Mi mujer terminaba de hacer la maleta grande, los chicos apuraban sus últimos momentos antes de la abstinencia estival jugando al Fifa, yo regaba las plantas por última vez.
Entonces, cuando ya tenía todo el equipaje junto a la puerta para empezar a bajarlo al garaje, escuché la voz de Ana desde la habitación contigua.
-Tú, ¿has cogido tu cargador? [en casa yo soy tú, ya saben].
-No me llevo móvil.
-¿No te llevas móvil túuuu?
-No.
-Pero tu cumpleaños es en agosto.
-Da igual.
-¿Y si pasa algo?
-Que pase.
-¿Y el trabajo?
-Estoy de vacaciones.
-Tú, ¿y si te llaman de la editorial?
-Que me llamen en septiembre.
Era un 31 de julio.
Si hay gente que sube al Everest sin oxígeno o que se mete en la playa sin ponerse unos calzoncillos debajo para que la arena no le roce los huevos, bien podría estar yo (o sea tú) un mes sin el smartphone.
Así que ayer regresé de las vacaciones, crucé el umbral de la puerta que cerré hace más de cuatro semanas, regué la única planta que seguía viva. Y, justo 31 días más tarde, fui a por el desvencijado Samsung y me encerré con él en el baño un poco como cuando Gollum recupera el anillo y se cree que se va a cagar la perra.
Pulsas largamente el botón de encendido hasta que lo sientes vibrar.
Introduces luego el PIN de la tarjeta SIM y le das al botón donde pone OK, como en los viejos tiempos.
Dibujas el patrón de desbloqueo.
Y luego, 31 días después, mientras le cae el rayo del wifi al Frankenstein y este va cobrando vida poco a poco, esperas dichoso y te dices que has vuelto. A ver cómo es eso de que el mundo haya seguido girando si no has dicho nada tú (o sea, yo). A ver cómo va eso de la subida de la luz si no si no has opinado nada, eh. A ver, a ver.
Juan Tallón en Rewind: «El teléfono genera expectativas. Cuando no suena, o cuando no responden, expande un tictac imaginario, maníaco, que te hace estar alerta. Su silencio convoca algunas veces tanta o más atención que su sonido. Trabaja también por dejadez».
Las expectativas casi siempre están por debajo de la realidad. Te pasa cuando abres un huevo Kinder, cuando miras el buzón de correos tras unas largas vacaciones o cuando enciendes el teléfono móvil tras tenerlo apagado exactamente un mes: después de tanto tiempo, crees que va a ser la hostia lo que hay dentro, pero no.
-¿Se puede?
-Estoy en el baño yo.
Lo mejor de todo era lo que iba a leer en los siguientes minutos con el pestillo echado, lo que me iba a ser anunciado, el listado de buenas noticias (o noticias a secas) que recibiría en cuanto el teléfono dejara de pensárselo, que hasta creo que lo agité y me lo acerqué al oído para ver si sonaba ya el comercial de Vodafone para venderme algo.
Allí estaban ya saltando los mensajes en una carrera loquísima. Un poco como cuando una tragaperras se pone a cien y no deja de escupir monedas. Seguro que me habrían anunciado la octava edición de mi novela, y seguro que tenía 80 felicitaciones por mi cumpleaños, y seguro también que hasta tenía una llamada perdida del PSG o de Sabrina Salerno.
Luego lo enciendes y tal.
(...)
31 días sin móvil suman 744 horas. Antes había días en que en una sola hora creo que miraba el teléfono hasta 31 veces
Si no conté mal, allí había 2.134 mensajes de WhatsApp sin leer.
Así que escribo estas líneas sin haber contestado a todos. Era sentarme a escribir la crónica de este experimento sociológico o sentarme a contestar mensajes como un mono. Y llevo un mes sin dar ni palo.
Que me perdonen los silencios en el grupo del Atleti, porque está visto que no saben hacer alineaciones sin mí; que me perdone el colega que me pidió permiso hace tres semanas para comer en Zamora («con tu permiso, hoy como en tu tierra»), que me lo imagino en los huesos por las aceras esperando que le dé yo el permiso.
Como quien dice, ayer di las gracias casi con un mes de retraso a 20 personas que me felicitaron por mi cumpleaños, que lo próximo ya va a ser agradecer yo al año siguiente. Uno que me mandó una foto fardando mientras se comía una mariscada en O Grove, me envió otra a los siete días hospitalizado por una caída en bici en Coslada. Una mujer se arrepintió a tiempo de lo que me dijo: siete veces se arrepintió. Siete veces leo: «Este mensaje fue eliminado». Me sabe especialmente mal.
También por ese buen amigo que venía de México y que me preguntó el 3 de agosto que si quedábamos a cenar el pasado día 10. Ayer le contesté «ni de coña». Creo que se ha enfadado. Me ha dejado en leído y con razón. Aquí dentro del móvil tengo gente que me va a dejar en leído hasta 2022. Al tiempo.
Treintaiún días sin móvil suman 744 horas. Antes, en julio, había días en que en una sola hora creo que miraba el teléfono hasta treinta y una veces.
ReleoDietética digital, de Víctor Sampedro: «Padecemos obesidad digital. Esta pandemia no sólo afecta a los adolescentes bulímicos del móvil. A menudo sus progenitores sufren patologías más graves, aunque se excusen con motivos laborales. En cualquier caso, todos tenemos sobrepeso digital. La opulencia comunicativa interfiere -como la gordura- en la actividad diaria, limita el radio de acción al de la wifi y reduce su alcance a la pantalla. Mientras, los compañeros y contextos más próximos se convierten en desconocidos y lejanos».
En el primer día de regreso siempre vienes sobrado de kilos y medio bobo: como si el peaje de Arévalo ya te hubiera dado jet lag. Te subes a la báscula, te duchas, te secas, te despides de tu cuerpo moreno y sales del baño rumbo a la cotidianidad más abyecta. Hacer una mínima compra, llevar cosas al trastero, bajar al buzón del portal a ver. Todo eso ya te pone un poco más pálido.
En el mío sólo hay un folleto del Telepizza, dos cartas de Naturgy y otra del banco. Pero en el correo electrónico todavía me esperan 300 mensajes.
Treintaiún días sin móvil también suman cerca de 45.000 minutos. Antes, en julio, había días espídicos (bang, bang, bang) en que respondía tres correos en 60 segundos.
En la bandeja de entrada leo un asunto que dice: «Deseo concedido». Otro que me anuncia: «Al rico helado». Otro que me interpela: «¿Sabías que el cuidado por el medioambiente te hace ser sexy?». Hay varios sobre «los pueblos más bonitos de España». Uno alerta de que «agosto es el mes del orgasmo femenino» y ya de paso me propone: «Descubre qué juguete erótico es el más adecuado para ti». Luego está Puri Nogueira, que según informa su red social ha añadido un nuevo vídeo a su cuenta.
Lo raro no es que no sepa quién es la tal Puri Nogueira.
Lo raro es que me llegue que Puri Nogueira ha añadido un nuevo vídeo si yo no tengo Facebook.
Qué hacíamos antes cuando llegábamos a un bar, estábamos solos y no había periódico a mano. Yo lo he recordado este verano: nada, no hacíamos nada
Lo peor es cuando estás en un sitio y te pones a mirar a la gente. El sospechoso no es el que mira a su móvil durante una hora, sino el que mira a los otros durante cinco minutos. No digo ya nada si los mirados son niños en bañador y el que mira no tiene nada entre las manos.
Si no quieres parecer un pedófilo o un agente de la DEA, si eres vergonzoso y no te gusta ser el foco, si no quieres dar la impresión de que no tienes amigos y nadie te escribe, si no quieres parecer extraño, si no quieres dar el cante en público, lo mejor cuando estás parado en cualquier parte y hay gente alrededor es ponerte a mirar el móvil sin levantar la cabeza.
La pregunta es qué hacíamos antes cuando llegábamos a un bar, estábamos solos y no había periódico a mano ni televisión encendida. Yo lo he recordado este verano: nada, no hacíamos nada.
Ahora es imposible no hacer nada.
Ahora sé que el teléfono móvil es sobre todo un escudo. Y un ansiolítico. Y un vibrador. Y la mejor manera de no estar con los otros.
La pregunta que más me han hecho este verano es por qué no me he llevado el smartphone en agosto. Y después de intentar explicar que no tiene que ver con el ruido de los otros, sino con el mío propio, siempre he escuchado una mentira y una incongruencia.
La mentira sonaba más o menos así: «Yo no podría hacerlo».
La incongruencia sonaba más o menos así: «Haces muy bien, qué envidia me das».
Porque yo entonces les preguntaba que por qué no lo hacían ellos y así regresábamos a la mentira inicial.
(...)
No sé si he hecho muy bien. Pero sí sé que he hecho lo que me apetecía: a determinada edad, la libertad no consiste tanto en hacer lo que quieres sino en negarte a hacer lo que no quieres.
El primer día de vuelta al trabajo es como poner una lavadora contigo dentro. Dando vueltas sin parar. Purgándote. Todo revuelto en el interior. El comienzo de algo que vas a repetir maquinalmente. Hoy terminaré de contestar a los mensajes pidiendo perdón por el silencio. Mañana ya estaré al día y listo, y seré un ruido más en la cósmica algarabía.
Únicamente llevo un día con el teléfono móvil y ya soy como ese dipsómano que sabe que sólo con probar un trago puede pifiar una abstinencia de meses.
En 31 días, 744 horas, casi 45.000 minutos, no me he perdido ninguna muerte ni ningún nacimiento, he estado al tanto de los incendios y de Afganistán, he llegado puntual a la citas, he pagado en los restaurantes, he salido en fotos, sé a quién se ha insultado en las redes, apenas he extrañado a una decena de personas.
Y sin embargo.
-Vamos a cenar -escucho desde la cocina.
-Voy -contesto desde el baño.
Me llaman una segunda vez. También vendrá una tercera. Si hay una cuarta, no me entero. Cada uno de los cuatro miembros de la familia está en una estancia distinta con su teléfono.
Lo sé por el silencio que está a punto de romperse.
Son los pasos de Ana por el pasillo.
-Y deja el móvil ya, tú.
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