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Feudalismo pedagógico

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La evidencia de que no hay competencias posibles sin contenidos y sin memoria que los conserve, de manera que el alumno se apropie de esos tesoros del saber, que-da reducida a blasfemia retrógrada para lo pedagógicamente correcto

Feudalismo pedagógico
ULISES CULEBRO

La Escuela pública (republicana) ha muerto.

A base de decretos arbitrarios, principios acientíficos y modas pedagógicas basadas en pensamiento mágico o en oportunismo político y económico se le ha dado sepultura mientras, con disimulo, se conserva su nombre. El resultado es su feudalización estamental, por la vía de la proscripción de facto del conocimiento, el estudio y la excelencia, y su correspondiente privatización, legitimada con los mantras ideológicos de los nuevos poderes eclesiásticos, dejando el acceso material a los privilegios de casta sólo a unas élites a salvo de la escolarización pública. De su muerte, el parto de un Antiguo Régimen digitalizado y antirrepublicano, en el cual el saber será un lujo reservado a los señores feudales del Metaverso. La red de centros bajo la jurisdicción de los ministerios de Educación y, en el grotesco caso español, de las consejerías de las CCAA, están cada vez más diseñados sólo para dar respuesta funcional a los desajustes sociales que las mutaciones sufridas en las últimas décadas han ido produciendo. El conocimiento está proscrito.

Cada vez más voces, con eco en publicaciones, manifiestos, congresos, encuentros y medios de comunicación, andan denunciando este deceso de la institución, alertando sobre las fatales consecuencias sociales, generacionales, económicas y políticas. Su influencia real es, sin embargo, nula; carecen del más mínimo poder para detener, corregir o, siquiera, atenuar una catástrofe determinada por el curso de los tiempos y el hundimiento y la rendición de Occidente. Y no cabe esperar una labor de saneamiento profundo de la escuela pública, aunque se produzcan cambios en el poder ejecutivo. Resucitar la escuela pública está vetado a diestra y siniestra por ceguera, debilidad, intereses y mediocridad, bajo el dictado de la UNESCO, la OCDE y, verosímilmente, de grandes multinacionales tecnológicas.

La reforma ya en marcha, implantada con carácter de urgencia sin los plazos razonables para un cambio de esa dimensión formal, decreta la disolución de las asignaturas, entendidas como disciplinas escolares vinculadas a conocimientos contrastados por la tradición científica y académica correspondiente y, por tanto, la marginación de la objetividad. Con el recurso al fetiche de lo nuevo y al de lo competencial se da la puntilla a la escuela pública y se consuma el expolio a los que menos recursos culturales y familiares tienen. La evidencia de que no hay competencias posibles sin contenidos y sin memoria que los conserve, de manera que el alumno se apropie de esos tesoros del saber, queda reducida a blasfemia retrógrada para lo pedagógicamente correcto. La desigualdad crónica y las barreras que impiden a los alumnos más desfavorecidos acceder a ciertos niveles de formación y trabajo están garantizadas. La inflación de notas se disparará aun más, acentuando la discriminación socio-económica (verdadera brecha, ya analizada por estudios solventes, que la legislación agrava bajo retórica progresista) y se enquistarán los privilegios de caudillos locales. El feudalismo educativo digitalizado, con sus fueros y estamentos, está ya aquí.

La indigencia escolar de los alumnos va unida a la precariedad laboral y profesional de los profesores, pues su formación será cada vez más irrelevante y hasta un obstáculo para la felicidad hipnótica propagada por la Santa Pedagogía 2.0. ¿Por qué pagar a un profesor de cualquier asignatura si no hay ya asignaturas que impartir? ¿Por qué pagarle por una función -acompañar y entretener- que fuerza de trabajo no cualificada puede desempeñar en condiciones laborales menos exigentes ofreciendo menos resistencias a su empobrecimiento y que, por (de)formación y filtros burocráticos, más imbuida estará de las bondades del pedagogismo imperante?

El conocimiento es necesariamente elitista. La cuestión queda, por tanto, reducida a la alternativa entre oligarquía o aristocracia, es decir, a establecer qué criterio de selección ha de operar. Vender la eliminación de cualquier criterio de discriminación es demagogia destinada a hacer pasar por equitativa e inclusiva la discriminación económica y social. Felices y entretenidos, los alumnos están siendo vendidos al capital tecnológico y las ideologías dominantes por los señores de la santa postmodernidad apocalíptica investidos con el timbre del progreso.

José Sánchez Tortosa es profesor de filosofía y autor, entre otros, de El culto pedagógico. Crítica del populismo educativo.

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