14 años. Su vitalidad cayó en picado en cuestión de semanas, los pensamientos negativos y angustiosos se aferraron en su cabeza y las escasas ayudas vía telefónica resultaron inútiles. El confinamiento ocasionado por el Covid-19 supuso un gran retroceso en su salud y se vio inmersa en una profunda agonía.

En mayo creyó no aguantar más: «Pensé que me volvía loca. Me faltaba el aire, tenía demasiado tiempo para pensar... sólo quería que todo acabase para no cometer una locura». Desde ese momento, y por recomendación de su psiquiatra, María Ángeles se fue a vivir con su padre.

A sus 42 años Laura tampoco olvidará aquel mayo de 2020: «Decidí rendirme. Lo tenía todo fríamente planificado. Sabía qué tomar y qué cantidades para conseguir mi propósito. Cogí las cajas de antidepresivos, ansiolíticos y antipsicóticos que tenía guardadas desde enero y me las tragué. Dejé una carta a mi familia explicando que ya no podía más, que no tenía fuerzas para seguir». Sin recordar cómo llegó, se despertó en el hospital Vall d'Hebron, Barcelona, donde estuvo intubada, en coma y con depresión respiratoria. Si hubiese llegado una semana antes, habría muerto al estar saturada la UCI con enfermos de Covid. Esta paciente y su marido padecen TLP, trastorno límite de personalidad, un problema mental grave que sufren entre un 2% y un 8% de la población española. Estaban en «una prisión sin salida»: encerrados en casa, en sí mismos, en sus terribles sentimientos de vacío y abandono que les generaba su trastorno.

La pandemia no solo los dejó sin trabajo y sin ingresos para alimentar a sus hijas y costear su medicación, sino en medio de una demanda de desahucio. Ello contribuyó a debilitar aún más su estado de salud. «Éste ha sido el peor año de mi vida. Mi marido se autolesionaba sin control, se cortaba... yo me sentía hundida y me lesionaba también, hasta me corté las venas. Estaba presa de mi enfermedad, nadie nos ayudaba y no disponía de los medios que necesitábamos en momentos tan vulnerables», relata Laura con desesperación. La pandemia les privó de los continuados ingresos en centros de día y de una atención psicológica esencial para su convivencia. Cuando sufrían crisis no sabían a quién acudir. Estos centros fueron los grandes castigados en la pandemia. Según la OMS, el 93% de los países del mundo paralizaron estos servicios esenciales. En la mayoría de los casos se optó por la telemedicina, pero la brecha digital existente impidió a muchos afectados sumarse a esta iniciativa.

Félix Ramos (en el centro de camisa azul a rayas) con sus compañeros de la Asociación Salud y Alternativas de Vida de Leganés, en Madrid.
Félix Ramos (en el centro de camisa azul a rayas) con sus compañeros de la Asociación Salud y Alternativas de Vida de Leganés, en Madrid.ASAV

Félix hacía videollamadas con sus compañeros de la Asociación Salud y Alternativas de Vida a la que acude desde hace 11 años, pero apenas conseguían sacarle unas palabras. Él necesita el contacto, el calor humano, y la pandemia lo aisló completamente del mundo. Sus pensamientos obsesivos se multiplicaron. Las noticias alarmantes sobre muertes resonaban una y otra vez en su cabeza: «Pasé de tomar dos a siete pastillas, no quería dormir... Daba tantas vueltas a lo mismo que ya no aguantaba más. Sufrí muchos efectos secundarios, sentía temblores, no podía seguir así». Félix no tenía amigos y su único atisbo de vida era el ambiente de su asociación. El cierre del centro y la reclusión en casa le obligaron a luchar de nuevo con la neurosis obsesiva, una variante del TOC que afecta al pensamiento y diagnosticada hace 35 años; ahora, tiene 63.

VÍCTIMAS DE LA SOLEDAD

Desde marzo de 2020 ya nada le motiva. Ha dejado la pintura, su principal hobby, y ha perdido la ilusión que le generaba ver a la gente del centro. «Todo el mundo está muy retraído. Antes decías una tontería y nos reíamos todos. Ahora dices cualquier cosa y ninguno nos reímos. Perdimos la alegría», describe Félix. Algunos compañeros, tras más de 10 años alejados del centro, se sintieron tan solos que regresaron de nuevo. La soledad ha sido, sin duda alguna, una de las grandes barreras para las personas con problemas de salud mental. La pandemia dificultó aún más sus escasas relaciones sociales, obligándoles a recluirse en sí mismos y recordándoles los síntomas de su enfermedad. «Son personas con dificultades de adaptación, más sensibles a la desesperanza, más frágiles ante las amenazas y necesitan más que el resto de la cercanía de los otros», detalla José Luis Carrasco, catedrático de Psiquiatría de la Universidad Complutense de Madrid. La pandemia les ha llevado a un mayor sentimiento de desamparo y ansiedad, y «costará mucho que vuelvan a una situación de normalidad en el crecimiento personal», añade Carrasco.

Pablo de Medina conoció la soledad absoluta. En menos de dos meses pasó de vivir con sus dos hermanos mayores a quedarse solo. El primero falleció en enero, y el segundo en marzo, víctima del Covid. Murió tirado en el pasillo del hospital sin recibir atención sanitaria. «Tenía frío y no nos permitieron ni llevarle una manta cuando estaba a las puertas de la muerte». Ése es el último recuerdo que Pablo, de 54 años, tiene de su hermano. Los días siguientes fueron grises y marcados por la angustia y la ansiedad de antiguas adicciones. Hace 20 años fue diagnosticado de esquizofrenia paranoide, «una enfermedad maligna» dice Pablo, que te lleva a interpretar la realidad de una manera distinta a los demás. Más de 21 millones de personas en el mundo la sufren, de ellas unas 400.000 en España.

«La soledad fue muy dura, pero la sobrellevé porque mi hermana Nieve se saltó los confinamientos para verme cada semana y eso me sacó de muchos baches», confiesa este afectado, quien recuerda cómo un día su móvil empezó a fallar, impidiéndole seguir sus terapias vía 'online' y reduciendo el contacto con Solidarios, la asociación de voluntarios a la que acudía cada fin de semana. Allí realizaba actividades grupales de ocio para integrarse en la comunidad. «Esto les permite sentirse parte de un grupo, ser escuchados, no sentir la presión social de tener que ser de una determinada manera», explica Marcos Böcker, responsable del programa de Salud Mental del centro. El confinamiento puso fin a los talleres y actividades. Los asistentes perdieron el contacto con los profesionales y con sus amistades de hace años, pasando a la comunicación telefónica a través de grupos de WhatsApp. Algunos no podían participar ante la ausencia de medios; a otros, no les interesaba. La situación fue muy complicada. Muchos estaban desesperados, algunos fueron ingresados e, incluso, se produjo un suicidio. «Nunca antes había ocurrido algo así en mis 13 años de voluntariado; no es casualidad que haya sido en este contexto», detalla Böcker, que entonces no sabía cómo decírselo a los chicos dado el duro golpe que supondría para ellos.

NUEVAS VÍAS DE AYUDA

Ante la falta de atención profesional, los más desamparados buscaron otras alternativas de apoyo a través de grupos de Facebook. Es el caso de Ansiedad y Depresión España o TLP España, dirigido este último por A.C.

En los meses de encierro ayudó a más de 6.000 personas con su mismo trastorno, aconsejándoles, escuchando sus vivencias y conversando con ellos por videollamada. Ella vive para ayudar a los demás y aquel fue un momento crucial. Ella también padece TLP, pero estabilizado desde hace años. En aquellos meses volvió a vivir ataques de pánico y ansiedad, pesadillas y se volvió bulímica, pero ésa no era su principal preocupación: «El virus no me daba miedo, pero sí la soledad. Debía fingir que estaba bien para ayudar a esas personas que dependían de mí, yo era su principal apoyo y eso fue muy duro».

Nuevas formas de comunicación comenzaron a emerger. La necesidad de compañía unió a personas antes desconocidas, con diferentes problemas e incluso al otro lado del Atlántico. Pero hubo quienes no tuvieron esa oportunidad. Pablo Posada ve un ordenador y lo cierra. No habla por teléfono. Tampoco es capaz de decir «me duele algo», «estoy triste» o «te echo de menos». En su lugar reparte besos, abrazos o te coge de la mano. En marzo su conexión con el mundo finalizó. Con los besos desaparecieron también los apoyos, los psicólogos y el centro de día al que acudía.

«Le quitamos todo lo que era su vida y sin ninguna explicación ni alternativa», explica su madre, Carmen Gil. Este joven de 30 años padece autismo, un trastorno del neurodesarrollo. No entendía por qué no podía llamar al ascensor, ir a la piscina o abrazar a su psicóloga. La frustración de este cambio radical en su vida agravó las conductas agresivas hacia su madre.

«Sin tener mucho sentido, de repente se enfadaba y al momento me estaba pegando y mordiendo. Me tuvieron que curar en la farmacia porque no me atrevía a ir a un centro de salud», relata Carmen, recordando uno de los momentos más difíciles. Tenía mucho miedo, las descargas agresivas eran frecuentes y terminó marchando a vivir con su padre.

Pablo Posada dando un beso a su madre, Carmen Gil.
Pablo Posada dando un beso a su madre, Carmen Gil.CARMEN GIL

Ahora reside en una vivienda con otros jóvenes que padecen su mismo trastorno. La pandemia les hizo adelantar esta decisión. Las personas como él necesitan apoyos 24h para poder vivir; sin ellos su calidad de vida y la de las personas que les rodean se ven afectadas.

LA NUEVA PANDEMIA

Desde el confinamiento, la salud mental de los españoles ha caído en picado. Según la última encuesta del CIS, trastornos mentales como la ansiedad y la depresión se han disparado, y con ello el consumo de ansiolíticos. La OMS llevaba años alertando de este problema y ahora son muchos los profesionales que confirman la llegada de una pandemia de salud mental. Según Pedro Rodríguez, portavoz del Consejo General de la Psicología de España, los últimos estudios científicos hablan ya de un incremento en los problemas de salud mental de un 40% con respecto a antes de la pandemia, detectándose principalmente en jóvenes y adolescentes.

La falta de recursos en este ámbito ya existía antes de marzo de 2020. Desde Salud Mental España llevan años reclamando un aumento de la inversión, ahora más necesaria que nunca. La media de profesionales de psicología en Europa es de 18 por cada 100.000 habitantes, frente a los cuatro por cada 100.000 de España. En la sanidad pública hay que esperar tres meses para acudir a una consulta. «La pandemia ha mostrado todas las fragilidades de un sistema de detención muy obsoleto donde contamos con buenos médicos, pero carecemos de suficientes medios, personal y los contratos son aún muy precarios». Ésta es la reflexión que Silvia, activista y mediadora de lectura con personas con problemas de salud mental en entidades como Fundación Manantial, se hace cada día. Durante el confinamiento observó la ignorancia y el desconocimiento de estos problemas.

A raíz de su trastorno bipolar, recibió un permiso para dar paseos terapéuticos, aunque un día tuvo un encuentro inesperado: «Me pararon dos policías, les enseñé mis dos informes médicos y se empezaron a reír en mi cara; fue muy desagradable». Desde entonces se lo pensaba dos veces antes de salir de casa. Otros de sus compañeros fueron multados pese a contar con salvoconductos médicos. Silvia sigue haciéndose preguntas: «Una de cada cuatro personas va a tener un problema de salud mental a lo largo de su vida, ¿cómo les gustaría que les tratasen a ellos o a sus hijos?».