Hay veces que una simple chispa de indignación es suficiente para despertar a un pueblo de su largo letargo. Otras, se necesita algo más: un rostro, un héroe, un mártir... Y China ya lo tiene. La muerte de Li Wenliang, el médico que fue silenciado tras alertar a finales de diciembre del brote del nuevo coronavirus, ha dejado una rabia sin precedentes en el gigante chino, vomitada con ímpetu en las redes sociales.
"A Pekín se le ha ido todo fuera de control. No contaban con esta reacción popular. Pero no hay que subestimar el poder del Partido Comunista. Ya vivieron algunas oleadas de críticas por su gestión con las protestas de Tiananmen (1989) o con el terremoto de Sichuan (2008). Y después no paso nada. Al pueblo lo callaron, a su manera, sin mayor problema. Pero espero que esta vez sea diferente", afirma el dibujante chino Badiucao, nieto de un cineasta perseguido durante la Revolución Cultural de Mao Zedong, que ahora es uno de los activistas más críticos con el régimen chino desde su refugio en Melbourne.
Retrocedamos un par de días y demos una vuelta por Weibo, el Twitter chino. Algo raro pasaba. El hashtag "Quiero libertad de expresión" acumulaba miles de comentarios. Otros como "El Dr. Li Wenliang ha fallecido", sumaban más de 670 millones de visitas y mensajes críticos contra el gobierno por la tardía reacción para parar la propagación del coronavirus.
Unas horas de desahogo
El gran cortafuegos de censura se había roto. O, algo que concuerda más con el proceder de Pekín, se permitió que se rompiera, que el pueblo, encerrado en sus casas y con mucho tiempo para pensar, pudiera desahogarse de alguna forma. Nunca había pasado. Aunque no duró mucho. En pocas horas, la maquinaria de vituperio comunista se puso en marcha y eliminó todos todos los mensajes. Vuelta a la normalidad. O eso pensaron las autoridades chinas.
Porque empezó con mucha fuerza otra campaña liderada por la plataforma China Change. La idea era que los ciudadanos chinos, repartidos por todo el mundo, subieran fotos a las redes sociales posando con mascarillas en las que estuvieran escritas las palabras "Libertad de expresión". La acogida de la campaña fue abrumadora y las redes se llenaron de estas instantáneas.
Incluso un grupo de académicos chinos han publicado una carta instando al Gobierno a proteger la libertad de expresión y disculparse por la muerte del doctor Li Wenliang. "Si más personas permanecen en silencio por miedo, la muerte llegará más rápido. Todos deberían decir no al régimen que toma medidas enérgicas contra la libertad de expresión", asegura Zhang Qianfan, profesor de derecho de la Universidad de Pekín .
"Si las palabras del doctor no hubieran sido tratadas como rumores, si a cada ciudadano se le permitiera practicar su derecho a expresar la verdad, no estaríamos en este lío del coronavirus, una catástrofe nacional con un impacto internacional", añade Tang Yiming, director de la Escuela de Clásicos Chinos de la Universidad Central en Wuhan. Ambos profesores han pedido al gobierno de Pekín que se disculpe públicamente. También, Amnistía Internacional ha denunciado la campaña de censura llevada a cabo por las autoridades chinas. "Se arriesgan a estar ocultando información que ayude a la comunidad médica a combatir el coronavirus y ayudar a que la gente se proteja", dice Nicholas Bequelin, coordinador en Asia de esta organización.
Ante las críticas, la reacción del Partido Comunista ha sido enviar a Wuhan a un grupo de investigadores de la Comisión Nacional de Supervisión para "examinar de modo exhaustivo los problemas denunciados por el público sobre el caso del doctor Li Wenliang", según anunció el medio propagandista Diario del Pueblo.
1.400 millones de personas en cuarentena
Esta ola de indignación popular -ya censurada- supone un duro revés para un gobierno que presumía de las alabanzas por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y de revistas científicas de prestigio, como The Lancet, por su transparencia de cifras y contundente respuesta con el cerrojo sanitario de Wuhan y de otras 17 ciudades de la provincia de Hubei. Aunque, en realidad, la cuarentena, aunque de una forma más parcial, ya se ha extendido por todo el país. El día a día de la mayoría de las 1.400 millones de personas que viven en China transcurre entre las cuatro paredes de sus casas. Fuera, aparte del miedo al contagio, está casi todo cerrado.
Las noticias actualizadas prácticamente cada hora del coronavirus tampoco son nada buenas: ya hay más de 37.200 infectados, más de 800 muertos y casi 29.000 casos sospechosos. Hoy los fallecidos han superado a los que dejó hace 17 años el síndrome respiratorio agudo severo (SARS). Aunque la buena noticia, que también la hay, es que el número de curados (2.900) triplica con diferencia al de defunciones, sin existir aún una vacuna para este coronavirus recién bautizado por la Comisión Nacional de Salud de China con las siglas NCP. Además, la tasa de mortalidad en toda China sigue sin superar el 2%.
En un último vistazo a Weibo antes de cerrar estas líneas, no encontramos ningún comentario directamente crítico con la gestión de Pekín. La otra Gran Muralla, la digital, se ha vuelto a implantar. Mientras, el presidente Xi Jinping sigue mandando a más periodistas a Wuhan para que escriban "noticias positivas" sobre la gestión del coronavirus.
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