Si se escucha lo que dice el Gobierno de Joe Biden, Arabia Saudí, el gran aliado de Estados Unidos en el mundo árabe, se ha convertido en el mayor financiador de la invasión rusa de Ucrania y en el principal socio de Vladimir Putin en la guerra económica contra las democracias que apoyan a Kiev.
Eso es, al menos, lo que sale del regalo de 25.915 millones de euros que el 5 de octubre le hizo a Rusia la OPEC+, un grupo de 24 países productores de petróleo que en la práctica controla totalmente Arabia Saudí, al decidir la reducción de la producción de crudo en dos millones de barriles diarios a partir del martes de la semana que viene.
Esos 25.915 millones de euros salen de un cálculo hecho por la siguiente 'cuenta de la vieja': 7 millones de barriles de petróleo diarios que subirán el precio del barril tras el recorte, por 10 dólares por 365 días. Es una cantidad equivalente a la tercera parte de todo el gasto en defensa de Rusia - incluyendo la guerra en Ucrania - este año. Es probable que la cifra final sea inferior, entre otras cosas porque la demanda mundial de petróleo está cayendo, y con ella el precio, y porque Rusia tiene que vender sus hidrocarburos con descuento.
Pero, aun así, es una gran ayuda para Moscú. Y lo será más si el 5 de diciembre entra en vigor el plan del G7 para limitar el precio del petróleo ruso, en lo que será un nuevo paso de las sanciones por la invasión de Ucrania. Moscú podría dejar de vender 1,5 millones de barriles de crudo a consecuencia de esa medida, según Julian Lee, de Bloomberg, pero el latigazo que supondría la retirada de ese volumen de petróleo del mercado mundial sería más que considerable.
La OPEP+ está formada por 24 países, que controlan alrededor del 44% de la producción de petróleo mundial. Pero, en realidad, hay uno que manda. Arabia Saudí, debido al tamaño de sus reservas, a lo barato de la extracción de su crudo, y a su enorme industria petroquímica, es el único con capacidad para alterar la producción mundial de un día para otro. Si Arabia Saudí no quiere, la OPEP, en cualquiera de sus múltiples versiones históricas, la última de las cuales es la OPEP+, no existe.
Esos dos millones de barriles son un paso más en el final del matrimonio contra natura de ocho décadas entre Washington y Riad. Y, también, del 'cabreo geopolítico' de la década en Estados Unidos. Según explican a EL MUNDO personas cercanas a las negociaciones, el Gobierno de Joe Biden había pedido a la OPEP+ que aplazara la decisión a después de las elecciones del 8 de noviembre, en las que se decidirá el control del Congreso de EEUU. Cuando la OPEP+ se negó, EEUU pidió que el recorte fuera de un millón de barriles de petróleo. La versión oficial que circula en Washington dice que apenas unas horas antes de que la OPEP+ tomara la decisión, EEUU se enteró de que la bajada iba a ser de dos millones de barriles.
No es solo que el recorte vaya a beneficiar económicamente a Rusia sino que, también, va a agravar los problemas económicos de EEUU y, sobre todo, la UE, lo que puede cuestionar el respaldo de las opiniones públicas de esos países a Ucrania. Si se toma como referencia la estimación del Banco Central Europeo en 2014, la eurozona podría perder 88.000 millones de crecimiento si el petróleo es diez dólares más caro, que es exactamente el objetivo de la OPEP+. A eso se suman seis décimas de inflación más en la UE y dos en EEUU. El divorcio entre EEUU y Arabia Saudí va a ser caro. Pero el resto del mundo va a tener que hacerse cargo de la cuenta.
Así que, justo en un momento en el que Rusia está intensificando su guerra económica contra la UE, Arabia Saudí le ha hecho el juego a Moscú. Y no solo desde el punto de vista energético. Inmediatamente después de la decisión de la OPEP+, Mohamad Bin Zayed (o, por sus siglas, MBZ) el presidente de los Emiratos Árabes Unidos, visitaba Moscú y se reunía con Vladimir Putin. No fue un viaje casual. Los Emiratos son el mayor aliado de Arabia Saudí en el mundo.
Una bofetada electoral
La bofetada saudí a Biden no fue solo geopolítica. También fue electoral. La reducción de la producción entra en vigor el martes que viene, exactamente una semana antes de las elecciones en las que el Partido Demócrata, al que pertenece Joe Biden, puede perder el control del Congreso de EEUU.
Así que Arabia Saudí, a través de la OPEP+, ha lanzado un triple golpe a Biden: geoestratégico, económico, y electoral. Algunos lo ven como la ruptura definitiva entre Washington y Riad. Otros, como Phillip Cornell, del think tank Atlantic Council y la consultora Economist Impact, consideran que es más bien parte de un proceso gradual. "Arabia Saudí y los Emiratos ya no son aliados de Estados Unidos. El mundo tiene ahora más centros de poder. El mayor comprador de su petróleo, por ejemplo, es China, no Occidente", explica en conversación telefónica. El algo que el mundo empresarial parece tener mucho más claro, como está poniendo de manifiesto en estos días el 'Davos del desierto', como se conoce a la conferencia Future Investment Initiative, que se abrió ayer lunes en Riad con la presencia de la plana mayor de Wall Street, encabezada por los máximos responsables de las dos instituciones financieras más emblemáticas de EEUU: Jamie Dimon, de JP Morgan, y David Solomon, de Goldman Sachs.
Para Cornell, la reacción de la Casa Blanca ha sido "hiperbólica", al insinuar que Arabia Saudí está interfiriendo directamente en el proceso electoral estadounidense para favorecer al Partido Republicano y aliándose con los enemigos de Occidente. "La OPEC+ se ha alineado con Rusia", dijo inmediatamente después de que se hiciera pública la decisión de reducir la producción la portavoz de Biden, Karine Jean-Pierre. La Casa Blanca anunció que iba a trabajar con el Congreso para reducir la dependencia del crudo de la OPEP+, lo que puede abrir la puerta a una guerra geoestratégico-económica de dimensiones épicas, y que se resume en cinco letras: 'NOPEC'.
'NOPEC' son las siglas en inglés de ley de No Carteles de Producción y Exportación de Petróleo. Es una iniciativa que lleva décadas en el Congreso de EEUU, y que en 2005, incluso, hubiera sido aprobada de no haber sido porque el entonces presidente, George W. Bush, dijo que la vetaría. Su argumento es muy simple: la OPEP es un cartel, es decir, una asociación de productores creada para mantener el precio del petróleo a un nivel determinado, algo que, en EEUU, como en la práctica totalidad de los países del mundo, está prohibido.
La NOPEC aplicaría ese mismo argumento a los países de la OPEP. En otras palabras: permitiría la interposición de acciones legales contra los países de la OPEP (o de la OPEP+) que se coordinen para manipular el precio del petróleo. Si los tribunales dictaminaran que esos Estados han roto la ley, podrían ordenar indemnizaciones. Eso es más complejo, pero no imposible. Por ejemplo, tres refinerías estadounidenses, entre ellas la mayor del país, en Port Arthur (Texas) son de la empresa Saudi Aramco, controlada en un 98,5% por el Estado de Arabia Saudí. "Estados Unidos podría empezar a embargar activos saudíes en el país, y Arabia Saudí podría reaccionar haciendo lo mismo, porque allí hay empresas como ExxonMobil y ConocoPhillips que participan en plantas petroquímicas. Sería un caos", explica un ex alto cargo del Departamento de Estado.
Biden y Bin Salman, una mala relación
Así que las posibilidades de que esa ley salga adelante son tan escasas como lo era hace dos décadas que China fuera declarada manipuladora de la divisa, o que Barack Obama ratificara hace seis la ley que hubiera permitido a los familiares de las víctimas del 11-S demandar a Arabia Saudí en los tribunales por los atentados en los que fueron asesinadas 3.000 personas. La NOPEC sería una pesadilla legal y, además, estratégica para EEUU, porque dinamitaría sus relaciones con todos los productores de petróleo, desde la propia Arabia Saudí hasta Nigeria o México. Pero el Comité de Asuntos Judiciales del Senado la aprobó la semana pasada con 14 votos a favor y solo 4 en contra, así que es claro que tiene respaldo político. Y es acaso la señal más visible de que las relaciones entre Washington y Riad se están resquebrajando a todos los niveles, incluyendo el personal.
Biden tiene una relación muy mala con el príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salman (conocido como MBS por sus siglas), que a su vez se lleva excepcionalmente bien con Jared Kushner, el yerno de Donald Trump y asesor de éste cuando era presidente. La amistad entre Kushner y MBS, que es quien gobierna el país, fue forjada durante una tormenta de nieve en Washington en 2018, y es cuantificable en una cantidad: 2.000 millones de dólares.
Ésa es la cantidad que el Estado de Arabia Saudí, a través de su fondo Public Investment Fund, presidido por MBS, invirtió en el fondo de private equity Affinity Partners, fundado Kushner, seis meses después de que éste dejara la Casa Blanca tras la derrota electoral de Trump en 2020. Es cuestionable que la inversión de Public Investment Fund fuera un negocio, dado que los asesores del fondo habían recomendado no poner dinero en la firma de Kushner debido a "la inexperiencia", "el riesgo" y el descontrol de la compañía, que la hacía "insatisfactoria desde todos los puntos de vista", según publicó hace varios meses en 'New York Times'.
Frente a la amistad entre MBS y Kushner, Biden hizo un desprecio manifiesto a MBS en agosto cuando, de visita en Arabia Saudí, se negó a estrecharle la mano. "No puedes renunciar a darle la mano del príncipe heredero, que es además quien gobierna en el país, y a continuación estrechársela al Rey", explica el diplomático antes citado. Pero el problema va más lejos de la pura personalidad. El presidente no ha dedicado apenas atención a Arabia Saudí. Como explica Andrew Tabler, del think tank Washington Institute for Middle East Policy, que fue director para Siria en el Consejo de Seguridad Nacional durante la presidencia de Donald Trump, "Biden no ha controlado a su equipo en relación a Arabia Saudí. La Casa Blanca está llena de partidarios de dejar las energías fósiles, y eso no ayuda en las relaciones con ese país".
Así pues, ésta es la conjunción perfecta para enfurecer al Gobierno de Joe Biden y, especialmente a uno de sus personajes más influyentes, el asesor de Seguridad Energética Amos Hochstein. También para agravar la guerra interna en la Casa Blanca entre los partidarios de acelerar la transición energética, que hasta ahora han tenido el bastón de mando, y quienes, encabezados por Hochstein, dicen que, por más puré de patatas que se tire a cuadros impresionistas, sin petróleo y sin gas natural, no hay economía digna de tal nombre. Es el resultado de una sucesión de desencuentros que se remonta a hace, como poco, dos décadas, cuando 15 terroristas saudíes dirigidos por un hombre nacido en ese país, Osama bin Laden, llevaron a cabo el mayor atentado de la Historia. La guerra de Ucrania podría ser el punto y final de esa complicada relación de ocho décadas entre Washington y Riad.
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