CATALUÑA
Tribuna Cataluña

Rosalía, la globalización hispana y el aislacionismo del separatismo catalán

El éxito de Rosalía desmonta el mito del aldeanismo separatista y demuestra que la catalanidad es una expresión viva de la cultura española e hispánica

Rosalía en su reciente actuación en Valencia.
Rosalía en su reciente actuación en Valencia.Kai ForsterlingEFE
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La polémica por la participación de la Escolanía de Montserrat en el nuevo disco de Rosalía revela la contradicción del separatismo catalán: rechaza todo lo que lo trasciende, incluso aquello que lo enaltece. La artista, sin proponérselo, ha devuelto a Cataluña su lugar natural: el de ser parte esencial de España y del mundo hispano.

El disco LUX de la artista española de origen catalán, Rosalía, ha generado una gran polémica en Cataluña, especialmente entre el separatismo más cafetero. La diatriba se deriva de que invitó, en una de sus canciones, a la «Escolanía de Montserrat», un coro infantil que, según algunos documentos, data al menos del año 1305. Montserrat es un templo cristiano localizado en las montañas del mismo nombre, donde -según cuenta la historia- apareció la Moreneta, es decir, la Virgen de Montserrat, en el año 880 d. C.; sin embargo, el templo se fundó alrededor del 1011.

La raíz del debate es que el separatismo cree que los grandes símbolos de la región -símbolos que el mundo conoce como españoles- son única y exclusivamente de ellos, y que la única manera de ser catalán debe ser en lengua catalana; y ese sentir, además, tiene que ser catalán, no español, aunque todos lleven un DNI que les grita cada día desde su bolsillo o cartera lo que realmente son. Todo esto se traduce en un esfuerzo vano, en una búsqueda baldía por construir una supuesta «identidad nacional catalana». Insisto en que la identidad no genera derechos: los derechos provienen de la ciudadanía, y esos separatistas con disforia geográfica son españoles, y muy españoles.

Todos recordamos cómo algunos miembros de la flotilla turística hacia Palestina, quienes exhibían la bandera estelada (estrellada), una fotocopia de la bandera cubana, inspirados por el proceso separatista de la isla, para concebir su proyecto de república catalana. Aquel separatismo trasnochado, contagiado de ese espíritu de derrota de la generación cultural del 98 y del adoctrinamiento antiespañol de la escuela catalana, fue finalmente protegido por la Armada española y repatriado desde Israel a España como ciudadanos del Reino. No vi a ninguno negarse a ser repatriado como español, porque la identidad de sus mentes la protege la ciudadanía española, que mediante un articulado jurídico permite la libertad de expresión, pensamiento y credo, tal como establece el artículo 14 de la Constitución Española.

La razón de la pataleta actual es que la Escolanía de Montserrat -«símbolo de ellos», y no de la humanidad como elemento español- cantó tres versos en la lengua de Cervantes. Aquello dejó caer sobre estos grupos otra ducha helada de realidad, ya que el pasado 23 de junio de 2025, Sus Majestades el Rey Felipe VI y la Reina Letizia visitaron el templo con motivo del milenario de su existencia. Allí, Su Majestad pronunció un discurso en el que definió Montserrat como «un punto de encuentro» de la cultura catalana, española y europea, y destacó la importancia de la constancia y de la renuncia a los discursos totalitarios.

Como expliqué recientemente en mi artículo «El ocaso de las lenguas regionales de España», lo ocurrido con el Rey y con Rosalía son hechos que provocan rechazo en buena parte de la ciudadanía, lo que a su vez genera un distanciamiento natural hacia el uso de la lengua catalana como medio de comunicación. Desde hace algunos años, esta lengua ha perdido su carácter natural y se ha convertido, artificialmente, en un elemento identitario, cuestión que irremediablemente rubrica su sentencia de muerte.

Rosalía, como Serrat y también Lluís Llach -aunque este último luche contra su ciudadanía-, son representantes de la españolidad, de la que la catalanidad es uno de sus ingredientes. También lo es Gaudí, arquitecto español, y la Sagrada Familia, que recibió en 2024 un total de 4.833.658 visitantes. Los patrimonios españoles son de la humanidad, no de una región. El separatismo, en su burdo intento de aldeanismo aislacionista, no entiende que Rosalía, como representante cultural de los seiscientos millones de hispanos del mundo -incluidos ellos-, quiso poner en el mapa algo que muchos de sus seguidores desconocen: hablar de una parte de su esencia, de la región donde nació.

Hablamos de una de las ex alumnas de la Escuela Superior de Música de Cataluña (ESMUC), probablemente una de las más notorias a nivel mundial. Cuando la mejor universidad de música del mundo Berklee College of Music quiso instalarse en España, tuvo que hacerlo en Valencia, porque en Cataluña ya existía la ESMUC, una de las mejores universidades de música de Europa y del mundo, de donde salen alumnos con una formación excepcional. Yo personalmente he podido certificarlo. La ESMUC es símbolo de la excelencia formativa de España.

En el disco LUX, Rosalía reivindica Occidente y la cristiandad, en un tiempo en que la fe y el culto se dirigen a nuevos dioses como las redes sociales. Utilizó varias lenguas romances, entre ellas el catalán, e incluyó dos piezas en ese idioma, sin subvención alguna, simplemente porque le dio la gana de cantar en una lengua que, por culpa de los identitarios y de las políticas fallidas, se está muriendo.

Pero el problema radica en que los nacionalistas no aceptan la variedad: solo puedes ser según sus cánones; y si no, no eres. Rosalía tampoco se olvidó de su bisabuelo cubano, como ya hizo en su disco anterior, porque, como muchos artistas, acude a cada una de sus raíces. Ella no hace ascos a ninguna, porque todas forman parte de lo que es.

Mientras Rosalía representa a España, a Cataluña, a la hispanidad y a la romanización cristiana, un grupo de indocumentados trata, sin éxito, de cercenar uno de los tantos ingredientes de lo que significa, desde el punto de vista cultural, ser español. Son indigentes mentales que niegan la importancia de la penicilina, imberbes que prenden fuego a una planta eléctrica, herejes que se inmolan en nombre de una identidad que es profunda y folclóricamente española. Ellos son el vivo reflejo de las palabras del canciller Bismarck.

Rosalía es, sin saberlo o quizás sabiéndolo, una continuista de la globalización española de la que los Reyes Católicos hicieron gala. Sin aquello, ella no tendría bisabuelos cubanos, y sus discos no tendrían esos guiños constantes a Hispanoamérica. Quizás, sencillamente, no sería una hispana, ni sería Rosalía.

Sayde Chaling-Chong García es presidente de la AIECC.