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Crisis

La pregunta más importante para el futuro de la humanidad: ¿somos buenos antepasados?

El cortoplacismo del mundo de hoy puede condenar a nuestros descendientes a sufrir una crisis climática sin remedio y a ser esclavos de la deuda pública. "Por primera vez una especie puede acabar con el planeta", dice el astrofísico Martin Rees, que aventura que tenemos menos de un siglo para encontrar soluciones para evitar el colapso

Manuscrito de la 'Cronica Girart Roussillon' dedicado a la...
Manuscrito de la 'Cronica Girart Roussillon' dedicado a la construcción de una iglesa francesa en 1448
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A cualquier ser humano que ejerza la paternidad, con mayor o menor nobleza, le martillea la misma pregunta: «¿Soy un buen padre o madre?».

Pero hay un interrogante que va más allá de la devoción entre padres e hijos y que quizá resulte igual de trascendente: «¿Soy un buen antepasado?».

El problema es que nunca sabremos la respuesta. Quienes emitirán el veredicto aún no han nacido, ni sabrán nuestro nombre, ni nuestro equipo de fútbol favorito.

Pero es una reflexión pertinente cuando ya agoniza este 2020. Es el año en el que el coronavirus ha evidenciado nuestra tóxica relación con la naturaleza, en que los efectos del cambio climático se han vuelto más palpables que nunca y en que la deuda pública mundial será la más alta de la historia. De ahí que cada vez haya más indicios de que el juicio de nuestros descendientes no será positivo: es probable que nos señalen como culpables de sus desgracias.

«Nuestros políticos sólo piensan en ciclos cortos y su comprensión del pasado no va más allá de un titular del periódico del día o del último tuit», explica por correo electrónico Roman Krznaric, filósofo australiano que dedica su último libro, The Good Ancestor(El buen antepasado) a esta cuestión. «Los mercados se disparan con cada vez más burbujas especulativas impulsadas por algoritmos, y, como individuos, nuestro mayor interés es coger el móvil y pulsar el botón de comprar ahora de una app. Vivimos en una tiranía que defino como un cortoplacismo patológico. ¿Quién lo sufrirá? Los miles de millones de personas que vivirán en el futuro próximo en un mundo condicionado por nuestras acciones de hoy».

Pero esta epidemia de cortoplacismo tiene una clara vacuna: el pensamiento catedral. Esta idea, que gana cada vez más peso en la filosofía, la ciencia y la política, alude al espíritu de los constructores de las catedrales de la Edad Media. Levantar esos majestuosos edificios exigía de siglos de trabajo. Quien ponía la primera piedra era consciente de nunca vería la última. Su sacrificio era una recompensa que disfrutarían las siguientes generaciones.

«Los humanos del Medievo estaban indefensos ante las inundaciones y las plagas, solían caer en miedos irracionales y gran parte del planeta, para ellos, era terra incognita», dice por email Martin Rees, quizá el astrofísico más prestigioso del mundo. «Aun así, construían catedrales, edificios enormes y gloriososo que aún nos asombran siglos después».

Hoy, los proyectos que proponen los defensores del pensamiento catedral no están construidos con arcos y bóvedas. Consisten en afrontar los problemas de la humanidad con la audacia suficiente para ganarnos el título de buenos antepasados. En resumen, poner piedra sobre piedra para atajar el calentamiento global, evitar que la deuda del Estado ahogue sus políticas públicas y sentar las bases para abordar con más eficacia una nueva pandemia. Y, claro, lograr que nadie decida pulsar no ya el botón de comprar ahora que critica Krznaric, sino el de bombardear ahora de los líderes de las potencias nucleares.

Boceto de Leonardo de la cúpula del Duomo de Milán
Boceto de Leonardo de la cúpula del Duomo de MilánGETTY

La prueba definitiva de que el pensamiento catedral está en decadencia se sienta estos días en nuestras mesas navideñas. «El coronavirus ha hecho que sea más difícil ignorar lo importante que es prestar atención a las advertencias cuando todavía hay tiempo para prevenir una próxima crisis», explica por email Michele Wucker, la analista estadounidense que formuló la célebre metáfora del rinoceronte gris, usada para describir las amenazas que sabemos identificar y que son previsibles, pero que aún así somos incapaces de detener.

El último rinoceronte gris es un virus que ya ha matado a 1.700.000 personas en el mundo y ha provocado el colapso de la economía mundial. Pero los próximos podrían ser aún más letales: Martin Rees sostiene que el destino de nuestra civilización se decidirá -para bien o para mal- en el próximo siglo. «Por primera vez, una especie puede acabar con todo el planeta», afirma. «Hay más en juego que nunca».

Los constructores medievales trabajaban en un entorno en el que las vidas apenas cambiaban de una generación a la otra

Martin Rees, astrofísico

Si es así, ¿por qué los humanos del siglo XXI han olvidado cómo construir catedrales en el momento más necesario? «Los constructores medievales trabajaban en un entorno en el que las vidas apenas cambiaban de una generación a la otra», argumenta Rees. «Sabían que sus descendientes disfrutarían de una catedral terminada».

Hoy vivimos atados a un cronómetro que casi mide el ritmo de vida en nanosegundos gracias a la revolución tecnológica. Nadie sabe si cuando empiece el siglo XXII el cáncer tendrá una cura definitiva, si nos alimentaremos con pastillas o si habrá un puente aéreo Madrid-Marte. «No podemos visualizar el futuro, así que nos resulta más difícil planificarlo», afirma Rees.

Más allá de esa paradoja, ¿quiénes son los culpables de esta debilidad, de una parálisis que ha hecho más vigente que nunca el yo-aquí-ahora?

En primer lugar, quienes nos lideran.

Para explicar la atrofia de una clase política que olvida a sus descendientes lo mejor es contactar con un autoproclamado «apóstol del pensamiento catedral»: el historiador canadienseRick Antonson, uno de los promotores de la candidatura de Vancouver a los Juegos de Invierno en 2010: «Empezamos a trabajar en el proyecto a mediados de 90 y recuerdo que tenía que explicar a muchos políticos y burócratas en qué consistía este concepto, que era vital que sus miras fueran más allá de su mandato. Había que trabajar primero a 15 años vista, un trabajo que culminaría con la celebración de los juegos, pero también ser ambiciosos y preparar una nueva ciudad para el futuro», recuerda.

Por fortuna, aparte de la pedagogía que ejerció Antonson, está también la redención. Jane Davidson, ex ministra en el Gobierno de Gales, impulsó en 2015 una iniciativa legislativa sin precedentes: la Ley por el Bienestar de las Generaciones Futuras. Se trata de un marco legal para luchar contra el cambio climático, la defensa de la biodiversidad y la cohesión ciudadana. «Vamos lentos, pero seguros», dice. «Esta ley está cambiando la forma de actuar de los organismos públicos. Y, lo que es más importante, su cumplimiento va a garantizarse gracias a los tribunales».

Esta figura del comisario de las generaciones futuras creada en Gales va a imitarse en todos los territorios de Reino Unido.

Davidson cree que su generación está en deuda y que esa deuda hay que pagarla ya: «Pertenezco al baby boom, nosotros y la siguiente generación no le hemos dejado un mundo mejor a los que vienen, algo que sí hicieron nuestros padres, que les tocó la Segunda Guerra Mundial y se sacrificaron mucho para darnos un mundo más pacífico y próspero». Y añade a modo de mea culpa: «Nuestros hijos serán más pobres que nosotros y es intolerable que una generación reduzca activamente las posibilidades de la siguiente».

Nuestros hijos serán más pobres que nosotros y eso es intolerable

Jane Davidson, política galesa

La iniciativa inspiradora de esta catedral galesa no es la única. En Japón, la política municipal vive una revolución gracias al movimiento Diseño de futuro, una asamblea en la que los vecinos debaten sobre la mejora de sus ciudades y pueblos. Se basa en un planteamiento extraordinariamente original: la mitad de la asamblea la forman ciudadanos del año 2020, que exponen sus necesidades concretas, mientras que la otra mitad debe interpretar un papel: el de los descendientes de los primeros, actúan como habitantes que vienen del futuro, concretamente del año 2060. Visten incluso una toga que los diferencia. Varios analistas han apuntado que los representantes del mañana nipón defienden iniciativas mucho más prometedoras tanto en planificación urbanística como en políticas sanitarias y medioambientales que los que únicamente piensan en el presente.

Estas ideas son raras en el mundo de la política, que en las democracias vive condicionada por las elecciones. Sin embargo, los gobernantes no son los únicos culpables de esta situación. La forma en que los mercados y las empresas encaran el presente tampoco ayuda. Para entender su falta de visión de futuro, Michele Wucker aporta estos datos procedentes de EEUU, la gran superpotencia que debería liderar el pensamiento catedral y no lo hace.

En la economía real se ve que las empresas no quieren invertir a largo plazo

Michele Wucker, analista especializada en crisis futuras

En 1958, las compañías que cotizaban en bolsa tenían una edad media de 61 años, ahora no llegan a los 18 años. No sólo eso. Los inversores de los años 50 mantenían sus acciones una media de ocho años, hoy su paciencia no llega ni a los cinco meses.

Si a la velocidad de nuestro mundo le añadimos la incertidumbre del año Covid, nuestro legado está aún más en cuarentena. «En la economía real se ve que las empresas no quieren invertir a largo plazo ya que prefieren recomprar sus acciones, mientras los bancos centrales inyectan dinero en los mercados financieros. Esto no puede durar para siempre», vaticina Wucker.

En ese aspecto, ya se ha manifestado el inversor Warren Buffett, uno de los hombres más ricos del mundo y que, a sus 90 años, ha sido testigo de excepción de la transformación de la mentalidad económica. «No puedes producir un bebé en un mes dejando embarazadas a nueve mujeres», es su ingeniosa crítica a la deriva cortoplacista.

Con la política y la economía indiferentes al problema, los expertos consultados advierten que no sólo hacen falta muchas más catedrales sino también restaurar las que tenemos en pie. Garantizar su permanencia.

Eso ha hecho el gobierno noruego, artífice del Banco Mundial de Semillas de Svalbard, construido en 2008 a 1.300 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico. Hace tres años este búnker subterráneo, diseñado para resistir terremotos, bombas y radioactividad, sufrió un coletazo del calentamiento global: el permafrost.

Esta capa de hielo permanente congelada está desapareciendo por las altas temperaturas y el derretimiento provocó filtraciones en su estructura. Una de las pocas arcas de Noé del mundo tenía goteras. Hubo que tomar medidas de urgencia porque entre esas paredes se guarda un tesoro incalculable: todas las especies de cultivos del mundo que sirven como alimento en la Tierra y que podrían salvarnos en una crisis climática.

«Quizás deberíamos de dejar de darle cuerda al reloj, apagar el móvil y ponernos en contacto con un sentido existencial más profundo», resume Krznaric para hacer frente a este «cortoplacismo patológico». De no hacerlo podría pasarnos como en el Cuento de Navidad de Dickens, con cuyas versiones televisivas nos bombardean estos días las cadenas. Que como scrooges del pensamiento catedral, esta noche, cuando nos metamos en la cama, se nos aparezca el Fantasma de las Navidades Futuras para pedirnos explicaciones.

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