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¿Qué se le ha perdido a Ricky Rubio en Cleveland?

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Ricky Rubio, ante Delia, el jueves en Saitama.
Ricky Rubio, ante Delia, el jueves en Saitama.AFP

Ricky Rubio dormía feliz en Tokio después de su enésima exhibición en el mundo FIBA cuando en el planeta NBA le mandaron a Cleveland. Mal equipo, mala ciudad, mala leche. Si quiere buscarle algo positivo, se mudará de la ciudad grande más fría de Estados Unidos a la quinta, pero tampoco parece que vaya a mejorarle mucho la vida estar a -4ºC rodeado de nieve en vez de a -7ºC rodeado de nieve. Teniendo en cuenta que antes le tocó residir en Salt Lake City (Utah), la sede más detestada por los jugadores debido a su poco disimulado racismo y su inexistente ambiente nocturno, y en Phoenix, tan en el desierto que en vez de tener árboles en las aceras tiene cactus gigantes (en serio), el pobre está a un traslado a Charlotte de cantar bingo con las ciudades más inhóspitas de la NBA. Uno piensa que José Manuel Calderón, con menos méritos y más ojo, jugó en Nueva York, Los Ángeles, Dallas o Toronto y asume que la NBA odia a Ricky. Es imposible odiar a Ricky, lo sé, pero algo pasa.

Nos preguntamos a menudo cómo es posible que el mejor jugador al sur de Luka Doncic en lo que va de Juegos, MVP del último Mundial y genio residente de la selección, haya acabado convertido en jornalero (muy bien pagado) en América y hay un factor indiscutible al analizar su carrera allí: nunca ha encontrado su sitio. La NBA es dulce para los jugadores porque una vez que firmas por una pasta ya puedes engordar, fallar adrede o apuntar a un compañero con una pistola en el vestuario (tecleen Gilbert Arenas), que vas a cobrar hasta el último dólar, juegues o no. A cambio, hoy estás en Minnesota y mañana en Cleveland. Quizás algún día Ricky tenga la suerte de caer en un sitio donde sea feliz y sus dos personalidades deportivas al fin hagan las paces, pero no es algo que esté en su mano. Y depender de otros siempre es frustrante.

Miren a Enmanuel Reyes, que subió al ring para "arrancar cabezas", intercambió una hondonada de hostias con otro señor muy fuerte, nadie sabía bien qué había pasado y acabó perdiendo porque así lo decidieron unos jueces que estaban allí sentados. Confirmó, eso sí, que ya está plenamente integrado en nuestra cultura y reaccionó como todo español de bien: "Fue un robo". Puede que sí, puede que no, pero al menos no le han mandado a vivir a Cleveland. Ni tan mal.

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