Cinco años después del histórico 8 de octubre que reunió en Barcelona a más de un millón de personas al grito unánime de «basta, recuperemos el seny», Cayetana Álvarez de Toledo hace balance de la situación del constitucionalismo en Cataluña, critica el nuevo enfoque «catalanista» del PP y carga contra el PSC y Pedro Sánchez por sus alianzas con ERC. Quiere repetir como diputada por Barcelona y reclama una candidatura conjunta con Cs, Valents y Vox para las elecciones municipales en la Ciudad Condal.
- ¿El 8-O fue la fecha más importante del constitucionalismo catalán?
- De lejos. Ese día se acabó el mito del sol poble, la mentira universalmente aceptada de la Cataluña hegemónicamente nacionalista. El problema, sin embargo, es que aquel espíritu no tuvo continuidad. Pudo y debió ser el punto de partida de una gran política constitucionalista, pero al final sólo resultó ser el luminoso paréntesis en la larga historia de las abdicaciones españolas.
- EL MUNDO tituló en portada: «No podrán dividir España». ¿El 8-O fue crucial para evitarlo?
- Yo nunca pensé que España fuera a romperse. Lo dijo bien Aznar: «Antes se romperá Cataluña que España». El riesgo era otro, casi tan dramático: que Cataluña se instalara en un limbo jurídico de gestión imposible. Pero se evitó. Lo evitó el Rey, con su formidable discurso. Lo evitaron los españoles, movilizándose de forma emocionante y espontánea en defensa de su soberanía. Y lo evitaron el Gobierno y los jueces, metiendo a la cúpula sediciosa en la cárcel. Esto me lleva a una reflexión importante. La pregunta no es si Cataluña será independiente; no lo será jamás. La pregunta es si algún día será democrática, porque hoy no lo es. En Cataluña se pisotean los derechos civiles y se incumple la ley con una naturalidad incompatible con un sistema democrático.
- ¿Puede volver a repetirse la revuelta de la «mayoría silenciada»?
- Claro. Depende de los demócratas. Necesitamos un nuevo optimismo, combativo y liberal.
- Usted dijo que el 8-O derrumbó «el perímetro moral» de Cataluña. Cinco años después y con el PSC mirando hacia ERC, ¿el constitucionalismo catalán está peor? ¿Qué queda de aquella unidad?
- Sí, el 8-O se derrumbó el perímetro moral que el nacionalismo había trazado en torno a Cataluña ante la estúpida condescendencia de las élites españolas. Según ese perímetro, sólo los catalanes tenían derecho a opinar -y por tanto a decidir- sobre lo que pasara en Cataluña. El 8-O, una impresionante movilización española desmontó este mito. ¿Dónde estamos ahora? El nacionalismo ha decidido sustituir la vía golpista por la vía socialista hacia la secesión. El PSC es el tonto útil del nacionalismo. Lo ha sido siempre. Es más, se podría decir que el PSC es un partido nacionalista que se disfraza de izquierdas para dar legitimidad a un proyecto profundamente xenófobo. Incluso podría argumentarse que es un partido separatista, en tanto y en cuanto sólo sirve para separar, dividir y debilitar a los constitucionalistas. El PSC es el primer lastre español.
- ¿Qué significaría un pacto entre Salvador Illa -que se manifestó el 8-O- y ERC -contra el que se manifestaba-?
- Daría más poder al separatismo y más desamparo al constitucionalismo. Illa es la encarnación del falso equidistante que tanto daño ha hecho a la causa de las libertades en Cataluña. Estuvo en el 8-O, pero, según se encargó de precisar, «a título personal». Es decir, no como socialista. Es formidable. Y no hay que olvidarlo: los socialistas se ausentaron de la manifestación más importante de la historia de la democracia. Sólo se apuntaron a la siguiente, la del 30 de octubre, al comprobar el impresionante éxito del 8-O. En cuanto a un pacto de Illa con Aragonès, tendría la ventaja de despejar las dudas de las bellas almas que insisten en confiar en él. Su papel de mayordomo del nacionalismo quedaría definitivamente expuesto.
- ¿Fue el Rey el gran impulsor del 8-O, con su discurso del 3-O?
- El Rey fue decisivo en el éxito del 8-O. En su discurso hizo dos cosas nuevas y de un valor histórico incalculable. Fue la primera vez que la máxima autoridad del Estado se dirigía a los nacionalistas como adultos, explicándoles algo tan elemental como que los hechos tienen consecuencias: no puedes dar un golpe de Estado e irte de copas. Y fue la primera vez que se dirigía a la mitad constitucionalista de Cataluña para decirles, literalmente, «no estáis solos». Nunca había ocurrido. Y el efecto fue a la vez balsámico y estimulante.
- En aquel momento, la urgencia máxima era mantener la unidad de España. ¿Ahora lo más apremiante es mantener la vehicularidad del español en Cataluña?
- No, en los dos casos la batalla es la misma: proteger los derechos democráticos. Antes, el derecho de ciudadanía. Ahora, el derecho básico -reconocido en todos los países del mundo- a aprender en la lengua oficial del Estado.
- ¿El «bilingüismo cordial» es posible? ¿Usted prefiere un 50% de clases en español, como dijo Feijóo, o hasta el 100%, como Ayuso?
- Yo prefiero la libertad de enseñanza: que los catalanes puedan elegir en total libertad en qué lengua quieren educar a sus hijos. En cuanto al «bilingüismo cordial», no sé exactamente en qué consiste. Los políticos y los periodistas tenemos una resbaladiza tendencia a adjetivar los conceptos, no para aclararlos sino para oscurecerlos.
- ¿Por qué se debe aplicar ya un 155 educativo, sin medidas previas?
- Porque no se puede aceptar con naturalidad el desafío a la Constitución, las leyes y las sentencias. En todo caso, Cataluña necesita algo mucho más importante y eficaz que el 155: necesita décadas de inversión en constitucionalismo.
- En su arenga del día 7 de octubre de 2017, publicada en este diario, usted criticó el «abatimiento» del Gobierno de Rajoy ante el independentismo. ¿Cómo calificaría la postura del Ejecutivo actual?
- De inmoral complicidad.
- ¿Cree que, cinco años después, el PP sigue «haciendo ganchillo en la retaguardia», como escribió entonces?
- Siempre habrá quienes tengan esa tentación. Es parte de la naturaleza del animal político: pensar que tu adversario se desplomará por su propia mala gestión. Es una postura cómoda, porque minimiza tu exposición al conflicto. Pero en el medio plazo, siempre acaba siendo un desastre. La prueba es el 9-N: el apaciguamiento del Gobierno desembocó en el 1-O. El PP tiene ahora un desafío concreto. Yo creo que Alberto Núñez Feijóo será el próximo presidente del Gobierno de España. Lo creo y lo deseo profundamente. Y por eso le pido que no lo sea a costa de los constitucionalistas catalanes. Y que cuando lo sea, lo sea sobre todo para los constitucionalistas catalanes. De hecho, le pido que sea el primer presidente del Gobierno de España con una alternativa constitucionalista para Cataluña. Hasta ahora, la tónica ha sido el apaciguamiento. Hay que probar algo nuevo. Esa alternativa significa tres cosas: despliegue del Estado, deslegitimación del nacionalismo como una ideología reaccionaria, e inversión en la mitad constitucionalista con presencia, prestigio, poder y presupuesto. Esto último es esencial. Hay que establecer incentivos claro. Ser constitucionalista tiene que dejar de suponer ruina económica y social.
- ¿Usted qué cree que es el «catalanismo constitucionalista»?
- Una cosa y su contraria.
- Entiendo entonces que le parece un error que Feijóo quiera apelar al catalanismo.
- Catalanismo es el eufemismo de nacionalismo. Se ve con claridad cuando se compara con su simétrico, españolismo. La pregunta es: ¿cómo es posible que catalanismo sea una palabra prestigiosa y, en cambio, españolismo no lo sea? Si acaso, debería ser al revés. Uno separa y el otro vincula.
- Uno de los objetivos que esgrimen en Génova es que el PP debe recuperar el espacio de «cordialidad social» -como dijo Feijóo- en el que triunfaba el PSC.
- Había oído lo del «bilingüismo cordial» y lo del «catalanismo cordial», pero lo de la «cordialidad social» es una novedad. Y la verdad es que no sé muy bien en qué consiste. Si es el espacio en el que triunfaba el PSC será que gusta a la izquierda. En todo caso, esta insistencia en la cordialidad denota un cierto complejo. No deberíamos tenerlo.
- ¿Al PP le iría mejor si mutase en una especie de UPN catalán?
- De ninguna manera. El PP no tiene que mutar en nada. Tiene que ser el PP: una fuerza constitucionalista valiente y liberal. Capaz de representar a todos los que quieren una Cataluña tolerante, cosmopolita y luminosa. El liberalismo aquí sí puede ser una tecla fundamental. Cataluña está ahogada bajo una costra nacionalista que impide el ejercicio de la libertad. El día que la retiremos, Cataluña volverá a ser el centro de la libertad de España.
- ¿Qué fue del Libro Blanco para la libertad en Cataluña que usted quiso impulsar como guía para el resurgir del constitucionalismo?
- Ha seguido el mismo periplo que yo.
- ¿Le gustaría repetir como diputada por Barcelona?
- Sí. Parece una frase hecha, pero no imagino mayor honor y responsabilidad que representar a los constitucionalistas catalanes en el Congreso. Y agradezco mucho a Pablo Casado que me diera esa oportunidad.
- ¿Descarta por completo recalar en otro partido, como Cs?
- Ah, ¿pero usted también es de los que dice sí, sí, sí hasta el final?
- ¿Cómo habría cambiado todo si Inés Arrimadas hubiera aceptado su ofrecimiento para ser número 1 de una lista conjunta de España Suma por Barcelona?
- No soy partidaria de las conjeturas retroactivas. Lo que sí sé es que la reagrupación constitucionalista sigue siendo imprescindible. ¿Cómo es posible que no tengamos un candidato común para la alcaldía de Barcelona? ¿De verdad no queremos derrotar a Colau? Porque poder, podemos.
- ¿Se refiere a una candidatura de PP y Ciudadanos, o también con Valents, que lo viene reclamando? ¿Y con Vox?
- Hasta cuatro partidos cita en su pregunta. Es la prueba de lo que le decía: nuestra fragmentación es su victoria. Y su victoria es la degradación de Barcelona.
- ¿Usted apoyaría una candidatura de unidad constitucionalista en las elecciones autonómicas?
- Sí. Y me encantaría que la liderara Alejandro Fernández.
- Hace poco presentó a Iván Espinosa de los Monteros en el Club Siglo XXI. ¿Qué le une a él y a Vox, y que le separa?
- Con Iván me unen muchas cosas: una amistad labrada durante los ásperos y solitarios días de la pandemia en el Congreso, la pasión por el parlamentarismo clásico -el que no apela a las vísceras sino a la razón-, la convicción de que la batalla ideológica es esencial para nivelar el tablero cultural y, supongo, la falta de complejos. La izquierda no nos inspira un especial respeto moral y mucho menos miedo. En cuanto a las diferencias, lo he dicho muchas veces: yo creo que Vox es un partido nacionalista español y a mí el nacionalismo no me gusta, ni como idea, ni como reacción a un nacionalismo de signo separatista y tampoco, desde luego, como una forma de separatismo aplicado a Europa.
- ¿Vox es constitucionalista?
- Por seguir con el juego de las etiquetas y los adjetivos, si ahora resulta que el PP representa el «constitucionalismo catalanista», entonces será que Vox representa el «constitucionalismo españolista». En fin...
- ¿Cómo ve el caso de Macarena Olona? ¿Cree que tiene futuro en solitario?
- No veo ningún caso. Por lo demás, el futuro no es lo que era.
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