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La lluvia esconde la 'sequía' subterránea que sigue amenazando Doñana

Un estudio científico constata que el acuífero subterráneo que da vida al humedal sigue en estado crítico por la extracción de agua que comenzó hace décadas

Flamencos a principios de abril en los humedales del Parque Nacional de Doñana.
Flamencos a principios de abril en los humedales del Parque Nacional de Doñana.Europa Press
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Desde el 1 de septiembre, el comienzo del año hidrológico, se han registrado en Doñana precipitaciones que llegan a los 624 milímetros, la mitad de los cuales han caído desde el 1 de marzo. Si en primavera continúan las lluvias, podría llegarse a los 700 o 750 milímetros, lo que significaría un año húmedo como el que no se veía en el espacio protegido desde 2010.

Los efectos beneficiosos del agua son más que evidentes: los grandes humedales de Doñana han vuelto a inundarse, a rebosar, y la fauna que durante los últimos años había buscado otro refugio empieza a regresar pero no con la abundancia de otros tiempos. La recuperación tras la sequía de los últimos años no es un espejismo pero Doñana sigue amenazada.

Se trata de una amenaza más profunda, hundida en sus raíces, una amenaza que proviene del agua que no tiene el acuífero subterráneo del que siempre ha bebido el espacio natural y que las lluvias, pese a su intensidad, están muy lejos de haber rellenado.

Para saber más

El problema de la escasez de agua en el acuífero que alimenta a Doñana no es nuevo y tampoco es desconocido. Hace décadas que se dio la alerta y se han sucedido las iniciativas para revertirlo, incluido el reciente Plan Doñana que pasa, entre otras medidas e inversiones, por la eliminación de cultivos ilegales que regaban sus frutos rojos con el agua del acuífero. Pero la magnitud de esta otra sequía en Doñana es mayor de lo que, hasta ahora, se pensaba.

Un estudio científico, firmado por cuatro profesores del departamento de Ciencias de la Tierra de la Universidad de Huelva, ha constatado que la situación del acuífero Almonte-Marismas, que se extiende bajo Doñana por una superficie de 2.600 kilómetros cuadrados (mayor que la del espacio natural) es mucho más preocupante, sobre todo porque en su parte occidental, la que no está justo debajo de Doñana, el impacto de las extracciones ilegales es muy severo y eso influye directamente, y de forma negativa, en la parte oriental, la que coincide con el perímetro del espacio.

La investigación -que firman Manuel Olías, María Dolores Basallote, Carlos Cánovas y Cristina Pérez-Carral- ha analizado la evolución del acuífero en esta parte occidental desde los años 70 del pasado siglo y ha descubierto un "profundo cono de depresión" que ha llegado a desviar el agua que debería haberse dirigido al área protegida, en concreto, al arroyo La Rocina, uno de los aportes clave de agua para las marismas de Doñana.

Eso por lo que respecta a la masa de agua más profunda, en la otra, más superficial, la reducción es menor, pero, alertan los investigadores, los efectos son muy negativos puesto que afectan directamente a zonas de alto valor ecológico, como las lagunas de El Abalario.

La investigación, publicada en la revista de divulgación científica Environmental Monitoring and Assessment, ha confirmado descensos en la parte occidental del acuífero de hasta diez metros en el nivel más profundo y de un metro en el menos profundo. Y las consecuencias, añaden los expertos de la Universidad de Huelva, podrían ser mucho peores en un futuro, puesto que podrían estar enmascarados por "la lenta dinámica de las aguas subterráneas".

Marismas del Parque Nacional de Doñana.
Marismas del Parque Nacional de Doñana.Europa Press

El origen de esta crisis hídrica hay que buscarlo, insisten, en las extracciones de agua subterránea: en las que se hicieron a partir de 1968 para el suministro humano en los núcleos costeros de Matalascañas y Mazagón, pero, sobre todo, para los cultivos intensivos de regadío que, a día de hoy, continúan en la zona.

Aunque hay otro factor a tener en cuenta, la gestión administrativa de la masa subterránea de agua, dividida entre la demarcación hidrográfica del Guadalquivir, por un lado, y la del Tinto-Odiel-Piedras, por otro, lo que se ha traducido en una falta de visión global a la hora de tomar decisiones y que ha sido determinante para que los descensos de nivel en el acuífero hayan pasado desapercibidos.

El acuífero lo forman seis masas de agua subterránea: Almonte, La Rocina, Manto Eólico Litoral, Marismas, Marismas Doñana y Condado. Las cinco primeras son la que han estado más vigiladas y la última, a la que menos atención se había prestado hasta ahora y que es el eje de esta investigación.

No solo eso, sino que, además, no se ha tenido en cuenta esta parte más occidental en el reciente Plan Doñana, acordado entre el Gobierno central y la Junta de Andalucía, precisamente, con el objetivo de restaurar el equilibrio hídrico de Doñana, eliminar cultivos ilegales y reducir drásticamente las extracciones de agua del acuífero, que tanto daño le han hecho al parque.

Manuel Olías, catedrático de Hidrogeología y uno de los autores del estudio, explica que en el plan no se contemplan actuaciones para reducir el impacto de los bombeos de agua en la masa Condado "porque se suponía que estaba en buen estado". Por ello, incide Olías, "es fundamental que se incluyan medidas como un mejor control de las extracciones, el cierre de pozos ilegales o sustituir los riegos con aguas subterráneas por riegos con aguas superficiales también en la masa Condado".

Resumiendo, este experto hace hincapié en que "el problema no es que entre poca agua en el acuífero porque las precipitaciones sean escasas, sino que en algunos sectores las extracciones son muy superiores a las entradas", lo que provoca la disminución de los niveles freáticos.

Pese a todo lo anterior, Olías cree que "se puede y se debe" recuperar el acuífero, aunque son procesos a medio o largo plazo "y tardaremos bastantes años antes de ver los resultados". En su opinión, no solo se trata de reducir las extracciones ilegales, sino también de realizar una recarga artificial. Sin embargo, añade, no es solo un problema de cantidad del agua, sino también de calidad, ya que el acuífero es muy vulnerable a la contaminación de origen agrícola, fundamentalmente por nitratos y pesticidas, sobre los que habría que actuar igualmente.