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Casas Malditas (1)

Palacio de Linares: Raimundita, el fantasma de un incesto

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En los años 90, la voz de la difunta hija de los marqueses de Linares fue registrada por algunos expertos en fenómenos paranormales. Los progenitores eran hermanos de padre. El malditismo fue por un tiempo la seña de identidad de la actual sede de Casa de América

Fachada del Palacio de Linares, en Madrid.
Fachada del Palacio de Linares, en Madrid.CARLOS MIRALLES

Una década antes de que la televisión difundiera las sicofonías descubiertas como parte de la filigrana estética del Palacio de Linares, la presencia espectral más nítida y delirante del lugar fue la del actor y director Luis Escobar, Marqués de las Marismas del Guadalquivir. La culpa fue de una película de gracia infinita, Patrimonio Nacional, de Luis García Berlanga, estrenada en 1980 y donde Escobar hacía de Marqués de Leguineche acompañado por un hijo gastacueros interpretado por el sideral José Luis López Vázquez. El final de la película es memorable, ambos posando con modales de imperio en uno de los salones del palacio a cambio de unas pesetas, en plan fin de raza, para entusiasmo de una bandada de turistas japoneses.

España levantaba el malecón de la democracia y el Palacio de Linares, frente a la fuente de la diosa Cibeles, era un viejo caserón sombrío, altivo y proustiano del que se había olvidado su porqué y su historia. Lo mandó construir el joven Marqués de Linares en 1877, al regresar a Madrid después de un tiempo breve en Londres, a donde llegó obligado por su padre tras confesarle que se había enamorado de la hija de la estanquera de la calle Hortaleza. El inconveniente no era por rencor de clase, sino algo más desquiciado. Al poco de casarse con Raimunda de Osorio y Ortega, el joven encontró entre los papeles del difunto una carta en la que le confesaba el motivo de su oposición al matrimonio: también era el padre de la hija de la estanquera. Los amantes eran hermanos. La noticia volteó sus cabezas por dentro. Recurrieron al Papa León XIII para exponerle el caso y éste dictó en auxilio de los pimpollos una bula papal que tituló Casti convivere (vivir juntos, pero en castidad).

José de Murga y Reolid encargó entonces un palacio adaptado a la castidad prometida. Para él la primera planta y los semisótanos. Para ella la planta superior. A diario traían la comida de Lhardy. No escatimó en lujo. Frescos de los pintores Francisco Pradilla, Manuel Domínguez y Alejandro Ferrant en los techos. Mármol de Carrara para las escaleras. Mosaico y maderas nobles en el suelo. Seda en las paredes. Bronce para los candelabros. Alfombras de nudo español de la Real Fábrica de Tapices. Pero la abstinencia no funcionó y los jóvenes marqueses rompieron el tabú hasta que ella quedó embarazada. Del furor secreto nació Raimundita. En los primeros meses vivieron aterrados por si el incesto consumado desbordaba la buena reputación del apellido hasta que la niña, poco después de cumplir tres años, apareció una mañana asfixiada. La leyenda negra de Linares echó a rodar. Los jóvenes hermanos no lo soportaron y salieron al galope del palacio.

Nadie volvió a habitar en el caserón. Lo heredó una ahijada. El edificio resistió los bombardeos de la Guerra Civil. La propietaria lo vendió y fue sede de Transmediterránea y de la Confederación de Cajas de Ahorros. El último propietario particular fue el empresario Emiliano Revilla, su emporio fue el chorizo. (Un alimento que mató por ingesta compulsiva al pintor José Gutiérrez-Solana). En los 90, tras varias décadas de abandono, el Estado (a través del Ministerio de Asuntos Exteriores) adquirió el palacio y éste se reconfiguró como sede de Casa de América. Fue entonces cuando un grupo de expertos en asuntos paranormales detectaron unas presencias, una voz párvula, gritos. Frases inconexas registradas como un eco de cristales cayendo con ese pudin glacial de los sonidos de ultratumba... "¡Fuera, no... aquí no!", "Mamá... yo no tengo mamá" o "Mi hija Raimunda... nunca oyó decir mamá". La revista Tiempo dio la exclusiva y despachó algunos cientos de miles de ejemplares en un negocio perfecto aprovechando el tirón de estos enredos. He escuchado con atención las grabaciones y es verdad que una leve inquietud gotea, pues el rumor agudo, mantecoso, de Raimundita se adhiere al tímpano.

Recreación de los sucesos paranormales en el palacio.
Recreación de los sucesos paranormales en el palacio.ROBERTO CÁRDENAS

El morbo se extendió y Linares pasó a ser el edificio mejor embrujado de Madrid. Algunos guardias de seguridad que patrullaban por dentro en el turno de noche dejaron el oficio con las córneas desorbitadas y fueron a contarlo en las televisiones. Juraban haber escuchado los lamentos gélidos de Raimundita en la biblioteca, el fumoir, la sala de billar, el salón de música, el comedor de diario, la oficina, el dormitorio, el baño, el boudoir Luis XVI de la marquesa y el dormitorio del marqués. Raimundita no daba tregua. Aparecieron también unas fotografías de la niña, peinada al tirabuzón y con una muñeca de porcelana que bien podría ser motivo de una sesión de espiritismo. El tema fue uno de los encurtidos mediáticos de 1991/2. Grupos de expertos en fenómenos paranormales hicieron mediciones de campos electromagnéticos, análisis radiestésicos, barridos fotográficos... Algo encontraron, al parecer. Globos de luz verdosa en algunos espacios a oscuras. El espacio de mayor fenomenología fue el entresuelo, donde los expertos detectaron una zona de densa energía que se manifestaba con cierta grandilocuencia.

El farragoso despliegue informativo dio paso a congregaciones variopintas de ciudadanos abducidos por el caso de los marqueses de Linares. El jardín se convirtió en lugar de peregrinación para los fans del irracionalismo espiritista y junto a las grabadoras y las linternas, quedó también un rastro de litronas vacías, colillas, paquetes de tabaco y otros aparejos de pasar la noche en vela a la caza de psicofonías o en el avistamiento de fantasmas que gimen a la luna. Aquello parecía la tumba de Jim Morrison en el cementerio de Père-Lachaise. La voz de Raimundita, con su querella triste de ectoplasma, alcanzó cotas de popularidad pavorosas. Los parapsicólogos aprovecharon el tirón. El trasfondo de estas cuestiones suele ser siempre económico.

El tremendismo metafísico que abundó alrededor de la figura catacumbal de la niña muerta se fue diluyendo. Nadie sabe aún en qué consisten con exactitud estas manías fonéticas. Pero por unos años, el lujoso Palacio de Linares fue la cisterna, el antro, la sima de una expectación gigante por lo sobrenatural, donde la vida fermenta con tal fuerza que existe la tentación de confiar en el más allá concretado en la pobre Raimundita. Sea verdad o no lo sea.

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