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Morata contra la ilusión

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Morata se lamenta durante el partido ante Suecia.
Morata se lamenta durante el partido ante Suecia.

Luis Enrique dando órdenes sentado en la neverita no paraba de recordarme a mi padre cuando íbamos al campo, a Canencia, sólo que su fresquera la llenaban bebidas isotónicas en lugar de latas de Mahou verde, Tang de naranja y una sandía partida por la mitad, y uno indicaba a los niños cómo posicionarse sobre el césped sin chocar con un sueco y el otro, cómo meterse en el río sin resbalarse en las piedras. Pero un padre es un padre con camisa ceñida o con bañador y ese es el rol que ha elegido el seleccionador. Tiene sentido.

Una casualidad cósmica irrepetible quiso que los mejores futbolistas de nuestra historia en prácticamente todas las posiciones coincidieran en el tiempo. Fue glorioso y, como todo lo que nos hace muy felices, extremadamente difícil de cerrar cuando llegó el momento. No pudo hacerlo Del Bosque, demasiado implicado sentimentalmente, y tampoco Lopetegui, vodevil mediante. Ahora lo ha hecho Luis Enrique. Ha cambiado futbolistas de los que sabíamos lo que ya no eran por otros de los que aún no sabemos lo que serán. Lo hizo en la convocatoria y lo reforzó en el once: ante cada duda que asomaba en la previa, apostó por el joven: Pedri y no Thiago, Olmo y no Gerard, Ferran Torres y no Sarabia. Pese al desenlace, a favor.

A favor, porque ya no somos lo que fuimos y nunca volveremos a serlo, pero al menos hemos dejado de ser un señor de mediana edad que ficha cada mañana a las 9 y se va, sin hacer ruido ni dejar huella, a las 6, para convertirnos en un adolescente patoso e inmaduro pero con el futuro abierto. Somos lo que vimos ante Suecia, un equipo fogoso e irregular, un chaval que sale cada noche pensando que va a ligar y regresa a casa siempre solo pero sin perder la esperanza de que tal vez mañana. A España y al chico les sobran ganas y les falta gol. Es el factor Morata.

Morata es el Camacho inverso. Si el de Cieza animaba con su mera presencia (como jugador, comentando ya tal) a sus compañeros, él los deprime. Falló uno de esos goles que sólo en él no sorprenden y España perdió fuelle de inmediato. Tiene infinidad de virtudes, en serio, pero se ha convertido en ese personaje de teleserie que ejerce de alivio cómico y siempre da al público el chiste recurrente en el momento en que se espera. Como Jessica Rabbit, no es culpa suya, es que le han dibujado así. El dibujante es un cabrón, por otra parte.

Aunque, Morata mediante, España se atoró, dejó mejores síntomas de los que el empate indica, tiene la juventud de su parte y cabe esperar que ahora juegue Gerard. Probablemente el futuro sea gris, pero al menos, a diferencia de torneos anteriores, ya no estamos seguros. No es mucho, pero es algo.

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