Que los tiempos de la política no coinciden ni deben coincidir con los tiempos de la ciencia es algo que venimos advirtiendo desde el principio de la pandemia. Sin embargo, la tentación de hacer propaganda desde el poder con la solución clínica al virus estuvo presente en las reacciones de numerosos gobiernos, el nuestro incluido. El ya cesado ministro de Ciencia, Pedro Duque, llegó a prometer la llegada de la vacuna española el año pasado, en un exceso de optimismo impropio de su condición que solo se explica por el deseo de complacer a Sánchez. Aunque ese deseo servil fuera expresado a costa de la credibilidad de la ciencia española, que acaba de recibir un golpe tanto mayor cuanto más infladas estaban las expectativas en el hallazgo inminente de una vacuna española.
Así, hemos sabido que el primer prototipo de la vacuna española contra el coronavirus, que ya se había probado en tres especies animales, no podrá arrancar los ensayos en humanos al no recibir el visto bueno necesario. La negativa de la Agencia Española de Medicamentos a la hora de dar el pistoletazo de salida al ensayo entre las personas voluntarias se justifica por la falta de indicios suficientes para garantizar la seguridad de la vacuna en voluntarios humanos sanos. El proyecto, por tanto, queda paralizado hasta contar con la luz verde de las autoridades sanitarias. Este es el procedimiento normal y en absoluto significa la paralización definitiva del proceso de investigación. Tan solo se ralentizará, a la espera de mayor información por parte de la Agencia.
En este sentido, nada hay que reprochar al equipo del virólogo Mariano Esteban, líder del equipo del Centro Nacional de Biotecnología del CSIC que está desarrollando este y otros prototipos de vacuna. Quienes sí merecen reproche son los políticos que trataron de subirse apresuradamente al carro de esta investigación y madrugaron su éxito prematuramente por razones estrictamente electorales y cortoplacistas. Lo que necesitan los científicos españoles es una mayor inversión en I+D y no reformas educativas que desvirtúen el esfuerzo y demonicen la meritocracia. Y lo que necesita la sociedad española, con urgencia, es que Sánchez deje de tratarla como si estuviera compuesta por menores de edad a los que se puede prometer constantemente la panacea sin rendir luego las cuentas de las promesas fracasadas.
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