Pablo Iglesias ha dejado de representar para el nacionalismo catalán el ejemplo del buen progre español, aquel que acepta su derecho a decidir y la singularidad catalana respecto a los andaluces y demás, y ha pasado a formar parte del amplio club de catalanófobos.
La semana pasada, la vehemente intervención del líder de Podemos en una tertulia de TV3, con reproches a los Pujol, fue drásticamente desconectada en directo por la presentadora. ¿Su pecado? Ponerse estupendo a estas alturas, tras los muchos servicios prestados al nacionalismo -como avalar que el procés fue una expresión democrática frente al inmovilismo de Mariano Rajoy y el lawfare de los jueces-, y reprochar a Junts la xenofobia de su discurso sobre la nueva inmigración. ¿Su error? No aceptar que esa identidad excluyente, a la que ahora se enfrenta por simple tacticismo electoral, es la esencia de todo nacionalismo.
La idea de superioridad física, cultural y moral respecto a España está en Almirall, en Cambó, en Companys, en Pujol, en Duran i Lleida, en Junqueras... Esa convicción de ser diferentes y mejores fue también el motor del proceso independentista que Artur Mas inició en 2010, para separarse de una España que, desde hace siglos, habría impedido que Cataluña fuera lo próspera que su destino siempre ha señalado.
El fracasado golpe de 2017 dejó al desnudo esa pretendida supremacía. Sin estructuras de Estado, sin apoyo internacional y sin el arrojo físico para sostener una estrategia de desobediencia civil sostenida, la república independiente de siete segundos quedó como un ridículo colectivo histórico. Un fiasco que dejó un poso de frustración, rabia y rencor que ha devuelto al nacionalismo a su esencia más reaccionaria.
Si el procés prometía el advenimiento de una república catalana con barniz woke, el post-procés conduce a la introspección identitaria y a la idealización de una Cataluña atávica, pura, de leyenda. Una Cataluña que lucha por su supervivencia no solo frente a España, sino también frente a una globalización que ha transformado de manera fugaz su paisaje social: el 52% de los recién nacidos tienen un progenitor extranjero.
Ese regreso sentimental del nacionalismo ha encontrado su líder en Sílvia Orriols, de Aliança Catalana, gracias a un discurso que combina el ajuste de cuentas con los dirigentes del procés y, en sintonía con la nueva extrema derecha europea y la teoría del «gran reemplazo», la denuncia de la inmigración como un arma utilizada por España, amén del Islam, para «desnaturalizar» Cataluña.
Orriols es a la vez una líder antisistema y la promesa de un retorno al viejo orden nacionalista en el que la burguesía catalana sometió -bajo el eufemismo de la «integración»- a la inmigración llegada desde otros puntos de España. Los pijoapartes «castellanos» de entonces, a los que Pujol llamó hombres contrahechos y a quienes se les permitía solo intuir desde la distancia las pérgolas de tantas Teresas, tienen hoy su equivalente en los pijoapartes «sudacas y moros» que Orriols señala como amenaza. Mientras eleva el listón para ser reconocido como catalán: ya no basta con nacer, trabajar o pagar impuestos en Cataluña; es obligada la voluntad de «querer serlo». Asumir el dogma nacionalista, como Dios manda.

