Carlos Iturgaiz ha llegado a encabezar la candidatura del PP vasco gracias a un pacto con Ciudadanos al que su antecesor Alfonso Alonso se negaba. Pero a los dos minutos de ser designado candidato, Iturgaiz declaraba que si Vox y el PP no están unidos es porque no quieren los de Vox. Estas palabras, aun ancladas en la pintoresca circunstancia vasca, reflejan el desconcierto estratégico global del PP. Porque el que no debería querer tratos con Vox es el PP. Iturgaiz, pero también Alonso y muchos otros dirigentes del partido, parecen estar actuando en el mundo de ayer. Un mundo caracterizado por dos rasgos: la existencia de un nacionalismo leal en apariencia y la voluntad del Partido Socialista de representar al centro político. Este doble andamiaje vigente desde 1978 se ha derrumbado. El nacionalismo ha dado por acabada su lealtad constitucional y ni siquiera renuncia al delito. Y el Partido Socialista ha alcanzado el poder pactando con la delincuencia nacionalista y con un partido de extrema izquierda cuyo lugar en el mundo no debería ser la vicepresidencia del Gobierno, sino el lazareto -con guardería- ideológico.
La obesidad verbal no ilumina la realidad, sino que la sustituye. Esto no es un cambio de régimen, porque ni la democracia ni la monarquía están en juego. Pero sí se trata del cambio más drástico desde la Transición. Sus impulsores, prendidos en la acción y en la adicción, no parecen conscientes de ello. Más sorprendente es que no lo sean sus víctimas. Y que su comportamiento, en fondo y forma, no corresponda a la excepcionalidad política y, en especial, a la excepción de un sánchez cuya falta de limpieza no tiene precedentes. El PP, que es entre las víctimas la más poderosa y a la que cabe exigir mayor responsabilidad, ni puede estar pensando en trazar alianzas con un regionalismo pulverizado ni puede limitar sus objetivos a la reconstrucción de las derechas, como ha dicho un todavía aturdido Iturgaiz. En lo que el PP -y lo que quede de Ciudadanos- debe ponerse es en la reconstrucción del pavoroso vacío dejado en el centro (que no es el punto equidistante entre extremos, sino la diana de la acción) por la defección del Partido Socialista. Y eso supone la elaboración de un programa de reflexión, comunicación y adhesión políticas donde todo, empezando por las siglas, esté sujeto a la consideración de los actores. Para ganar a la izquierda bastaría, como bastó, la derecha. Para ganar a la izquierda nacionalista es imprescindible la izquierda que fue.
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