El rugido de las explosiones continúa incesante. Anoche, mientras escribíamos este artículo, el suelo y los cristales de las ventanas no dejaban de temblar. No hay piedad en los bombardeos rusos y en la furia con la que están arrasando Jarkov, la segunda ciudad más grande de Ucrania desde hace más de un mes.
Ni los barrios residenciales de las afueras, ni los decadentes barracones de la época soviética, ni los pueblos de los alrededores, como hacen en Kiev. Aquí las bombas caen en el mismo casco histórico, frente a los edificios de la época zarista y también frente a los centros comerciales de cristal y acero que se habían convertido en una espina clavada en las aspiraciones de Putin de convertir en vasallos a "esos ucranianos demasiado occidentalizados".
Al llegar, tras un largo viaje en tren desde Kiev en la oscuridad del apagón total, puede parecer por un momento que la plaza soleada frente a la estación y el tráfico a su alrededor transmiten la ilusión de que, quizá, las descripciones de la devastación han sido exageradas.
"Por primera vez, en las negociaciones de Estambul se habla concretamente de paz, tal vez por eso en los últimos tres días las sirenas antiaéreas suenan menos, y vuelve a haber café en los quioscos de los parques", dice Dimitri, el empleado del Ayuntamiento que se ha tomado unas horas libres para hacerme de guía.
"Quieren aniquilarnos"
Un voluntario de Protección Civil baja del tren que en su día conducía a Mariupol, pero que ahora se detiene mucho antes, termina con la ensoñación: "Aquí los cañonazos de la aviación de Putin han sido tremendos, nos quieren aniquilar en todos los sentidos. Lo hemos entendido desde finales de febrero, cuando redujeron a migas los cobertizos de nuestras famosas fábricas de tractores KhTZ como si quisieran revivir las de los tanques T-34 con los que Stalin ganó la guerra".
El primer paseo conduce inevitablemente a la inmensa Plaza de la Libertad, donde los edificios del Ayuntamiento y la ópera, golpeados directamente desde el tejajdo por misiles y luego quemados piso tras piso hasta el pavimento de adoquines de granito rojizo, ahora se alzan como pruebas imborrables de la insensatez y de la brutalidad de la agresión.
Lluvia de misiles
"Fue poco después de las ocho de la mañana de esa primera mañana de marzo, lo recordaré toda mi vida. Había mirado el reloj porque llegaba tarde a mi turno como guardia de seguridad en la plaza cuando los dos misiles rusos pasaron unas decenas de metros por encima de mi cabeza. No eran aviones, a estas alturas ya los distingo bien. El primero se coló por el techo del Ayuntamiento con un rugido ensordecedor. El fuego comenzó de inmediato, corrí y vi decenas y decenas de muertos y heridos. Algunos estaban irreconocibles", relata Slavic, de 26 años, que ese día perdió su trabajo y ahora duerme con otras 200 personas en la estación de metro con vista a la plaza.
Sidoi, de 44 años, es su nombre de guerra. Significa "canas". Este responsable local de las milicias de defensa territorial ejerce de portavoz de la resistencia. "Sabemos a estas alturas que Putin quería tomar Kiev inmediatamente para eliminar a Zelenski, pero al mismo tiempo su estrategia inicial también se centraba en Jarkov, estamos a menos de 40 kilómetros de la frontera con Rusia. Podría bombardearnos duramente, destruir nuestras infraestructuras, aprovechar el hecho de que nuestra ciudad siempre ha estado vinculada cultural y económicamente a Rusia para obtener apoyos. Pero nos ha subestimado, porque incluso los rusos más cercanos a Moscú se convirtieron en ucranianos en pocas horas tras comenzar la invasión. Así que, cuando reaccionamos, activó el peor castigo posible".
Las consecuencias de ese castigo le explica el alcalde, Igor Terekhov. Habla de cientos de muertos (el número exacto es ultrasecreto) y de 1.450 edificios convertidos en escombros (de los cuales 1.200 con más de nueve pisos), además de 69 escuelas, 53 guarderías, 15 hospitales afectados, y agrega que el 30% del millón y medio de habitantes de su ciudad están desplazados.
"Me inclino ante el coraje de los que quedan. Por ellos sigo al frente de los servicios públicos. Somos europeos, Putin debe saber que no volveremos a vivir bajo la tiranía; ha intentado incluso golpearnos desde lejos con misiles disparados desde barcos de las flotas del Mar Negro", cuenta en su despacho, trasladado a una zona secreta de la ciudad.
El mapa del avance ruso
Sedoi y los cuadros militares locales muestran en mapas cómo avanzan las tropas rusas, que ya el 28 de febrero desde las aldeas de Lyptsy y Cherkasky Tyshsky alcanzaron el área urbana de la metrópoli y entraron en el popular distrito de Pitikakty.
De momento, las van deteniendo las guerrillas urbanas y los misiles antitanque, recién llegados de Reino Unido y EEUU, que ayudan a romper los convoyes de vehículos blindados. La reacción rusa no se hace esperar: los misiles de largo alcance transforman en escombros y cristales rotos la calle Sumska, antes el centro de las compras, con sus cafés y tiendas de moda. Los centros comerciales arden y el imponente edificio de la universidad se ha derrumbado.
Las bombas han dañado incluso el sistema de alarma y sus sirenas, por lo que ahora se invita a los ciudadanos a descargar una aplicación especial que gestiona las alarmas de forma remota. Pero a mediados de marzo la batalla se convirtió en una guerra de posiciones, la resistencia ha hecho retroceder a los rusos unos 20 kilómetros, el intento de cerco ha fracasado y Putin responde con misiles y ataques aéreos.
Exactamente lo que vivimos ayer por la tarde, cuando una bomba impactó contra una de las estaciones del metro mientras el rugido de un avión a ras de suelo cortaba el cielo tras el edificio del Ayuntamiento, hoy reducido a cenizas.
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