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Cuatro años que cambiaron el mundo: ¿por qué nadie presionó el botón rojo durante la Guerra Fría?

La historiadora Kristina Spohr analiza en "Después del Muro" el periodo entre 1989 y 1992, cuando de manera pacífica se experimentaron los cambios políticos y económicos más radicales desde la II Guerra Mundial

Un soldado de Alemania Occidental mira a través de un agujero del...
Un soldado de Alemania Occidental mira a través de un agujero del Muro de Berlín.
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El 24 de febrero de 1989, al alba, miles de tanques del Pacto de Varsovia se adentran en Alemania Occidental desde el Báltico. Inicialmente, las fuerzas armadas occidentales logran mantener bajo control al enemigo pese a la oleada de refugiados. El Kremlin recurre entonces al uso de gas venenoso contra Gran Bretaña y en el norte de Alemania.

El 5 de marzo, las fuerzas aliadas comienzan a desmoronarse y la OTAN autoriza por primera vez el uso de armas nucleares tácticas. Los soviéticos, por su parte, intensifican sus ataques, y el 9 de marzo la OTAN inicia una segunda ofensiva nuclear, esta vez más masiva, con 25 bombas y misiles atómicos, un tercio de los cuales son lanzados desde Alemania Occidental.

Los líderes soviéticos deciden también hacer uso de su armamento nuclear. Una tormenta atómica engulle buena parte de Alemania Occidental y Oriental. Los muertos se cuentan por cientos de miles. La radiación se propaga por toda Polonia, Checoslovaquia, Hungría...

Esto, obviamente, no llegó a ocurrir. Pero podría haber sucedido. De hecho, ese era el escenario que en 1989 preveía Wintex, unos ejercicios de simulación militar creados por la OTAN durante la Guerra Fría con el objetivo de que sus miembros estuvieran preparados para actuar en caso de un incremento de la tensión internacional o de que alguien apretara el maldito botón rojo.

Nada de eso ocurrió. Durante más de 40 años el mundo vivió aterrado por la Guerra Fría, por la escalada armamentística desatada entre Estados Unidos y la Unión Soviética y por la posibilidad de que se desencadenara una guerra nuclear de destrucción total. Se construyeron miles y miles de refugios nucleares, especialmente en EEUU y en muchos países de Europa Occidental. La amenaza de una III Guerra Mundial estaba siempre ahí.

Pero para sorpresa de todos, incluidos los propios líderes políticos del momento, la Guerra Fría llegó a su fin entre 1989 y 1991. Y además acabó de forma pacífica. Nunca un conflicto tan prolongado (y con frecuencia muy áspero) entre dos grandes potencias había concluido de un modo tan sosegado.

La historiadora e investigadora alemana-finlandesa Kristina Spohr, profesora de Asuntos Globales en la London School of Economics, ha analizado con detalle y rigor el periodo entre 1989 a 1992, cuando un duradero y aparentemente estable orden mundial colapsó y, de sus ruinas, surgió uno nuevo. En esos años el mundo experimentó los cambios políticos y económicos más radicales desde la II Guerra Mundial.

Durante 12 años Spohr ha estado recopilando material sobre ese periodo, examinando numerosos documentos recientemente desclasificados en archivos de Reino Unido, Alemania, Francia, Rusia y Estados Unidos, entre otros. Y, con todo ese material, ha dedicado tres años a escribir una obra monumental. Lleva por título Después del Muro, la reconstrucción del mundo tras 1989 (Taurus) y, a lo largo de sus casi 900 páginas, analiza con meticulosidad, con numerosos detalles y anécdotas, un periodo que no sólo transformó completamente el mapa de Europa y estableció un nuevo orden mundial sino que sembró las simientes de algunos conflictos actuales, como por ejemplo el Brexit, el auge del populismo en países como Hungría o la crisis de los inmigrantes que ha sacudido recientemente a Europa.

"La Guerra Fría terminó de repente. Nadie esperaba en ese momento que fuese a acabar. A todos los líderes les pilló por sorpresa", asegura Kristina Spohr al otro lado del teléfono. Tan de sorpresa que cuando cayó el Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989 el canciller alemán, Helmut Kohl, ni siquiera se encontraba en Alemania, estaba en Polonia.

Pero, a pesar de que todo ocurrió de improviso, lo que en opinión de Spohr explica que la Guerra Fría llegara a su fin de manera pacífica fue un proceso de cooperación internacional y de determinación y creatividad diplomática comandado por algunos líderes clave como Mijaíl Gorbachov, entonces jefe de Estado de la URRS, y el en aquellos tiempos presidente de Estados Unidos, George H. W. Bush (Bush padre, para entendernos). Y también fue decisiva la participación del canciller alemán Helmut Kohl, así como la del presidente francés François Mitterrand y la primera ministra británica Margaret Thatcher.

"Creo que uno de los principales agentes de cambio fue la llegaba de Gorbachov, quien desde mediados de los años 80 mantuvo una posición conciliadora y empezó a negociar con Ronald Reagan. En 1988 ya se había producido una reducción de la tensión", explica la autora de Después del Muro.

El comunismo se desmoronó apaciblemente en Europa y Rusia pero no sucedió lo mismo en Asia

Gorbachov deseaba reformar la URSS, reinventar el comunismo y el bloque soviético en su conjunto para que compitiera de manera pacífica con el bloque occidental. Pero también abolió la llamada "doctrina Brézhnev", lo que significaba que la URSS no intervendría militarmente si un estado aliado se veía sacudido por fuerzas hostiles al socialismo y tomaba el camino hacia el capitalismo y la democracia liberal. Y, al desaparecer ese miedo a los tanques soviéticos, la gente en Polonia, Hungría o Checoslovaquia empezó a levantarse contra sus respectivos regímenes, avivando además sus respectivos sentimientos nacionalistas.

Occidente tembló ante la perspectiva de que las protestas en la calle pudieran desembocar en violencia por parte de los regímenes del este. Había que tratar de estabilizar la situación como fuera. "George H. W. Bush se dio cuenta de que había que hacer algo en términos de política internacional, de que tenía que hablar con Gorbachov para conseguir mantener la paz", revela Spohr. "Y también entendió que no debía humillarle".

La imagen de George H. W. Bush que ha quedado en general le pinta como un líder menor. De hecho, no consiguió un segundo mandato. Pero Spohr le muestra bajo una nueva luz respecto a su política internacional. "Era un republicano moderado que para reducir el enorme déficit presupuestario que los gastos en defensa de Ronald Reagan habían generado incluso subió los impuestos, a pesar de que durante la campaña electoral prometió que no lo haría, y eso fue lo que le sentenció", sostiene. "Así que a pesar de sus grandes éxitos en política exterior y su trabajo constructivo en materia de comercio mundial, incluyendo por ejemplo la creación del NAFTA (El Tratado de Libre Comercio de América del Norte), el ala más conservadora del partido republicano le dio la espalda y no fue reelegido en 1992".

Fueron decisivas las actuaciones del canciller Khol, del francés Miterrand y de la primera ministra Thatcher

Pero aunque en Europa y en Rusia el comunismo se desmoronó de manera bastante apacible, en Asia no fue así. El mismo día que Polonia celebraba sus primeras elecciones libres, en China los estudiantes que protestaban en la calle pidiendo reformas y apertura fueron aplastados por tanques. El régimen de Deng Xiaoping, en contraste con lo ocurrido en los países comunistas en Europa, reprimió con dureza y ferocidad a los manifestantes de la Plaza de Tiananmen, donde se estima que mató a entre 200 y 500 civiles.

Spohr insiste en que la reconfiguración de Europa que tuvo lugar tras la Guerra Fría debe entenderse en un contexto global. En ese sentido, el régimen chino había visto lo que había ocurrido en la URSS con Gorbachov y no quería que le ocurriera lo mismo. "Y por eso reaccionó con brutalidad ante las protestas. A partir de ahí, decidió llevar a cabo gradualmente reformas económicas pero no políticas, y reprimir asimismo cualquier chispazo nacionalista que pudiera surgir", subraya la historiadora.

"No nos importa lo que digan los demás de nosotros. Lo único que verdaderamente nos importa es un buen entorno para desarrollarnos. Nos basta con que la historia acabe demostrando la superioridad del sistema socialista chino", proclamó Deng Xiaoping ese mismo año de 1989.

George H. W. Bush pensaba que las reformas económicas en China inevitablemente darían paso a reformas también políticas. Y lo mismo pensaron sus sucesores en la Casa Blanca Bill Clinton y Barack Obama. Pero se equivocaron, no ha sido así.

Con Rusia pasó un poco lo mismo. Todos los esfuerzos por instaurar una democracia en Rusia, incluyendo hacerla parte del G-7, a mediados de los 90 ya empezaron a descarrilar con Yeltsin. Además, todos los países del este de Europa empezaron a querer unirse a la OTAN, y Rusia se sintió humillada. "Eso explica en gran medida la llegada de Putin, con su mensaje de que había que regresar a una Rusia fuerte, a los auténticos valores rusos", revela Spohr. "Rusia desde entonces empezó así desafiar a Estados Unidos, como hace China". ¿Cómo? A través de ciberguerras, usando las redes sociales para tratar de dividir a la gente de los países democráticos.

Mitterrand incluso quería que la Unión Europea incluyera a Rusia. "Pero a nadie le convencía la idea, si tienes un club europeo y Rusia forma parte de él se genera inmediatamente una asimetría de poderes, simplemente Rusia es demasiado grande", sentencia la autora de "Después del Muro".

Hasta la reunificación de Alemania fue muy, muy controvertida. En principio, sólo España e Irlanda la apoyaban. "Los franceses, por supuesto, tenían miedo histórico de Alemania. Y Thatcher también tenía grandes reservas ante una Alemania reunificada".

Pero se hizo. Como tantas cosas en esos cuatro años, de 1989 a 1992, que tres décadas después aún tienen un amplio reflejo en mucha de la actualidad política mundial.

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