Llegamos a la casa tras superar el control policial y, como en ocasiones anteriores, los agentes nos dicen: "Tienen una hora para sacar lo que puedan". Pero Fali, que nos ha traído en su desvencijada camioneta Toyota verde a La Laguna, en la zona de exclusión, para ayudarle, necesita más. Mucho más. "Mil horas necesitaría", lamenta.
Entonces abre la puerta y lo que parecía un chalecito normal de la zona, con un piso superior, construido todo un poco a trozos, se revela como todo un santuario loco: como si metiera usted todo el Rastro de Madrid (de acuerdo, no todo pero SÍ gran parte) en una vivienda de no más de 100 metros cuadrados, y quedara todo ahí apelotonado con calzador.
En esta habitación está su colección de "3.000 latas", desde viejos recipientes de pimentón a extrañas latas de cerveza, todo expuesto como en una pinacoteca, con unos focos LED que Fali ha dispuesto cuidadosa y casi museísticamente.
En otra, decenas, centenares, miles de programas de fiestas patronales de la isla y del resto de Canarias. En el primer piso, casi enterrada bajo todo tipo de objetos, estos periodistas descubren una furgoneta ahí aparcada, llena de enormes peluches del tamaño de personas.
Nos vemos obligados a repetirlo: en el primer piso, a tres metros del suelo, hay una furgoneta. Dentro de una habitación. Fali, ¿cómo demonios has subido esto hasta aquí? "Jejeje... Con unos polvitos mágicos", se ríe mientras carga en la Toyota, sin duda otra reliquia, álbumes y más álbumes de fotos viejas en las que aparecen personas para él completamente desconocidas.
La lava va cercando cada vez más La Laguna, algo difícilmente pensable hace apenas dos semanas. Ayer ya se encontraba a apenas 20 metros de la vida de Rafael Saucedo Pérez, 56 años, que viene a ser -como casi todos, ojo- el hombre que lo hace todo en este pueblo.
Fali es electricista, albañil, "paredista", algo de agricultura ha hecho. Trabajo para el Ayuntamiento "en los huertos escolares". Otro rato, también para el Consistorio, en el cementerio municipal. Fali no lo sabe, pero es como un personaje borgiano empeñado en que el tiempo nunca pase, o mejor dicho en acoger y aprisionar al tiempo, encarnado en todos y cada uno de sus objetos, dentro de su casa.
"Yo lo recojo todo, todo. La gente lo sabe y por eso me lo trae todo, y yo todo lo cojo... Tendré 50.000 objetos ahí. Ayer vino un anticuario que me dijo que aquí tengo muchos miles de euros en cosas, muchos. Él lo trasladó todo hace poco a una casa que tenía cerca de donde luego salió el volcán y lo ha perdido todo", repite mientras su único hijo, Airam carga la camioneta, que ya empieza a petarse. "Ya me han llamado de varios pueblos para decirme que si se me queman sus programas me mandan otros".
Ese todo-todo-todo está ahora en serio peligro por mor del volcán Cabeza de Vaca. Los primeros días de erupción, cuando la lava arrasó Todoque, que llegara a La Laguna parecía quimérico. "Pero como el jodío este sigue y sigue y sigue, viene a comerse mis cosas, viene y viene". Uno de los dedos de lava, esos ríos negros de a veces 20 metros de altura que han ido enraizando en La Palma, mira ahora de frente a la casa de Fali, en la calle Carretera de La Laguna a Tazacorte.
Saucedo tiene que llevarse todo esto a otro sitio. Es decir, tiene que trasladar lo que es el trasunto físico de toda su vida, desde aquí a, por el momento, un polideportivo público de Los Llanos. Es decir: un imposible. "Ponlo ahí, la gente en Los Llanos no me quiere alquilar bajos comerciales, no sé por qué... Me piden dinerales, yo no puedo pagar eso".
Uno se imagina a cualquier familia apilando varias maletas con ropa en el polideportivo de Los Llanos, y de pronto a Fali llegar con algo así como el Rastro en versión portátil.
En su condición de gran acumulador, Saucedo se puso hace muchos años a hacerle fotos a todas las casas y todas las familias del pueblo. Ya puestos, debió de pensar, voy a pedirles fotos de sus vidas y las guardo también. La cosa devino en una enorme exposición con fotos de todas las familias y casas de La Laguna, y en un libro que editaron entre él y un amigo -"el Ayuntamiento nos dio los expositores pero no puso un duro para el libro"-, que se publicó en mayo de 1998 bajo el título de La Laguna en el recuerdo, y cuya tirada "se agotó".
Así que Fali es también, desde este punto de vista, una especie de cronista oficioso de La Laguna, y tampoco extraña porque gran parte de las casas de esta parte del barrio pertenecen a su familia: "Aquí nos hemos casado mucho primos con primos", dice por toda explicación.
Y se embarca, marcha atrás, en una prospección de su genealogía: "Todo esto que ves aquí, desde ahí arriba hasta la montañita de abajo [la Montaña de La Laguna, a un kilómetro de aquí y desde cuya cumbre se mueven los drones cuyas imágenes ve usted en el Telediario], era propiedad de mi tatarabuela, Bibiana".
Ya habíamos escuchado esta historia. Bibiana se emparejó con el terrateniente de esta parte del valle, que no se casó con ella, pero le dejó mucha tierra, que ella repartió entre sus descendientes. "Luego estuvo mi abuelo, al que todo el mundo llamaba Manuel el de la Burra. Tuvo mala suerte. Cayó, se chocó con una piedra y se mató".
Fali heredó esta casa de su madre en 1981, y desde entonces empezó a guardar en ella todo el tiempo posible. Pasado o futuro. Ahora, el volcán puede calcinar completamente esta suerte de tierna Arcadia rural canaria.
Fali en realidad quisiera volver una y otra vez a la casa de sus abuelos, en el Camino a la Aldea, pero la lava ya se ha enseñoreado en esa zona. "Yo empecé con las latas, no sé, me dio por ahí. Luego me empezaron a dar máquinas de sulfatar, lo que aquí llamamos trafayos. Luego quinqués, luego...". Luego ya no pudo parar. "Al principio ponía un papelito con cada cosa que me daban, para recordar quién me lo había dado". Es decir, las personas, obviamente, quedaban incluidas también en ese pequeño mundo construido por Fali.
Seguimos sacando cosas y más cosas, a cual más loca, de la casa de Fali, pero obviamente la camioneta tiene un límite y hace un buen rato que se sobrepasó. Es entonces cuando el hombre se lleva las manos, una vez más, a la cabeza: "Madre mía, la cartelera del cine, que es lo más valioso que tengo! Como no me lleve eso...".
Sale corriendo de nuevo dentro e inevitablemente nos cuenta la historia: "Es la cartelera entera del cine que había enfrente de mi casa cuando yo era pequeño y vivía en Gran Canaria, el cine Morales. Años después estuve con el dueño, que me decía que me podía llevar incluso el proyector... Me lo hubiera traído, pero dónde meto yo eso aquí, si pesaba varias toneladas...". No dudamos, ni tampoco él, seguro, de que se hubiera apañado
La hora, como la vida, ha pasado volando. Nos montamos en la camioneta de vuelta hacia Los Llanos. Recorremos las calles solitarias de La Laguna, ahora un cementerio de ceniza y vida. "Os dejo en El Paso y vuelvo", se ajusta bien la gorra Fali Saucedo. "Creo que tengo que sacar más cosas de ahí".
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