¿Qué te llevarías de tu propia casa si tan sólo te dieran 15 minutos para sacar lo que pudieras? ¿Qué rescatarías de la destrucción y pondrías a salvo en un cuarto de hora con tus limitados medios? Un poco como el que debe arrojarse al mar sin demora para sacar a un hombre a la orilla. Un hombre que es él mismo.
Cumplido ya un mes de la erupción del volcán de La Palma, esa es la pregunta que siempre está ahí: ¿qué kit consideraría imprescindible para hacer más soportable mi futura existencia sin nada? ¿De qué cosas estoy hecho?
No son dos mil edificaciones destruidas. No es la mera suma de ladrillos, cemento, hormigón, yeso, pintura, madera y azulejos lo que se está comiendo la lava. Son hogares. No es verdad que no haya víctimas mortales: ¿cómo sigue uno vivo sin las cosas que lo mantienen vivo?
Somos los objetos que sacaríamos casi sin pensar de esa vivienda. Somos esa alforja urgente que le birlaríamos a los mil grados centígrados. Somos las cosas que no dimos abasto a salvar.
Un vecino contaba el otro día que, cuando llegó el momento y le dieron sus 15 minutos para coger todos los enseres que considerase, no pudo evitar sentirse un ladrón en su propia casa.
Yo estoy en la mía, a salvo mientras escribo estas líneas. Me levanto y trato de imaginar mis 15 minutos. Sacaría una primera edición de Crónicas marcianas de Bradbury y otra de El Jarama de Ferlosio. Todo el Aldecoa que me cupiera. Los viejos guantes de boxeo de Alfredo Grimados. Algunos álbumes de cromos. Un muñequito de Mazinger Z. Una placa con la imagen de Mohamed Ali. Nada de la cocina y de los baños. Unas insignias que mi abuelo ganó en la guerra. Un sacapuntas que compré en Cracovia. Y el resto de mí ardería dentro.
(...)
«Rosebud», dijo el magnate interpretado por Orson Welles en Ciudadano Kane. La historia del que lo tiene todo y justo antes de morir pronuncia el nombre de su trineo infantil.
Así ese hombre de 90 años que asistía a la destrucción de su hogar en las faldas del volcán de Cumbre Vieja. Cuando le dijeron que tenía sus 15 minutos para zambullirse dentro y salvar lo que quisiera/pudiera, el anciano entró al hogar, salió con un álbum de fotos, luego se quedó abrazado a él. Fue una doctora de urgencias que atendía a los afectados la que le contó a la prensa lo que aquel viejo no paraba de decir. Sin soltar el álbum, repetía una y otra vez: «Mi vida se ha acabado».
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