¿Cómo pudieron un niño inadaptado y un perro que destrozaban el sueño americano convertirse en iconos pop mundiales y dar nombre a dos módulos del Apollo 10 en su misión en el espacio? La pregunta, que podría formularse en una de las tiras de Peanuts, sólo se responde con un nombre y un sentimiento: Charles M. Schulz y el poder del fracaso.
Nadie ilustró de forma tan certera la derrota como Schulz a través de Charlie Brown. «¿Cómo voy a hacer una redacción sobre quién soy de 500 palabras si ni yo lo sé?», se pregunta el personaje en una de las viñetas, pero la pregunta surge de la mente de su tocayo Schulz, a quien ese sentimiento acompañó desde su nacimiento en la década de los años 20 en Saint Paul, Minnesotta.
Ese centenario, que se consumará en 2022, junto a los 70 años de la primera tira cómica de Peanuts y los 20 años de la muerte de su creador son las tres efemérides que han llevado a Apple TV a ahondar en el fenómeno con la película Who are you, Charlie Brown? «Esa tira aún hoy nos da una imagen de la vida estadounidense, aunque hayan pasado 50 años, y ni siquiera hace falta reinventar lo que hizo mi esposo», detalla por videollamada Jean Schulz, mujer del fallecido viñetista. ¿Y cómo es eso posible en un mundo que no ha parado de cambiar de forma vertiginosa en todo ese tiempo? «Es por su forma de mirar, era muy tolerante en su visión de la vida y su carácter era una mezcla de melancolía y optimismo», concluye.
Ese carácter comenzó a forjarlo Charles M. Schulz -rebautizado Sparky por su tío por el caballo Spark Plug de la tira Barney Google-, durante su infancia en Saint Paul, donde sólo aspiraba a ser dibujante. Ese niño tímido de cabello rubio a quien nadie hacía caso -era un año más pequeño que todos sus compañeros de clase, no destacaba por sus notas e iba siempre acompañado por un cuaderno de dibujo- no sólo alcanzó su sueño sino que lo pulverizó. «Fue una suerte que se criara en una familia inmigrante del Medio Oeste porque vivió una experiencia real que forjó su personalidad», destaca Jean Schulz.
De ascendencia alemana y noruega, Sparky se sentía un perdedor, como Charlie Brown, salvo los sábados por la noche cuando a su casa llegaban los periódicos con las tiras cómicas y se refugiaba en sus dibujos. Así sobrellevó la larga enfermedad de su madre, de la que nunca fue bien informado, y la muerte prematura que se produjo durante su servicio militar. De hecho, en 1942, antes de iniciar su participación en la Segunda Guerra Mundial como parte de los aliados, su madre le dijo que se iba a despedir porque nunca más la iba a volver a ver. Y, efectivamente, así fue.
Con una madre en estado terminal y una timidez en aumento llegó a Europa un joven que no había pasado ni una noche fuera de su casa y se encontró en mitad de una guerra acompañado nuevamente por un único objeto: su cuaderno. El conflicto bélico no sólo inspiró al Snoopy aviador de Peanuts, sino que reafirmó la vocación como dibujante de Schulz, que a su regreso ya no pensaba en otra cosa.
Durante cinco años se dedicó a enviar viñetas al semanario Saturday Evening Post con más fracasos que éxitos hasta que en 1950 apareció Peanuts encabezado por Snoopy y Charlie Brown, ese niño inadaptado y bonachón que cautivó en pocas semanas a toda la sociedad norteamericana. «Charlie Brown gusta porque es justo lo que yo era y todos nos vemos un poco representados en él», recuerda el propio creador en una entrevista antigua en el documental.
Pero la realidad es que no es sólo Charlie en el que la sociedad se veía y aún se sigue viendo representada: todos los personajes que le rodean aportan algo. El pequeño Brown es la bondad; Linus, la vida humana con las grandes preguntas filosóficas; Lucy, la parte sarcástica y ácida con cierto punto de maldad; Snoopy, la parte soñadora del perro que aspira a ser algo mejor en la vida, y Schroeder, la creatividad. Un compendio de valores humanos que conforman el día a día de casi cualquier ciudadano. Sus sueños y decepciones ante sus ojos.
Porque la decepción, especialmente la amorosa, es una parte fundamental de una tira cómica que fue evolucionando hacia problemas más adultos a medida que los hijos de Sparky se fueron haciendo mayores. Ninguno de sus personajes conseguirá la plenitud amorosa y mucho menos Charlie, de quien se ha hecho icónica la imagen frente al buzón de correos en el día de San Valentín sin ninguna tarjeta. Una vez más, inspirado en la vida del dibujante.
De la mente de Schulz nunca se borró el nombre de Donna Wold, su primer gran amor. Era una joven pelirroja que, aunque estaba comprometida con un bombero, le dejó por Sparky, quien intentó por activa y por pasiva casarse con ella. Pero la mujer le daba largas y finalmente retomó su compromiso con el bombero. «Me rompió el corazón», confesaba antes de su muerte el propio dibujante. Ese desamor acompañó toda su vida al creador y a su creación. «Nunca llegó a superarlo», apuntan el director Michael Bonfiglio y la productora ejecutiva Paige Braddock, que también coinciden en que la clave del éxito de los dibujos es que «se centra en temas adultos y universales».
Hasta tal punto es cierto que en abril de 1968, tras el asesinato de Martin Luther King, introdujo en sus historias a un niño negro, Franklin, cuando nadie más lo hacía. El personaje se enfrentaba a las mismas dificultades que los afroamericanos en la sociedad de aquellos años. «Estaba muy sintonizado con todo lo que pasaba en el mundo: cuando las chicas se perforaban las orejas, sus personajes se perforaban las orejas; cuando se hizo popular el béisbol, él creó tres mil tiras con béisbol», relata Jean Schulz.
Incluso el feminismo, que en la década de los 70 en Estados Unidos estaba inmerso en la segunda ola, tuvo su espacio en Peanuts. Así nació el personaje de Peppermint Patty, una niña que no cumplía con el estereotipo de mujer de la época, que no encajaba con los cánones de belleza habituales y que estaba inspirada en su amiga Billie Jean King, una de las mejores tenistas de todos los tiempos. «Todos estos temas aún siguen siendo importantes para las personas y por eso la tira cómica todavía le habla a la gente de una manera que otros cómics no lo hacen», comentan Braddock y Bonfiglio.
De ahí que Snoopy, Charlie y el resto de integrantes de Peanuts sean siete décadas después un icono pop replicado en murales, ropa, utensilios de cocina y cualquier otro objeto que se pueda imaginar.
Para llegar a ese punto, fue clave el desembarco de la tira cómica en la televisión a finales de los 60 y comienzos de los 70. Lo que empezó siendo un especial de Navidad tuvo tal acogida que se acabó convirtiendo en un episodio especial en cada celebración y período vacacional en Estados Unidos: Halloween, San Valentín, verano....
Y, ahí, apareció el viaje espacial. Ante la popularidad de sus protagonistas la Nasa decidió bautizar con los nombres de Snoopy y Charlie a dos módulos del Apollo 10, el primer viaje espacial con una cámara de televisión en color dentro de la nave. Fue esa cámara la que inmortalizó a los tres astronautas -Thomas Stafford, John Young y Eugene Cernan- con un dibujo de Snoopy fuera del globo terráqueo. La metáfora perfecta de hasta donde se había disparado la influencia de esos personajes. «Y son los dos personajes protagonistas, que retratan el lado oscuro del sueño americano», recuerda Jean Schulz.
Mientras tanto, ahí seguía Sparky aumentando la nómina de tiras cómicas, que para el año 1980 ya rondaban las 10.000 porque el viñetista llevaba 30 años sin descanso produciendo historietas sin repetirse. «Su objetivo era simplemente hacer un gran cómic, contar una buena historia y tener personajes bien diseñados como buen artista», detalla el director Michael Bonfiglio. «Probablemente no hubiera podido prever lo popular que llegaría a ser Peanuts, pero mantuvo su calidad porque estaba centrado sólo en trabajar y crear el mejor cómic que podía».
Ese fue el secreto de Schulz, quien vivió aislado del éxito de su creación en su propio campus. Allí creó un fortín con todo lo que le había interesado desde su niñez: pistas de patinaje, campos de beisbol, estudios de dibujo. Todo, por supuesto, llevado también sobre el papel a Peanuts. En aquel lugar estuvo durante cinco décadas haciendo sus dibujos con la misma rutina cada día: desayunar un bollo inglés con mermelada de uva mientras observaba la pista de patinaje y luego encerrarse en su despacho a dibujar. «Juraría que en algún sitio he oído que Peanuts es la historia más larga jamás contada, ha durado 50 años con siete niños que representan una imagen de la vida estadounidense en ese lapso de tiempo», rememora Jean Schulz.
Así fue transcurriendo una vida entregada a una pasión que ni siquiera abandonó en 1981 durante un ingreso en el hospital por unos fuertes dolores en el pecho. Incluso ahí quiso seguir dibujando aunque sus manos apenas le respondían porque no podía hacer esfuerzos, pero lo siguió intentando. Como Charlie Brown. Fracasar sin desistir. Hasta el inicio del nuevo milenio.
El 3 de enero del 2000, Schulz decidió dibujar su última tira de Peanuts porque ya no podía seguir a causa del tratamiento de quimio al que se estaba sometiendo para hacer frente a un cáncer de colon. Ahí llegó el final de las historias de Charlie Brown y Snoopy que su propio creador no asumió, según él mismo relataba, hasta que no vio estampada su firma junto a la frase «cómo podré olvidaros» al final de la tira que entregó para cerrar su obra.
Y, como si fuera una premonición de la unión que había existido en todo momento entre el autor y sus personajes, la vida de Charles M. Schulz llegó a su final el 12 de febrero, 39 días después de completar su última creación y el mismo día en que finalmente salió publicada.
Hasta ese momento, con Peanuts ya convertido en un éxito incalculable, mantuvo el dibujante su actitud vital: «Sólo lo hice lo mejor que pude».
El epitafio sonoro y filmado del niño inadaptado.
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