No han pasado ni tres días desde que Will Smith le metiese un cate a Chris Rock en plena ceremonia de los Oscars y en todo este tiempo se ha escrito ya todo lo que podría escribirse al respecto. Aunque cada vez que haya el más mínimo movimiento en la carrera de Will Smith (y los va a haber) volveremos a ese momento que marcará para siempre su trayectoria profesional y esa percepción como estrella carismática de la que viven todos sus proyectos. Como en el caso de Tom Cruise o Julia Roberts, estrellas de su nivel, la cara de Smith ha sido siempre el principal elemento de las imágenes promocionales de sus películas. Esa cara que, en el momento de la hostia en la gala de premios, las cámaras nos negaron.
Desde ese mismo momento he visto cómo, sobre todo en Twitter, las justificaciones del mamporro son más abundantes de que lo que uno podría esperar. La nobleza del acto (vengar a tu dama) y la imposibilidad del aguante ("a veces uno pierde los estribos" leo en la cuenta de alguien que por mucho menos organiza una ordalía tuitera) ganan por encima de una idea tan peligrosa como inevitable: Chris Rock se merecía la hostia.
Pero vivimos en una sociedad que esos merecimientos los pasa por un filtro de civilización y convivencia organizada. Hemos tenido que montar una complejísima estructura sociocultural para impedir que liarse a tortas sea lícito. No lo es. Todos los escenarios alternativos al de levantarse del patio de butacas, subir al escenario y pegarle al presentador, son mucho más deseables que lo que ocurrió en la única línea temporal existente. Hay un universo paralelo en el que es Jada Pinkett Smith la que reacciona, violentamente o no, al chiste de mal gusto de Chris Rock. Hay otro en el que su marido sube al estrado pero, en vez de usar sus puños, le roba el turno de palabra para señalar lo que acaba de hacer en su intervención supuestamente humorística. Hay otro, uno muy loco, en el que Chris no llega a decir el chiste sobre la alopecia de Jada porque el anterior, un comentario tremendamente sexista sobre Penélope Cruz, es contestado por Pe, mientras Javier la jalea. Cualquiera de estas historias paralelas es mejor que la real.
Al tiempo, mientras navego por los millones de comentarios en Twitter sobre Lo De Will, me enfrento a las bastantes respuestas a uno mío. Uno en el que defino a Troy Kotsur, actor premiado como secundario por Coda, como sordomudo. Hay de todo en los tuits que me afean el vocablo, desde los que me lo matizan ("persona sorda") hasta los que critican mi uso de "lenguaje capacitista".
No respondo porque es estéril. No respondo que, reconociendo mi margen de mejora, es errar el tiro buscar en mí un enemigo de la integración, la solidaridad, la dignidad, el respeto y las personas sordas. Entraría en debates sobre las palabras lanzadas desde la ignorancia (como mi "sordomudo", sin duda) y las utilizadas como elemento de denigración, pero entonces recuerdo cómo en el magnífico No hay negros en el Tibet, Assari Bibang hizo un necesario apunte sobre la etimología de esa palabra: "denigrar" deriva del "niger" latino, que significa "negro".
El magnífico podcast de Bibang, Lamine Thior y Frank T probablemente tenga también algo que decir sobre el arquetipo del "negro colérico", que tanto daño ha hecho. Arquetipo al que, menos mal, Will Smith no ha llegado a recurrir para justificar lo injustificable. Pero sí dijo que el amor te lleva a hacer cosas tremendas. Cágate lorito. Y que me perdonen los loros, por favor.
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