ANDALUCÍA
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David Uclés convierte la localidad jiennense de Quesada en el Macondo andaluz

El escritor David Uclés en Jaén antes de la firma de libros.
El escritor David Uclés en Jaén antes de la firma de libros.M.M.P.
Actualizado

La península de las casas vacías, la novela escrita por el jiennense David Uclés y editada en Siruela, no es solo, como asegura su editora, la historia de la descomposición total de una familia, la deshumanización de un pueblo, la desintegración de un territorio. Es, además de todo eso, un libro deliciosamente escrito cuya estructura singular está engrasada de modo magistral, donde tanto arrojo, tanta valentía a la hora de encarar un texto tan totalizador, tan abierto a tendenciosidades, lágrimas fáciles o extemporáneos ajustes de cuentas no solo da la espalda a estas maldades sino que, por el contrario, epata con las emociones sinceras, del único modo en que lo hace la buena literatura. Sentada la calidad de página y la emoción verdadera que despiertan algunas de las tragedias más conocidas que supura nuestra historia reciente, La península de las casas vacías es una admonición de aquello que no deberíamos de vivir ni olvidar jamás. Habrá pena si hay olvido.

David Uclés, que antes había escrito El llanto del león (2019) y Emilio y Octubre (2020), sitúa la trama en una suerte de linealidad horizontal en Jándula, el heterónimo geográfico referido a la localidad jiennense de Quesada, uno de los pueblos más bellos de Andalucía, de donde son sus padres. Jándula es la Comala, la Santa María, el Macondo andaluz como lo ha sido Mágina para Muñoz Molina. Conviene repetirlo una vez más: Todas las esdrújulas son bellas. Estos días le he preguntado a David Uclés si cabe más dolor que el que padeció Odisto Ardolento y él me ha respondido que el protagonista de la novela carga como un nazareno con el dolor sintetizado, resumido de toda la guerra civil del 36.

El realismo mágico que se extiende por el texto no está inspirado solo en los autores del boom hispanoamericano: está también en los tochos de Günter Grass, en El tambor de hojalata, cuya Alemania natal retrata el autor como esa suerte de extraño paisaje carcomido por la superioridad, la banalidad del mal y la mancha imborrable de la culpa. La heterodoxia estructural de la novela nos permite echar marcha atrás o alcanzar el presente a través de los diálogos en los que el autor participa como un contemporáneo más. Uclés habla con Franco, con los protagonistas de la guerra, con los buenos y malos, con los intelectuales que todos hemos leído y alabado, con aquellos que marcaron nuestro rumbo ético y con esos otros que menospreciamos injustamente y a los que hoy pedimos disculpas por nuestro atrevimiento e indolente juventud.

Uclés tardó quince años en cerrar el manuscrito definitivo y dárselo en mano a Ofelia Grande, la editora de Siruela. Antes había ganado un dinero con la Beca Leonardo de la Fundación BBVA que le permitió hacer miles de kilómetros por las cincuenta provincias españolas a la búsqueda de dramas y datos contrastados.

A la hora de enfrentarse al monstruo lo hizo desprejuiciado del peso del historiador o del político y eso le permitió, como un narrador nada más, obtener una primera caligrafía exenta de revancha, maledicencias y resarcimientos. Ese equilibrio no le ha impedido tomar conciencia del drama y apuntar a los culpables. Lo contrario habría sido falsear la realidad y eso no está permitido cuando el narrador, por libre que se sienta, busca en la historia una respuesta coherente para sus preguntas. David Uclés confiesa que hay páginas de su novela que le hicieron llorar como cuando las madres se despedían de sus hijos en la ría de Bilbao antes de zarpar rumbo a la Unión Soviética, conscientes de que jamás los volverían a ver. «En esos momentos los llenaban de besos hasta quemarles las caras», recuerda ahora. O cuando cerró los ojos en la carretera que une Málaga y Almería, y en la desbandá se puso en los oídos sonidos de metralla y bombas desde el aire.

La península de las casas vacías se cierra con un texto del granadino Francisco Ayala donde dos muertos se preguntan para qué tanta violencia si la vida es finita, acaba y concluye para siempre: «Ya todo acabó; ya todos somos uno. Nos une la tierra; nos iguala la tierra; nos liga, tanto como nuestro amor, nuestro odio; nos hermana la comunidad de nuestro destino». David Uclés ha publicado una de las mejores novelas del año y sus horas de lecturas nos reconcilian con la buena literatura en estos tiempos donde es tan difícil hallar textos que de verdad conmuevan.