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¿Qué es parar a Luka Doncic?

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Luka Doncic, en el partido ante Japón
Luka Doncic, en el partido ante JapónREUTERS

Más allá de la obviedad de ganando el partido, Doncic que haga lo que quiera. Más allá de cómo conseguirlo y esa acumulación de distintos factores y lugares comunes: Doncic sólo puede ser detenido por él mismo, hacerle 2 contra 1 muy largo para que suelte el balón pronto, no nos importa si anota 40 puntos pero que los porcentajes sean bajos...

Parar a Doncic es inmovilizar el presente, tras un pasado pluscuamperfecto. Pulsar las dos barras del pause, botón del congelado. Una selección predestinada a hacer la hazaña patriótica de las medallas, en una delegación minúscula representando a una República muy pequeña, son solo 54 deportistas, contando al rubio talento y sus 11 compañeros. España si toca metal, añadirá otro gran logro, superará el obstáculo de la longevidad y añadirá un final perfecto al legado de Pau Gasol y quien no vuelva a los JJOO. Estarán siempre en nuestros corazones. Si Eslovenia se cuelga la presea, serán ídolos sociales, de nuevo, como en 2017, cuando ganaron el Eurobasket. O más. Llenarán todas las plazas de cada pueblo. Aquí, no.

Parar a Doncic es interrumpir por un rato lo predestinado, el juego de un base-pívot dominador. Líder natural con la circunstancia de jugar con una selección pequeña y sus hazañas numéricamente son aún más alucinantes. Los serbios lo ven por la tele. En el paso de retirada y lanzamiento lejanísimo, en el rebote de ataque agarrado por encima del base rival, siempre más bajo, en el pase adecuado. Gustándose y gustándonos. Sus protestas no nos parecen tanto, (al menos hasta ahora...). Un ángel de sonrisa cautivadora.

Parar a Doncic es tarea compleja, pero Campazzo quedó inmovilizado. Si algo tiene España es sabiduría colectiva, inteligencia en el contacto y muchos jugadores oportunos a la hora de aparecer en las grandes citas. Para Eslovenia esto es una misión histórica, para España la deuda moral motivadora es ofrecer a Pau, el gran gobernador de estas dos décadas, las dos mejores semanas posibles. Cada partido es una final y cuatro finales son pocas finales, contando las disputadas en el Siglo XXI.

Parar a Doncic será conseguir que Eslovenia no anote de nuevo por encima de 100 puntos. La lucha del ritmo. Parar a Doncic será saber cuál es el último güasap que hay que mandarle la noche antes del partido, saber cómo saludarle por las zonas comunes de la Villa y saber defenderle como equipo. Esto no es un Luka-Ricky y los nuestros lo saben. Preavisados Abalde y seguramente hasta Claver. O la gran foto de Garuba emparejándose con él en un desajuste. Agachado, preparado para intentar el imposible, quitársela de la mano.

Rudy preparado desde el ángulo muerto de la ayuda. Quizás punteos laterales o traseros sobre Luka es un camino que usar para crearle dudas. ¿Y si el partido se va a un final ajustadísimo y el balón lo tiene él (quién sino) en última posesión?

Elevó los ojos, respiró profundo, la palabra cielo se hizo en su boca. Y como si no hubiera más en el mundo, por el firmamento pasó una sonrisa, vals del baloncesto, cadencia increíble, llamada en el hombro. Doncic, blancura del lirio, aire y balón, sonrisa de asombro...

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