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Arquitectura

De oficinas a pisos de superlujo: la gran transformación del rascacielos en tiempos del teletrabajo

Pese a la recesión y al tedio del modelo, el mundo tendrá 133 nuevos edificios de más de 200 metros de altura cuando acabe 2021. La novedad: las torres residenciales son hoy las que rasgan el cielo

De oficinas a pisos de superlujo: la gran transformación del rascacielos en tiempos del teletrabajo
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En la época en la que el arquitecto Mohamed Atta dirigió el vuelo 11 de American Airlines contra la Torre Norte del World Trade Center, la idea del rascacielos parecía un souvenir del siglo XX, un trasto viejo e inservible. «El rascacielos había nacido vinculado a un paradigma de poder muy idealizado», explica José Antonio Tallón, arquitecto y autor de la tesis doctoral Gordon Matta-Clark a través de Rem Koolhaas. «Había sido muy bien acogido en un momento de la historia pero, desde los años 70, existía una conciencia de que representaba una reproducción en serie de la arquitectura racionalista destinada a una ciudad genérica, una ciudad de tábula rasa que no funcionaba».

En su tesis doctoral, Tallón exponía la teoría de que el rascacielos se había sintetizado a lo largo del siglo XX hasta convertirse en una especie de nada arquitectónica, expansiva y destructora como la de las novelas de Michael Ende. El mejor símbolo de esa decadencia eran los monolitos de las Torres Gemelas, destruidos en los peores atentados terroristas de la Historia en territorio occidental.

En 2001, había en todo el mundo 263 edificios de más de 200 metros de altura. Eran considerados ineficientes (a partir de 150 metros de altura, la cimentación y las dificultades de mantenimiento se volvían antieconómicas) y su percepción era negativa. «Las sociedades de clase media habían desarrollado en las sucesivas crisis del siglo XX una antipatía hacia el rascacielos, veían en su monumentalidad una amenaza contra su modo de vida que venía desde arriba», explica Juan Antonio Roche, profesor de Sociología de la Universidad de Alicante. «Piense en la imagen de King Kong: no es casualidad que el mono, que representa al solitario, al sentimental vapuleado, se enfrentara al Empire State Building en plena crisis de los años 30, que golpeó sobre todo a la clase media».

Veinte años después del 11-S, 90 años después de King Kong, y en medio de otra inmensa crisis global, el Council on Tall Buildings and Urban Habitat (una asociación de promotores de rascacielos) ha anunciado que 2021 se concluirá con 133 nuevos torres de más de 200 metros en todo el mundo, muy cerca del récord de 2017 (146 nuevas torres). En la estadística hay sorpresas: Nueva York, la ciudad que simbolizaba la gloria y el fracaso de los rascacielos del siglo XX, acoge el proyecto más alto del curso por segundo año consecutivo, por delante de las ciudades chinas y del Golfo Pérsico. Y, también por segundo año consecutivo, el mayor edificio del año será una torre residencial de lujo: el 111 West 57th Street (435 metros de altura) tomará el relevo en 2021 a la Central Park Tower de 2020 (472 metros). Los dos edificios están dedicados, básicamente a las viviendas de lujo, los dos se asoman a Central Park y los dos ocupan solares en los que, hasta hace unos años, había edificios de oficinas.

Algunos datos más: la Isle of Dogs, un antiguo muelle obsoleto en el Támesis que, entre 1987 y 1991, se convirtió en la segunda City de Londres, se está reciclando en un barrio residencial. Si en 2010 llegó a los 12.000 habitantes, en 2019 ya eran 19.000 y apareció por primera vez en las encuestas como el lugar con la mejor calidad de vida de Londres. En los próximos 10 años, se espera que la Isle of Dogs alcance los 100.000 habitantes.

Hasta en España hay un pequeño boom de los rascacielos residenciales. El gigante In Tempo abrirá en 2021 en Benidorm con las viviendas más altas de Europa (200,2 metros), después de varios años con las obras detenidas. En torno a los 100 metros hay proyectos en Barcelona (Edificio Antares), Madrid (Torres Skyline) y Málaga (AQ Urban Sky), además de la Torre Bolueta de Bilbao, ya concluida. Muchos de esos edificios son productos de lujo ubicados en barrios atípicos: el ático de la Torre Antares se ha vendido por nueve millones de euros pese a estar lejos de las zonas nobles del Ensanche.

La imagen de la vivienda en altura ha cambiado. En los años 70 se relacionaba con un producto de especulación y poca calidad

Edgar Caridad, director comercial de AQ Acentor

«En realidad, sólo en parte son productos de lujo», explica Edgar Caridad, director comercial de AQ Acentor, la empresa que promueve la torre AQ Urban Sky. «En Málaga, ofrecemos pisos altos que son para un mercado de lujo y ofrecemos viviendas en la planta cinco que están dirigidas a la clase media de la ciudad».

Su gama de precios va de los 158.000 euros al millón, «y eso interesa al promotor porque permite diversificar públicos", dice Caridad. "La imagen de la vivienda en altura ha cambiado. En los años 70 se relacionaba con un producto de especulación y poca calidad. En este tiempo, muchos de los problemas materiales se han resuelto. La construcción prefabricada permite aprovechar mejor el suelo y gestionar mejor el mantenimiento de la construcción. La huella medioambiental, por ejemplo, es muy buenay ése es un criterio muy atractivo en este momento. Ahora, el motivo para construir rascacielos residenciales ya no es el ahorro de costes sino el valor simbólico al producto. A la gente le encanta decir que vive en un edificio reconocible para todos los habitantes de su ciudad».

El edificio 111 West 57th Street (Manhattan), de 435 metros de altura, está a punto de inaugurarse
El edificio 111 West 57th Street (Manhattan), de 435 metros de altura, está a punto de inaugurarse

¿Qué cambió entre 2001 y nuestro tiempo? «Hay muchos factores que se unen», explica José Antonio Tallón. «El progreso tecnológico existe aunque los rascacielos siguen siendo problemáticos. La Central Park Tower ha estado cerrada después de su entrega por problemas estructurales».

Más que la tecnología, pesa en su opinión la combinación de la economía y la cultura del exhibicionismo. «En 2001 ya estábamos en la época del star system de la arquitectura que creaba una demanda de obras simbólicas», dice. «Era natural que parte de esa cultura se expresara en rascacielos. Eso se mezcló con la emergencia de las nuevas economías en Asia, sobre todo».

Nuevas economías que no tenían los remilgos europeos hacia las grandes representaciones del poder. «El tercer factor es la gentrificación, la conquista de los barrios céntricos por las rentas altas», continúa Tallón. «Y eso es lo que lleva a crear torres residenciales en los distritos de negocios de ciudades como Hong Kong, Tokio, Londres o Nueva York».

En EEUU, los distritos de negocios ya se estaban vaciando antes de la pandemia. La salida a ese problema consistió en convertir el espacio de oficinas en residencial

Emily Remus, profesora de la Universidad de Notre Dame especializada en Historia del urbanismo

La crisis de 2020 es un factor más que lleva a esa mutación del rascacielos de oficinas a la torre de viviendas de lujo. La contracción de la economía y la consolidación del teletrabajo hace que cualquier ciudad del mundo esté hoy llena de edificios de oficinas desocupados. ¿Qué hacer con ellos? Cambiar su uso.

«En Estados Unidos, los distritos de negocios ya se estaban vaciando antes de la pandemia», explica Emily Remus, profesora de la Universidad de Notre Dame, en Indiana, especializada en la historia del urbanismo. «Las empresas buscaban localizaciones más baratas y se marchaban y los negocios que habían surgido para atender a los oficinistas estaban en problemas muy serios: gimnasios, restaurantes, tiendas de moda... En casi todas las ciudades, la salida a ese problema consistió en convertir el espacio de oficinas en espacio residencial».

Espacio residencial para rentas altas: «Sí: las viviendas de los distritos de negocios se hacen pensando en atraer a los residentes ricos», explica Remus. «En parte, eso tiene que ver con que los suelos siguen siendo caros, pero no sólo con eso. En Estados Unidos, las ciudades compiten por atraer a los mejores consumidores y a los mejores contribuyentes fiscales. Los ayuntamientos se esfuerzan por atraer a las rentas altas y no dudan en expulsar a las familias trabajadoras a los márgenes. El resultado es un espacio urbano cada vez más segregado».

Un poco de literatura ahora: en la novela Rascacielos, de J.G. Ballard, los habitantes de una gran torre residencial empezaban el relato como si fueran personajes de La dolce vita, pero terminaban formando guerrillas que enfrentaban a los vecinos de los pisos altos con los de los pisos bajos. En Ciudad total, de Suketu Mehta, el narrador llegaba desde el Reino Unido a Bombay y se instalaba en un rascacielos que le prometía el modo de vida de la clase media europea, discretamente confortable. Nada funcionaba: ni el agua corriente, ni los ascensores, ni el aire acondicionado... En Padres nuestros, de Andrew O'Hagan, el escenario estaba en Escocia, en una gran torre de viviendas sociales de los años 70 a punto de ser demolida por su deterioro material y social. Y el mito de Ícaro lo conocemos todos.

La conclusión es sencilla: vivir en un piso 32 ha sido un tabú durante décadas.

«La vivienda en un rascacielos se idealizaba como el colmo de la eficiencia y de la vida placentera a través tecnológica y, por eso mismo se convertía después en la pesadilla de la dependencia total de la tecnología, que es un temor clásico», explica Juan Antonio Roche. «También se idealizaba como una imagen del poder: el poder se expresa en la verticalidad en todas las culturas del mundo. Y como una imagen de la victoria de la civilización sobre la naturaleza. Pero en esa idealización está incluido el miedo a la venganza de la naturaleza».

La vivienda en un rascacielos se idealizaba como el colmo de la eficiencia. También como una imagen del poder

Juan Antonio Roche, profesor de Sociología de la Universidad de Alicante

«Ha habido casos increíbles como el de la Ciudad Amurallada de Kowloon, en Hong Kong, que era una especie de gran zoco en vertical lleno de infraviviendas», explica Tallón. «En cada ciudad, el rascacielos significa algo diferente. En São Paulo, por ejemplo, vivir en un rascacielos significa seguridad para sus habitantes. En Tokio, los pisos de las torres son muy pequeños, su modelo está integrado en la cultura japonesa de lo residencial con mucha naturalidad. Pero hay una tendencia a la homogeneización en todo el mundo: no me parece fácil que las torres de Azca, en Madrid, se conviertan en conjuntos de viviendas, pero sí es verdad que hay tres o cuatro proyectos de torres residenciales de 30 pisos en el nudo norte y en Madrid Río».

¿Y la forma? «La torre se vuelve evanescente. El rascacielos de piedra se convierte en el rascacielos que pretende ser transparente», cuenta Juan Antonio Roche. «En el fondo, se añaden valores, discursos paralelos que son maquillaje, pero seguimos en el monolito. Hay torres que, en el ático, instalan jardines que pretenden crear un significado postvegetal. Bueno: en realidad, son gestos bastante artificiales que no resuelven el problema de la tabla rasa», termina José Antonio Tallón. «¿Qué son las nuevas torres de Manhattan? Microagujas que replican el mismo esquema planta a planta, tan alto como llegan las fuerzas. Ha habido ejemplos de rebeldía: las Torres Blancas de Oíza o la torre de Carme Pinós en Guadalajara, México. Pero son casos extraños».

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