La guerra en Ucrania ha entrado en una fase de estancamiento total. La guerra energética de Rusia contra las democracias que apoyan a Kiev, también. Por un lado, las fantasmagóricas barbaridades que los putrolls, o trolls de Putin, han difundido en redes sociales, no se han cumplido ni se van a cumplir. Nadie en Europa se va a duchar este invierno con agua fría (con la excepción de los civiles ucranianos víctimas de la nueva versión del genocidio ruso, ahora en forma de misiles y drones sobre infraestructuras civiles). Los depósitos de gas de Europa están llenos a rebosar y el precio del petróleo no sube. Pero la segunda parte de la crisis va a ser en 2023. Y ahí está por ver cómo va a aguantar Europa.
Primero, la situación actual. Las reservas de gas de Europa se encuentran, según la empresa de big data Kayrros, en niveles históricamente altos, a pesar de la desaparición del suministro ruso, que supone en torno al 43% de todas las importaciones de la UE. Algo parecido sucede con el petróleo. El lunes pasado, hubo una serie de noticias contradictorias sobre lo que va a decidir la OPEP+ (el cártel que agrupa a la mayor parte de los grandes exportadores) en su próxima reunión, el domingo que viene, en Viena. La agencia de noticias Bloomberg dijo que Arabia Saudí, que es quien manda en la OPEP+, iba a forzar un aumento de la producción de petróleo. Los saudíes lo desmintieron inmediatamente. Sea como que sea, Europa y Estados Unidos están al borde de la recesión, mientras que China mantiene las medidas estrictas de control de la actividad económica para evitar la expansión del Covid-19. En esa situación, la demanda de petróleo va a caer, no a subir. Encima, el tan cacareado descenso de la producción de petróleo decidido por la OPEP+ en octubre no se ha llevado a la práctica. Así que hay petróleo en el mercado.
Es cierto que el coste de un petróleo y un gas mucho más caros ha causado la mayor crisis energética de la UE en cuatro décadas. Pero también lo es que las economías de los aliados de Ucrania no se han colapsado. La entrada en vigor, el 5 de diciembre, de una serie de medidas por parte de la UE para anular en la práctica las importaciones de petróleo ruso por vía marítima y de un tope al precio del crudo de ese país, exacerbará las tensiones del mercado energético, pero no va ser una catástrofe. Por otra parte, Rusia ha resistido las sanciones a su industria petrolera mucho mejor de lo que se esperaba. De hecho, su producción es, a día de hoy, prácticamente la misma que antes de que invadiera Ucrania, pese a las medidas en su contra adoptadas por los aliados de Kiev y a la salida de la empresas energéticas occidentales de ese país. Así pues, la primera partida de la guerra de la energía ha terminado en tablas.
La segunda partida será más difícil. En 2022, Rusia cometió un error -otro más- al no imponer el embargo total de gas a Europa hasta el verano, aunque en realidad ya llevaba limitando las exportaciones en octubre de 2021. En 2023, sin embargo, ya empezamos con embargo total de gas natural ruso. Eso significa precios más altos, inflación, márgenes más pequeños y la necesidad de reinventar el modelo energético de Europa, en especial en países como Alemania e Italia. ¿Seremos capaces? Por ahora, parece difícil que sea posible reemplazar toda la producción rusa, en parte porque, como señalaba recientemente el European Council on Foreign Relations, cada país de la UE tiene su propia política energética, y eso está generando una búsqueda desesperada de proveedores de gas que no sean Rusia en la que cada país hace la guerra por su cuenta. Tal vez 2023 sea el año en el que la UE tenga que admitir que, para sobrevivir, necesita una política energética única digna de tal nombre.
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