CRÓNICA
Elecciones vascas
En la Ría de Bilbao

Iturgaiz vuelve a coger el timón: "Casado me dijo: Tengo que pedirte un favor"

En los años 90 resumió el terrorismo con la frase: "A los del PP nos matan como a gorriones". Y esta semana, tras la destitución de Alonso, se ha convertido en la sorpresa vasca. Con él cruzamos la Ría de Bilbao, bajo la lluvia que también empapa a su partido. Ya apenas toca el acordeón, pero en Bruselas aprendió violín. El domingo se quedó sin ir a misa: la llamada del líder se lo impidió

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El ex presidente del PP vasco, ex candidato a lehendakari, ex diputado europeo, ex... escuchó el teléfono sonar mientras se enfundaba rápidamente un jersey gris en su dormitorio. Faltaba apenas un cuarto de hora para llegar a la misa de las siete. Era domingo 23. Miró de reojo el aparato y extrañado le dijo a su mujer: «Es Pablo». «Carlos, ¿qué tal estás? Tengo que pedirte un favor. El favor es que seas candidato a lehendakari porque la dirección nacional ha decidido que no lo sea Alfonso Alonso».

Hacía casi un año que Carlos Iturgaiz había recibido la última llamada del líder de su partido, Pablo Casado. Pero esa vez fue para decirle que lo relegaba al puesto 17 de las listas europeas y que, por tanto, tenía nulas posibilidades de salir elegido. Iturgaiz respondió decepcionado. Dejaba la política. Pero añadió: «Mira, presidente. Voy a estar en mi casa y, cuando me necesites y donde me necesites, me tendrás a tu disposición».

Así que Casado había cogido esa disposición y, tras zanjar la lucha que tenía con Alfonso Alonso por su pretensión de autonomía respecto a la dirección nacional, por sus discrepantes apuestas estratégicas y por su resistencia a la coalición con Ciudadanos en territorio vasco, llamó a Iturgaiz sin mayor turbación. A 40 días de la convocatoria electoral. «Un tiro en el pie», según destacados militantes. Una situación complicada, en cualquier caso.

El político vasco tardó tres segundos en hacerse una composición de lugar -fugazmente pensó: «La que se tiene que haber montado para...¡menuda responsabilidad!»- y en responder que sí. Bueno, en realidad dijo: «Lo tomo como un honor y te voy a ayudar en todo lo que pueda».

No puso ni una sola condición. Ni preguntó si había sido la primera opción. Esa tarde ya no fue a misa, aunque según las encuestas necesitará una intervención divina para remontar una caída en picado de su partido, que tiene nueve representantes en el Parlamento vasco, muy lejos de los 19 que consiguió en las elecciones de 2001, con él como presidente y Jaime Mayor Oreja como candidato. En unas circunstancias muy distintas.

Desde que trascendió la noticia hasta el pasado miércoles, día de la cita con Crónica, Carlos Iturgaiz estuvo tan solicitado que le quedaban 300 whatsapps por responder. Había hablado repetidamente con el llamado sector aznarista, discrepante con la línea anodina o continuista con Zapatero que, a su parecer, estableció Mariano Rajoy respecto a ETA. Es decir, había hablado con Mayor Oreja, con María San Gil -defenestrada por el ex presidente y que se ha comprometido a participar en su campaña electoral-; también con Alfonso Alonso y con los dos únicos militantes veteranos, ambos alaveses, que le han dicho que no debería haber aceptado porque las formas empleadas por la dirección del partido no tienen un pase. Es lo que tiene heredar una formación «abierta en canal», según definición de uno de sus militantes, que lleva mucho tiempo con dos almas en pugna.

«A mí también me hubiera gustado ser candidato de otra manera», desliza Iturgaiz, «pero yo soy muy del PP y conozco el partido, y sé que el partido podía entrar en una crisis tremenda en toda España si aquí había un vacío y se entraba en un momento de inestabilidad. Con cualquier candidato hubiera sido difícil. Esta ha sido una decisión personal para evitar un cisma». Ese fue el argumento que dio a quienes llamaron para reprenderle y que pareció tranquilizarlos. Después vendrían las entrevistas y subiría el pan.

En especial cuando dijo: «La colaboración con Vox es muy buena, podría darse en otras partes de España. Ambos partidos están muy cerca». Después de estas declaraciones, la dirección nacional recomendó al candidato que se olvidase de Vox y algunos populares vascos se apresuraron a precisar airados que ellos no querían saber nada del partido de Santiago Abascal. Pero éste aprovechó y le soltó la primera en el cielo del paladar: «Lo único malo de Carlos Iturgaiz es que es del PP». Zasca. Sin embargo, él parece tener la piel gruesa como la de un cocodrilo -al móvil todo eran problemas abordados con parsimonia- y buen encaje. «Ja, ¿eso ha dicho?». Le hizo gracia. Debió de pensar que quedaba mucha campaña por delante.

Es miércoles por la mañana. Un gris luminoso hace resplandecer la Ría de Bilbao pese a la lluvia. Carlos Iturgaiz se pone a las órdenes del fotógrafo y sube al gasolino, la barcaza que comunica Las Arenas con la margen izquierda. Adquirirá más de un riesgo en el borde de la cubierta a una hora de marea traviesa. Posará llevando el timón, consciente de la metáfora fácil. Hay poca gente. Una joven que no le conoce y otro viajero menos joven que no piensa votarle. Acabada la sesión, camina tranquilamente hacia una cafetería para desayunar una taza de Cola-Cao y un pincho de tortilla. Sin amenazas, ni escoltas, ni insultos.

Iturgaiz señala, desde su asiento, las cuatro casas de la zona en la que tuvo que vivir, de alquiler, su familia. Porque ETA las localizaba y había que cambiar rápido de domicilio. Hasta que su mujer -una licenciada en Exactas que trabaja en la UPV, «muy ama vasca» y que es «lo mejor que tengo»- se hartó de que los dos hijos no tuviesen un sitio donde permanecer tranquilos. Cuando el candidato dejó la primera línea para marcharse a Bruselas, lo primero que hizo fue comprarse un coche y una casa para conducir y vivir en libertad, sin las restricciones a las que estaba obligado por las amenazas de ETA. Pudo, por fin, adquirir rutinas.

Durante 15 años participó en comisiones interesantes, añadió el aprendizaje de francés al inglés que ya hablaba, y recuperó su pasión musical secreta que no, no es el acordeón -instrumento del que es profesor-, sino el violín. La solista inglesa de la orquesta de Lille, profesora también, le dio clases «en los tiempos muertos» del Parlamento para que pudiera acceder al sueño que de joven tuvo que abandonar.

Desde Bruselas asistió como observador a los procesos electorales de varios países sudamericanos, incluido el de Venezuela. Hoy recuerda cómo, tras decir lo que pensaba, fue detenido durante tres horas y fue adoctrinado con el catecismo chavista por un propio que, tras su perorata laudatoria del presidente caribeño, resumió: «Por aquí no queremos a hijos de puta como tú». Y recuerda también, muy vivamente, la tristeza que le produjo el terremoto de Haití. Al candidato le gustó Bruselas y por eso le costó dejarla, «porque pensaba que estaba haciendo un buen trabajo». Pero no perdió de vista el País Vasco, al que regresaba los fines de semana. Así pues, le parece injusto y falso que se diga que las suyas son posturas de hace 20 años, cuando ETA mataba. «No mata pero sigue sin dejarnos vivir en paz», dice.

En el metro, un señor le da la enhorabuena, un par de jóvenes no le conocen y un grupo de hombres de más de 40 años aluden a él con desaprobación: «Claro que conozco a Iturgaiz. ¡No le voy a conocer...!». Votarán al PNV. Nadie le mira, a nadie llama la atención. Pero el mero hecho de que pueda ir tranquilamente en el suburbano sin ser, al menos, interpelado agresivamente era algo impensable no hace tanto tiempo. Le pregunto por otra de sus expresiones controvertidas.

-Llamar fascio-comunistas a los socios del presidente Sánchez no contribuye a la falta de crispación...

-Ellos nos llaman de todo y yo no puedo calificarlos. Nos han dicho falangistas, fascistas, ultras, por no seguir con exabruptos mayores, y ahora se molestan los señoritos. ¡Pero si el comunismo es el mayor fascismo que hay en este continente, ha ocasionado más de un millón de muertos...!

Al llegar a la sede, llama la atención que ya no hay mamparas de protección. En eso los populares vascos están más relajados pero las pocas personas que se encuentran en esas instalaciones antiguas y poco iluminadas no pueden ocultar la tristeza y la preocupación por los cambios en el partido. Aunque haya división de opiniones. «Pasará tiempo antes de que tengamos uno igual que Alfonso», señala uno de los empleados. «Es posible, pero yo era más de la línea de Carlos y de María, y tuve que conformarme con el cambio de estrategia de Rajoy», dice otro.

«Lo que pasa es que Carlos tiene autoridad. Él nos protegió, nos llevó en los tiempos más duros, cuando nos mataban como conejos», convienen los presentes. «Es que aquí había un ejército de 300 tíos que por 100 euros al mes te representaban en los ayuntamientos para defender la democracia, sabiendo que los iban a matar. Y no te lo va a contar pero, cuando murió su padre, los etarras amenazaron con una bomba en la iglesia; todo el mundo abandonó el templo y él se quedó allí velando el cuerpo...». Iturgaiz hizo célebre una frase sobre los populares vascos: «Nos matan como a gorriones».

De modo que en la sede de Bilbao están dolidos por el modo en que la dirección nacional ha gestionado la crisis pero, según dicen, «hemos hecho juntos la guerra», y por eso aguantan, están dispuestos a seguir batallando y consideran que «para tapar el boquete no hay otro mejor» que Iturgaiz. También es cierto que, por si acaso, como las heridas están bien abiertas, las reuniones se han dejado para el viernes -los dirigentes provinciales con Casado- o para la próxima semana.

El candidato es entrevistado en Onda Cero. Los periodistas le reciben como a un viejo y entrañable conocido. Iturgaiz aprovecha para devolvérsela a Abascal y precisar su declaraciones anteriores, por si algún votante popular perdido en el práctico y clientelar mundo del nacionalismo quisiera reflexionar. «Vox está permitiendo que los presidentes del PP estén solucionando los problemas reales de madrileños, andaluces y murcianos pero es un partido rival que tiene conceptos diferentes sobre la política europea, la autonómica, la foral, la financiera, sobre las mujeres...», dice.

Iturgaiz, también en conversación con Crónica, defiende que está haciendo «historia» al encabezar la primera coalición del PP y Ciudadanos, y deja ver su estrategia. Busca los votos perdidos por su partido en Vox apelando al voto útil y asegurando que él es «un defensor a ultranza de la unidad de España, de la Constitución y de las libertades» y que ese es el hueco en el que el PP «está solo y del que nunca se ha movido»; pide el voto de los socialistas porque estos se han ido al «lado oscuro» y se han aliado con «los malos»; y el de los nacionalistas porque el PP es garantía de estabilidad lejos de sus ambiciones independentistas.

Dejará bien claro que para él la independencia a la que aspiraba Alonso respecto a la dirección no tiene sentido. Por cierto, que estaría encantado de asignar a Alonso -«un referente»-, un cargo de responsabilidad, si él quisiera, si asumiera «unas líneas». Todavía tiene que hacer un esfuerzo para incluir la palabra Ciudadanos en el discurso. Todo es demasiado reciente. «Muy intenso».

-Entre los suyos -le pregunto en un pasillo-, los hay que se darían con un canto en los dientes si consigue 5 escaños para un grupo parlamentario.

-Derrotistas. (Bromea). Vamos a tener un resultado muy aceptable. [«Mantener los nueve es bueno», acaba de decir en la radio].

Hago notar que El PNV y el PSE ya están aprovechando su terminología para advertir de que viene la derecha dura. «Lo duro es no poder defender a España sin que te descalifiquen o te agredan o te hagan la vida imposible», responde.

Al salir de la emisora, el candidato está a punto de tropezarse con Jone Goirizelaia, concejal por EH Bildu, defensora de etarras y ex dirigente de la izquierda abertzale, que acude a una tertulia de políticos en la radio. «No la habría saludado», asegura torpedeando cualquier posibilidad de apuntarse a la tesis en boga sobre la necesidad de reconciliarse.

«Es que a mí la cicatriz me sigue supurando. ¿Cómo se me van a olvidar esas llamadas de madrugada y tener que salir a ver el cadáver de un compañero destrozado? Eso nunca lo perdonaré ni lo olvidaré. El respeto ha de ser para las víctimas, no para los verdugos. Aquí se sigue intentando la teoría del interruptor; que, al apagarlo, desaparezcan aquellos años y pelillos a la mar. Y eso no lo voy a permitir de ninguna manera», defiende. Está convencido de que el fallo mayor del Estado -cuando éste no estuvo a la altura- fue legalizar a la izquierda abertzale y, efectivamente, hombre de partido, sostiene que el presidente Rajoy hizo lo que pudo en ese ámbito.

Iturgaiz aprovecha cualquier rato perdido y, antes de una reunión, pasa a cortarse el pelo por el local del que es su peluquero desde hace 20 años. Le pregunta por su perro, por su madre, por los achaques de la vejez, por el empleado peruano que tenía... Después, comerá unos pintxos informales en un restaurante próximo con los miembros de su equipo mientras menciona un acto de precampaña en Irún o pregunta por el voto por correo. Es muy cercano y le gusta llamar a la gente "cariño". Un chaval joven le pide una autofoto. Es un artista al órgano y el candidato toma nota del día del concierto y le promete que irá a verle. Ante los suspicaces, recuerda: «El chico no vota en el País Vasco».

-Dadas sus críticas al PNV, ¿cómo veía desde Bruselas que su partido apoyara al Gobierno vasco en los presupuestos?

-Yo lo entendí como que se pretendía que los nacionalistas se bajaran del monte. Y el PNV apoyaba al Gobierno de Mariano Rajoy.

-Entonces la gente puede entender que estarán contra el PNV hasta que Casado los necesite.

-La gente puede pensarlo pero es política ficción, y los nacionalistas, ahora, con la decisión que han tomado y con sus compañeros de viaje, no es que estén en el monte, están en la cima del Himalaya.

En un territorio en el que la gente joven no sabe ni lo que fue ETA y la gente mayor quiere olvidar; en un territorio en el que ni cuando los mataban les dieron una oportunidad, Iturgaiz basa sus esperanzas en la base social que ha permanecido fiel a pesar de todo y en la que puede estar harta de los intentos de ruptura del nacionalismo. Si esto tampoco funciona, se pondrá «a disposición del partido». Mientras el PP nacional calibra cuál es su línea definitiva, Iturgaiz ha vuelto, /strong>aunque todavía no sabe si para pilotar la Reina de África o el Titanic.

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