Andas, deambulas ensimismada por Madrid. Y a cada poco la calle te reclama, gamo en alerta, para evitar obstáculos, choques, estorbos. La línea recta desaparece cuando vas a pie. Patinetes eléctricos de startups que son invasión de chinches; bolardos diseño espinilla, rodilla o cadera al gusto del área de urbanismo de turno; terrazas que se reproducen como el milagro de los panes y los peces. Recorrer Madrid es un vals ebrio. La ciudad parece uno de esos pisos de Idealista, tan fascinantes y perturbadores, que abarrotados de figuritas de porcelana, tapetes, crucifijos, cuadros de petit-point y quincalla antigua, son una oda al horror vacui, al apego sostenido en los objetos y no en las personas, al gasto inútil y exacerbado.
Cómo entender aquellas meninas tan enervantes y horteras, todas patrocinadas y algunas perpetradas por empresas. "Arte público", lo llamaron, "iconos de la identidad plural". O estos osos y madroños, en homenaje a los trabajadores y trabajadoras esenciales de la pandemia. Sin duda, ellos y ellas sí sabrán qué servicio público haría un uso más cabal del dinero malgastado en estas 40 piezas inanes. Y tropiezas con la que han plantado en la plaza de los Cubos, pegada a las sillas del Cien Montaditos y tras un mamotreto de publicidad. Ruido, más ruido, no pierdas el vals.
¿Es esto cultura? ¿Esa réplica naranja y amarilla, por citar otra, del parque de Pinar del Rey -qué fortuna, no se olvidan de los barrios-, cuando su auditorio, como tantos, sólo cobra vida en contadas fiestas populares o durante el cine de verano? La cultura que invade Madrid como un escaparate de souvenirs. Suerte que el vecindario de Hortaleza es un hormiguero admirable.
Porque se privilegia el decorado, lo artificial, saturar el centro de luces de Navidad, banderas de España aquí y acullá, que siga el espectáculo de la capital convertida en síndrome de Diógenes. Lo esencial es que nadie se quede sin su imagen para Instagram; hecha para contemplar, no para vivir. Somos turistas en su propia ciudad, que pierden la cabeza por la novedad vulgar, por esos retazos de un Madrid convertido en materia estética y onanista.
Y sigues tu camino mientras esquivas poses para redes sociales, con la misma cintura que sorteas cabifys y repartidores con sus bicis, que se amontonan frente a restaurantes y cocinas fantasmas. Todo en esta ciudad se agolpa, es un boom tras otro. Y recuerdas ese piso de Idealista y entiendes por qué la saturación: los herederos no perdieron ni un segundo en ponerlo en venta.
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