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La destrucción de Nimrud

Viaje al tesoro de Irak que destruyó ISIS: "Fueron mucho peores que los mongoles"

Desde que los terroristas destruyeron el valioso yacimiento de la antigua capital de los asirios, el arqueólogo que lo descubrió, Muzahim Hussein, no se atreve a visitarlo: "Me duele demasiado"

Viaje al tesoro de Irak que destruyó ISIS: "Fueron mucho peores que los mongoles"
Safin Hamed
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Muzahim Hussein lo dice mirando al vacío. «No he vuelto a visitar Nimrud. Me duele demasiado».

Para los expertos en arqueología el nombre de quien fuera Director de la Oficina de Patrimonio y Antigüedades de Nineveh se asocia automáticamente con uno de los descubrimientos más extraordinarios del siglo XX. Equiparable en significación a hallazgos como el de la tumba del faraón egipcio Tutankamón (1922) o los sepulcros reales de la ciudad sumeria de Ur (1926), ubicada también en el actual Irak.

La voz del veterano de 75 años recupera cierto entusiasmo cuando recuerda aquella excavación de 1988. Con la conclusión de la devastadora guerra que mantenía contra Irán, el país se preparaba para una nueva era en la que pretendía atraer al turismo internacional y el yacimiento arqueológico de Nimrud se contaba entre las principales atracciones de la nación.

El arqueólogo se encontraba acondicionando el palacio de Ashurnasirpal II, el brutal monarca que construyó la ciudad como nueva capital del reino asirio en el siglo IX a.C., cuando su equipo decidió levantar los ladrillos de una de las habitaciones. A sólo 20 centímetros encontraron una tumba y debajo varias recámaras que había servido como cripta para una de las reinas asirias, repletas de objetos preciosos.

Hussein había descubierto lo que no pudo hallar el renombrado experto británico Max Mallowan, el esposo de Agatha Christie. «Estuvo buscando en esa misma habitación, palmo a palmo, pero no se le ocurrió mirar debajo del suelo de ladrillo», apunta Hussein, al que le gusta regodearse con los detalles de aquellos años.

Fue la primera de las cuatro tumbas de las reinas asirias que encontraron en el lugar en un periodo de dos años. «Estuve a punto de volverme loco. Cuando abrimos el ataúd todo el oro comenzó a brillar. En total fueron 75 kilos de oro, sin contar los collares y había 230», rememora.

Había cientos de diademas, coronas, cadenas y brazaletes de oro, objetos de marfil, amuletos de lapislázuli, figuras eróticas de personajes que poseían a sus amantes, jarrones y vasijas de alabastro. «Sólo en pendientes contabilizamos más de 600», apunta.

El fabuloso tesoro había sobrevivido 2.800 años. Enterrado bajo la arena. Después, como si estuviera protegido por una aureola mágica, volvió a desaparecer en medio del caos que generó la catastrófica invasión de 2003 apadrinada por EEUU. Fue trasladado al Museo Nacional de Irak y se pensaba que fue parte del botín que sustrajeron los saqueadores de ese emblemático recinto.

Safin Hamed

Apareció 12 años más tarde en un sótano del Banco Central. Los ladrones habían intentado reventar la bóveda acorazada con un cohete antitanque. La explosión les mató e inundó el subterráneo que permaneció olvidado.

El yacimiento de Nimrud al que Hussein está tan vinculado no tuvo la misma suerte. El paso del Estado Islámico por la región norteña de Nineveh donde se encuentra ubicado emuló la devastación que sufrió el territorio iraquí a manos de los mongoles.

«¡Fueron mucho peores que los mongoles! ¡Son unos salvajes que sólo querían vengarse de la civilización!», se indigna Hussein cuando se establece la comparación.

Irak siempre tuvo una gran historia. Lo que pasa es que no sabemos conservarla

Salem Abu Mohamed

La segunda ciudad iraquí asistió a la quema de su legendaria biblioteca que acogía cientos de manuscritos con siglos de historia, la destrucción de la tumba de Jonás, de mezquitas como la de Nabi Jerjis y mausoleos como el del Imam Awn al-Din que curiosamente fue uno de los contados monumentos que sobrevivió en el siglo XIII a la furia dislocada de los mongoles, de monasterios tan viejos como el de Dair Mar Elia, erigido en el siglo VI, de trozos del muro de la Nineveh que fue capital asiria y de una razzia atroz en la que los radicales rompieron muchas de las obras que exhibía el Museo de Mosul, el segundo en importancia del país.

Poco antes de ocupar toda la región, los extremistas difundieron a través de internet una lista de 40 monumentos situados en Nineveh que pretendían arrasar. La campaña de «purificación» que lanzaron entre julio de 2014 y marzo de 2015 fue «planeada» y ejecutada de una «manera sistemática», según concluyó la organización Rashid International, integrada.

Nimrud fue una de las víctimas de su ideario maximalista. Para viajar hasta ese lugar, situado a 37 kilómetros al sureste de Mosul, hay que adentrarse por carreteras secundarias donde se suceden los edificios en ruinas y los controles de milicias de filiación diversa, legado del atroz conflicto que vivió esta región norteña entre 2014 y 2017.

La visión de los despojos arqueológicos como dice Hussein «es demasiado triste».

«De Nimrud no queda nada. Rompieron a trozos todos los relieves, destruyeron el zigurat con excavadoras, dejaron dos toros alados reducidos a pedazos. Al final colocaron barriles de dinamita y lo volaron todo. Después de la liberación fui un par de veces pero ya no quiero volver», había advertido Hussein antes de despedirse en Mosul.

El área ha sido vallada y ahora está protegida por un pequeño contingente de guardias, pero incluso fuera del recinto se pueden encontrar decenas de fragmentos de jarras y recipientes de barro de edad incalculable, esparcidos por las laderas del promontorio. Desde que fue liberada, el área permanece casi en el olvido.

Al traspasar la puerta principal se pueden apreciar los escasos vestigios que permanecen erguidos del templo de Nuba. Dos simples estructuras de ladrillo semiderruidas que antaño fueron la Puerta del Pescado, escoltada por sendos tritones los expertos dicen que originalmente estaban cubiertos de oro, que también desaparecieron cuando la dinamita reventó la construcción en 2016.

Salem Abu Mohamed es uno de los uniformados que protege lo que resta de Nimrud. Él es quien acompaña a los periodistas en su recorrido por el complejo. El primer desplazamiento es hasta la antigua entrada del Palacio principal de Ashurnasirpal II, la misma puerta que permanecía escoltada por tres enormes esculturas en alabastro que recreaban la figura de toros con alas.

Los cascotes de los famosos Lamassu así se llamaban permanecen arrumbados en el suelo, cubiertos por lonas blancas. Lo mismo que los trozos de los relieves que adornaban el acceso al Palacio. De la furia radical sólo se salvaron dos murales de alabastro, incluido uno que representa a un «genio alado», una figura que en la cultura asiria se asociaba a un ser mítico que protegía a la población.

El ISIS difundió las imágenes del catastrófico asalto contra Nimrud el 11 de abril de 2015. En los siete minutos de grabación se podía observar a los militantes golpeando los relieves con mazas de hierro, taladros y sierras eléctricas. «Cuando tomamos el control de un trozo de territorio, eliminamos los símbolos del politeísmo y esparcimos el monoteísmo», se escuchaba decir a uno de los radicales.

Aquella jornada, cuando Muzahim Hussein vio las imágenes, no pudo evitar el llanto desconsolado. «Sí, lloré, no entendía porque querían acabar con toda nuestra Historia».

El ansia destructora de los fundamentalistas no quedó saciada con esa acción. En 2016 volvieron al lugar con maquinaria para arrasar el famoso zigurat del complejo, una estructura de forma piramidal de 17 metros dedicada a Ninurta, el dios de la guerra y patrón de Nimrud. Su empeño era tal que los militantes permanecieron excavando la estructura hasta poco más de un mes antes de que el yacimiento fuese capturado por las fuerzas iraquíes leales al Gobierno.

Querían que les ayudara a encontrar y vender piezas. Dije que era muy viejo y me dejaron en paz

Muzahim Hussein, arqueólogo

«Esto solía llenarse de autobuses de turistas hasta 2013», afirma Salem Abu Mohamed mientras recorre las ruinas y enseña los hoyos que conducían a las cámaras mortuorias descubiertas por Hussein. «Irak siempre ha tenido una gran historia. Lo que no sabemos es conservarla», apostilla.

Como una gran parte de la población de Mosul, Muzahim Hussein quedó atrapado en la localidad cuando fue capturada por el Estado Islámico. Durante tres años tuvo que amoldarse a los designios de los nuevos regentes de la urbe. Quien siempre había ido rasurado tuvo que dejarse una poblada barba y comenzar a vestirse «siguiendo las órdenes del Daesh (así llaman al ISIS)», relata.

Decidió mantener un perfil bajo, lo cual no evitó que los extremistas acudieran a solicitar su «colaboración» en sendas ocasiones. «Querían que les ayudara a excavar los yacimientos y vender las piezas. Tuve suerte, les dije que estaba muy mayor y me dejaron en paz».

El arqueólogo sirio Khaled al-Asaad, de 82 años, fue menos afortunado. Los milicianos le decapitaron cuando se negó a colaborar con ellos y colgaron su cadáver con un cartel donde se leía: «Director de la idolatría».

Hussein insiste que ni siquiera Saddam Hussein, reputado por sus brutalidades, alcanzó el clímax del desvarío que ejerció el Estado Islámico. «Al menos él reconocía la importancia de la Historia y en su momento mandó ejecutar a unos traficantes que habían robado una cabeza de un toro alado», agrega.

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