El presidente del Parlamento Europeo, David Maria Sassoli, ha fallecido esta madrugada en Aviano a los 65 años. Sassoli fue ingresado a mediados de septiembre en Estrasburgo tras empeorar su estado de salud. Pensaron que se trataba de Covid 19, o una pulmonía, pero se trataba de una deficiencia autoinmune de la que nunca llegó a recuperarse. Recibió un autotrasplante de médula (hace una década ya había pasado por eso al superar un mieloma) e intentó volver al trabajo en otoño, presidió incluso alguna sesión plenaria, pero el pasado 26 de diciembre fue ingresado de nuevo en el Centro Oncológico de Aviano, en el noroeste del país, y ya nunca pudo salir.
La vida de Sassoli estuvo marcada por cuatro grandes pasiones: su familia, la Fiorentina, el periodismo y la política. Casado con una arquitecta y padre de dos hijos, provenía de una familia de seguidores de Lorenzo Milani, un célebre párroco consagrado a la educación de los más pobres, lo que le marcó inmensamente. Dio sus primeros pasos en las asociaciones de scouts católicos y nunca terminó de alejarse de ellos, al menos en espíritu. Nacido en Florencia pero criado en Roma, se matriculó en Ciencias Políticas en la Universidad de la Sapienza, pero no se licenció. Su padre, periodista, le había metido ya la profesión en la sangre y arrancó muy joven haciendo prácticas en diferentes diarios y agencias de prensa, hasta entrar en la redacción de Il Giorno en la capital, donde permaneció siete años. Allí dio el gran salto a la Rai, donde se curtió como redactor y enviado especial hasta llegar a ser subdirector y convertirse en un rostro muy conocido y querido al frente del telediario.
En 2007, cuando nació el Partido Democrático, Sassoli dio el salto. El 2009 fue elegido eurodiputado y ya nunca se separó de Bruselas y Estrasburgo. Logró, por su popularidad, más de 400.000 votos, uno de los mejores resultados en toda la península, lo que le permitió ponerse al frente de la delegación. Muchos criticaron entonces su irrupción, pensando que se trataría de algo puntual, de aprovechar un rostro célebre pero vacío, pero él lo avisó entonces: "voy a dedicar el resto de mi vida a la política", y lo cumplió hasta las últimas consecuencias.
Quiso ser alcalde de Roma, en 2013, y no ganó las primarias, pero derrotó al que luego sería primer ministro, Paolo Gentiloni, ahora comisario europeo y vecino en la capital belga. En 2019, de forma completamente inesperada, se convirtió en presidente de la Eurocámara. Venía de ser un vicepresidente en la legislatura anterior, pero más por cuota que por talento. Era un enorme desconocido en un partido pequeño en un país en sus horas más bajas. Italia estaba dirigida por La Lega y Cinque Stelle, más lejos de sus socios comunitarios que nunca, en choques constantes con las instituciones comunitarias. Y dejaba el cargo otro italiano, Antonio Tajani. Aun así, el país demostró su capacidad única y sin igual de unirse cuando hace falta, de pelear, de influir, y logró el puesto. Y Sassoli, sin idiomas, padrinos, un carisma desbordante ni aparentemente la talla política, demostró más instinto, dotes y ambición de la que hasta entonces se le presumía.
Tenía alma política, pero poca experiencia. Tenía amigos en todo el arco del centro izquierda sobre todo, pero pocos aliados. Sin escuela, sin tradición, llegaba como un extraño a un mundo que siempre es difícil, pero que en Italia requiere un talento y una brújula única. Sus ideas y valores eran sólidos, pero sus dotes negociadoras necesitaban más "finezza".
Un europeísta convencido, elegante, caballero
Sassoli, en sus dos años y medio al frente de la cámara, ha consolidado su reputación como europeísta convencido, socialdemócrata de corazón y azote de la indiferencia. Frente al cambio climático, las violaciones de derechos humanos, la guerra, los abusos. Frente al maltrato a los emigrantes y demandantes de asilo. Frente a la indiferencia con que tratan, a menudo, a la Eurocámara y lo trataban a él. Su vida estuvo consagrada a dar voz y reivindicar derechos y oportunidades. Frente a una cámara o un hemiciclo, en las páginas de los periódicos y al inicio de cada Consejo Europeo, tratando de empujar a los líderes, siempre más cautos, conservadores y ambiguos que él.
Su mandato, corto, no fue sencillo. Lo marcó inevitablemente, la pandemia, el teletrabajo y el peso que cayó de forma abrumadora sobre la Comisión y el Consejo. Él intentó que el Parlamento mantuviera el protagonismo, pero el resultado fue más bien agridulce. Fue mejor portavoz de la cámara y sus valores que presidente en sí. Irritó a la mayoría de los grupos, por su forma de liderazgo y sus decisiones. Enfadó a sus socios e incluso a sus camaradas de grupo, empezando por los españoles, profundamente molestos por sus decisiones y su posición sobre los ex líderes independentistas catalanes convertidos en diputados. O por su proximidad y sintonía conPablo Iglesias, al que pidió expresamente conocer, con quien mantuvo una relación muy próxima y al que respaldó públicamente incluso en delicados momentos electorales.
Sus críticos denunciaban sus formas, sus rencores, el que se rodeara de un grupo muy cerrado de asesores y consejeros. Que era obstinado, rígido. Sus colegas apuntan hoy que era, ante todo, buena gente. Una persona normal, elegante y educada, algo inocente. Un caballero, uno de los pocos que quedan en la política. Emocionado hasta las lágrimas cuando fue elegido, incapaz de ocultar sus emociones, filias y fobias. Un progresista. Queda lo contagioso de su sonrisa, su gracia, humor y cortesía ("garbo", en italiano) en las distancias cortas. Su búsqueda, perpetua, de la justicia. "Las palabras que dicen la verdad tienen una vibración distinta de las demás", escribió como homenaje nada más llegar al cargo en la despedida de Andrea Camilleri.
Su carrera política, corta, intensa y atípica, le abrió más puertas de las que hubiera soñado al empezar. Se había consolidado en Bruselas, lejos de los centros de poder en Roma o Milán, en un partido en descomposición que busca ahora, con Enrico Letta, reconstruir lo que levantaron Walter Veltroni y Dario Franceschini, desde la antigua Margherita, y que se cargaron paso a paso entre Pier Luigi y Bersani y, sobre todo, Matteo Renzi, que tocó el techo pero quemó los cimientos como Nerón, cegado por la ambición y el poder.
Sassoli, con buena reputación, visibilidad europea y ningún cadáver en la capital, sonó de nuevo como posible candidato a la alcaldía de Roma (que ha terminado en manos de su segundo en la delegación de Estrasburgo y rival constante, Roberto Gualtieri), pero declinó por respeto a las instituciones y los ciudadanos europeos. E incluso su nombre apareció de nuevo en las quinielas este invierno como una de las posibles opciones para reemplazar a Sergio Mattarella como presidente. Hasta que la salud cerró todas las puertas.
En julio de 2019, cuando se pactó el reparto de los cargos europeos, quedó firmado que el italiano sólo estaría media legislatura, y que después dejaría paso a un candidato conservador. Tras este verano, sin embargo, los socialdemócratas se rebelaron. Argumentaron que el pacto de 2019 ya no tenía sentido, porque el equilibrio de fuerzas a nivel continental había cambiado, y que tenía más sentido que uno de los suyos siguiera al frente. Era una negociación complicada, pero Sassoli creía que había margen y que moviendo bien los hilos podría repetir. Empezaron los contactos, las negociaciones, pero su estado de salud precipitó todo. Los socialistas no presentaron candidato y la votación para su sucesora, casi con total seguridad la 'popular' Roberta Metsola estaba ya prevista para el martes que viene.
El 23 de diciembre, días antes de ser ingresado, dejó grabado un mensaje de felicitaciones Navideñas que resume sus posiciones, su actitud y su legado. En él evocaba como el último año había estado marcado por "el silencio del planeta y nuestro miedo", pero aplaudía la reacción que había llevado a construir "una nueva solidaridad". El presidente, el primero de una alta institución europea moderna que fallece en el cargo (si bien De Gasperi, un precursor y compatriota, lo hizo estando al frente de la Asamblea de la CECA) , cargó en vídeo como tantas veces en el Hemiciclo contra los muros levantados para dejar fuera "a los que pasan hambre y frío y huyen de la pobreza y de la guerra", avisando de que las fronteras en Europa se habían convertido en una línea muy fina "entre moral e inmoralidad, entre humanidad e inhumanidad".
Sassoli, al que los suyos lloran hoy destacando su compromiso, su europeísmo, su pasión y su defensa de la democracia, denunciaba que las desigualdades no son "ni tolerables ni aceptables" y celebraba el cambio de paradigma en la UE en los últimos años. Llevaba lustros criticando su pasividad, su conformismo y exigiendo acciones inmediatas y abandonar la indiferencia.
"El deber de las instituciones europeas es proteger a los más débiles, no pedir más sacrificios añadiendo dolor al dolor. "La esperanza somos nosotros, cuando no cerramos los ojos ante los que necesitan ayuda, cuando no levantamos muros, cuando combatimos todas las formas de injusticia. Los mejores deseos para estas fiestas, los mejores deseos para nuestra esperanza", zanjó en su último mensaje, un testamento del que estaría, del que estaba, orgulloso. Las palabras, las causas, los valores con los que aspiraba a ser recordado.
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