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Idus de marzo en la oposición

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Inés Arrimadas en la rueda de prensa de Javier Lambán
Inés Arrimadas en la rueda de prensa de Javier LambánJavier CebolladaEfe

Este miércoles apareció una cabeza de caballo en la huerta murciana. El mensaje, destinado a Génova 13 y envuelto en papel naranja, era nítido: "Podéis intentar absorbernos, pero no vamos a desaparecer sin pelear". Y la mejor defensa, como sabe cualquier animal acorralado, es pasar al ataque. Fin a tres décadas y media de poder pepero en Murcia.

Pero si algo nos enseñó el cantonalismo decimonónico -el modelo que estamos condenados a repetir- es que lo que pasa en Murcia no se queda en Murcia. ¿Cs creyó que podía confinar en la huerta el efecto de su amenaza o planeaba consumarla también sobre el PP mesetario? Hay versiones contradictorias. En cualquier caso cometió el mismo error garrafal que Pedro Sánchez: subestimar a Isabel Díaz Ayuso. Que llevaba tiempo esperando una buena razón para disolver la Asamblea y convocar elecciones con el viento a favor de su popularidad ganada en pandemia. No hay ningún otro líder -salvo Almeida- al que hoy puedan votar con idéntico entusiasmo electores que en las generales han optado por Vox, por el propio Cs y por el PP.

La maniobra tardía de las mociones de Errejón y Gabilondo -despertado de súbito por el ruido ambiental- solo delata la melancólica condición de la izquierda madrileña. Habrá elecciones. La izquierda ya acopia material contra Ayuso para dar lo mejor de sí en la madre de todas las campañas: el sanchismo contra su bestia negra. Iván contra MÁR. Y ojo con Aguado, cuyo despecho puede convertirse en munición contra el PP de Madrid.

¿Por qué ha hecho esto Ciudadanos? Veamos. Cs no es el partido de Albert Rivera. Es el partido de Inés Arrimadas. Lo heredó con diez escaños, cuatro cogobiernos autonómicos y una sola obsesión: sobrevivir. De modo que viró el rumbo estratégico de Rivera al amparo de un cálculo sencillo: por la derecha, coloreada de verde, ya jamás iba a crecer. Y en la abstención tenía una bolsa de un millón de votantes de centro centrado que no quieren votar ni a Sánchez ni a Casado. Así que pactó con el pantocrátor -el PSOE enaltece o derriba a conveniencia al resto de partidos y a no pocos periodistas- durante el primer año de pandemia, y la demoscopia aguantó hasta las elecciones en Cataluña.

La debacle catalana preparó un motín que Arrimadas ha intentado aplacar de la única manera en que se aplacan los motines: devolviendo a los cuadros del partido alguna esperanza de tocar poder o de mantenerlo ahora que vienen los millones. ¿Al precio de pactar con el sanchismo?, pregunta el atónito votante de Rivera. Por supuesto, contesta el político profesional de Arrimadas. Yo no digo que la política sea bonita: digo cómo es. En Cs, en Vox y en la China popular.

Lo que ha pasado está a la vista de cualquiera que entienda la política como conservación del poder antes que como fidelidad a unos principios. El PP se ha hartado de anunciar su OPA hostil a la menguante formación de Arrimadas. Pero ella no quiere explorar la fusión porque ha decidido que el único futuro de Cs, si tiene alguno, se lo garantiza antes Sánchez que Casado. Sobre todo si en el horizonte se perfila la ruptura del PSOE con Pablo Iglesias.

"¡Pero lo único que va a conseguir esa traidora es desaparecer en las siguientes elecciones!", clama indignado el votante de derechas. Esa exactamente es la reacción que espera Arrimadas, quien al mismo tiempo confía -la fe mueve montañas- en que el abstencionista de centro premie su ruptura con la derecha en una España completamente polarizada. La arriesgadísima operación de Arrimadas consiste en cambiarle el agua sociológica al acuario agrietado que le legó Rivera: trasladar su caladero de la derecha al centroizquierda. En el mejor de los casos pretende que la voten los socioliberales antisanchistas, sean cuantos sean, pero ya nadie más. En el peor, sencillamente se resiste a morir sin vender cara su piel. El precio lo paga a pachas con Pablo Casado, cuya debilidad se huele de Murcia a Valladolid, pasando por Sol.

Estamos en vísperas de los idus de marzo. Solo que esta vez no ha sido apuñalado el poder sino la oposición.

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