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Narrativas y reformas

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Todos los rivales de Ayuso se han movido durante la campaña en su terreno de juego, lo que a ella le venía bien.

Narrativas y reformas
RAÚL ARIAS

Las elecciones autonómicas en Madrid dejan una vencedora clara, la presidenta Isabel Díaz Ayuso, y varios perdedores. Quizá el principal sea eso que se empezó a conocer en España en 2014 como la nueva política; una expresión que a cualquiera que conozca la historia de España le sonaría antigua desde el principio. Si por un lado Ciudadanos consuma la debacle que comenzó en la repetición de las generales de 2019, Unidas Podemos suma unas nuevas elecciones, todas en realidad desde 2016, en las que o empeora sus resultados o queda como una fuerza irrelevante.

El caso de la formación liderada hasta esta semana Pablo Iglesias es interesante porque muestra, además, cómo su cambio de estrategia ha lastrado sus posibilidades electorales. Ahora suena lejano, pero en junio de 2015 y mientras empezaba lo que él denominaba la «ruta por el cambio», Pablo Iglesias recomendaba a los dirigentes de IU: «Que se queden con la bandera roja y nos dejen paz, yo quiero ganar». Seis años después, Iglesias se despedía hablando del éxito que suponía para él haber puesto fin a «80 años de exclusión de nuestras ideas en el Consejo de Ministros», reivindicándose así heredero de los ministros comunistas nombrados durante la Guerra Civil.

Fue precisamente el quedarse con esa bandera roja y la renuncia a ensanchar su base electoral lo que estaba detrás de la escisión liderada por Íñigo Errejón, un líder que sí que entendió desde el principio que no se articulan mayorías sólidas sobre la base de extremar el mensaje y hablar solo para los propios. Más Madrid, que en realidad es lo que hay detrás de Más País, sí ha comprendido que moviliza e ilusiona más a los votantes poner sobre la mesa narrativas transversales -asuntos como la salud mental o la semana de cuatro horas, por ejemplo- que centrarse en otro tipo de reivindicaciones. Su reto ahora es dejar de ser un partido no ya madrileño, sino de dentro de la M-30, para poder configurarse para toda España como esa alternativa moderna, verde y transformadora que venden en Madrid pero que aún no llega más allá de la región.

El otro gran derrotado de la formada electoral del martes fue un actor que llegó, de la mano de la retórica de la nueva política, presentándose como el candidato de las bases -de la gente- frente al aparato del partido. Los históricos malos resultados del PSOE en Madrid demuestran que es un error que un presidente del Gobierno, cualquiera, baje a la arena autonómica, porque lo que hace es regalar protagonismo electoral a su adversario. También demuestra que los malos resultados que viene cosechando el partido desde 2019 -tercera fuerza política en las principales ciudades de España en las municipales de aquel año, además de perder más de 700.000 votos en la repetición electoral de noviembre- no son una casualidad, sino que empiezan a ser una tendencia. El abandono de la centralidad política que la formación emprendió para frenar a Unidas Podemos parece haber salido bien vista la deriva de la formación morada, pero puede estar teniendo un coste muy alto en términos electorales, ya que es en esa centralidad donde se ubica el gran caladero de votos.

En un ecosistema político cada vez más emocional, no solo en España, sino también en los países de nuestro entorno, el tipo de narrativa por el que apuesta un partido es muy relevante en términos electorales. La construida por el equipo de campaña de la presidenta Díaz Ayuso se ha revelado como la más sólida con diferencia: más allá de lo que digan los datos, se ha presentado como un marco de referencia verosímil para la sociedad madrileña que no había que elegir entre economía y salud, porque ambas eran posibles. Tan ha sido así que al final todos sus rivales se han movido durante toda la campaña en su terreno de juego y la campaña ha discurrido por donde a ella le venía bien: del hospital de pandemias a la apertura de la hostelería, se ha debatido de manera recurrente sobre los asuntos que la presidenta ha puesto sobre la mesa, obligando a sus adversarios a posicionarse sobre las propuestas que se mandaban desde el Partido Popular.

En cualquier caso, en Génova deberían de tener en cuenta dos factores antes de lanzar las campanas al vuelo por este resultado: en primer lugar, tal y como se vio en Galicia y en el País Vasco, la gestión de la pandemia ha parecido sentarles mejor, en general, a los gobiernos autonómicos que al Gobierno de la nación. Además, el mal resultado de la izquierda se explica también en parte por su división; haberse convertido en hegemónica en todo el espacio que va del centro a la derecha -quedando Vox reducido a un satélite poco relevante- es lo que explica también su buen resultado, y esa tarea no va a resultar fácil para el Partido Popular en el conjunto de España, tal y como se vio hace pocos meses en Cataluña.

Estas elecciones suponen también el entierro de algunos de los mitos electorales con los que la opinión pública se maneja con desparpajo de manera habitual. El más destacado, ese retrato del votante del centro hacia la izquierda como alguien que, al no votar, permite gobernar a sus rivales. Esa idea de que una participación alta beneficia a la izquierda siempre ha sido la típica falacia de la narrativa, buscando causalidad donde solo hay azar. Con una participación récord, el PP ha sido la fuerza más votada en todos los distritos de la capital, así como en todos los grandes municipios, incluidos los del sur y los del corredor del río Henares. Por no hablar de ese mito de la importancia vital de las campañas electorales: movieron poco voto porque, en este caso al menos, casi todo el pescado estaba vendido antes de empezar. La estrategia defensiva de la presidenta funcionó bien y todos los intentos de sus rivales, con espantada en un debate incluida, no han servido para gran cosa.

Y un par de reflexiones institucionales para terminar. Urge reformar el Estatuto de Autonomía de la Comunidad de Madrid, una norma elaborada hace casi 40 años, cuando aún nadie sabía bien en la provincia de Madrid qué era eso de ser una Comunidad Autónoma. Y urge hacerlo en dos sentidos: es disparatado que el número de diputados siga creciendo de manera indefinida convocatoria tras convocatoria, recordándonos a todos en cada elección la fuerza gravitatoria que Madrid ejerce sobre las regiones de su entorno. Sería conveniente fijar un número impar y razonable (99 diputados, por ejemplo) para dejar de engordar una institución, la Asamblea de Madrid, que no necesita ya más diputados.

Y, en segundo lugar, hay que reflexionar sobre el 5% de barrera de entrada en la Asamblea que establece el Estatuto. Si la Asamblea se elige «atendiendo a criterios de representación proporcional» como señala el artículo 10.1 del Estatuto, suena poco proporcional que obtener más de 125.000 votos no sirva para lograr ninguno de los 136 escaños que se elegían en esta convocatoria. Con una circunscripción única, es poco intuitivo entender que a los partidos con representación les cueste en torno a 25.000 votos un escaño y, empero, un partido con casi 130.000 se quede fuera habiendo tantísimos escaños para repartir. Y hablando de reformas pendientes, del CIS y de su papel(ón), si les parece, mejor hablamos otro día...

Manuel Mostaza Barrios es politólogo y director de asuntos públicos de Atrevia.

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