Cuesta recordar un bochorno tan autoinfligido, y tan innecesario, como la polémica de estos días a propósito de la obra de Andrés Trapiello. Un bochorno que corresponde exclusivamente al PSOE, cuya portavoz adjunta en el ayuntamiento de Madrid criticó la concesión de una medalla al escritor porque "no se puede premiar el revisionismo de la historia que él representa". El bochorno continuó cuando el dirigente municipal del partido, Pepu Hernández, fue incapaz de explicar qué posturas de Trapiello le parecen revisionistas, o de articular con algo de solidez qué entiende su partido por revisionismo.
Más allá de la frivolidad que revela el episodio, sorprende que algún gurú socialista haya pensado que esta imagen les favorece. No es muy edificante ver a un político que critica a un escritor por publicar ciertas cosas sin ser capaz de explicar luego qué cosas son esas, ni de esgrimir mejor argumento que esta denuncia: "Algo que estaba perfectamente aceptado ahora no lo está". Un planteamiento, desde luego, digno de párroco preconciliar ("¿cómo que se está revisando lo de la inmaculada concepción?"). Quizá el mismo gurú haya concluido que los votantes huyeron de la marca socialista en las elecciones madrileñas porque el PSOE no ha criticado a ciertos escritores con la suficiente dureza. Y la conexión con el resultado del 4M es iluminadora: la portavoz que inició el señalamiento a Trapiello, Mar Espinar, publicó un artículo antes de las elecciones titulado "Votar a esta derecha" (El País, 14 de abril) cuya lectura ayuda a comprender por qué tantos madrileños eligieron no votar a esta izquierda. En cualquier caso, parece razonable pensar que el prestigio de Trapiello ha salido intacto de este choque. El de quien decidiera iniciar la polémica con tan pobres argumentos sale algo más tocado.
El episodio también revela una cuestión de fondo. Una de las fortalezas históricas del PSOE ha sido su enorme ascendencia sobre los sectores intelectuales de la España democrática. En ellos ha encontrado a muchos individuos dispuestos a entrar en sus listas, a apoyar sus candidaturas y hasta a desempeñar cargos de responsabilidad. El incomprensible señalamiento a Trapiello, junto con el triste espectáculo de la última campaña de Ángel Gabilondo -obligado por los consultores de Moncloa a mutar de sosegado catedrático a inverosímil vocero de consignas guerracivilistas-, dan fe de una nueva dinámica: la de un partido que ha perdido la cabeza.
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