El primer ministro húngaro, Viktor Orban, se enfrentará a su sombra en las elecciones generales del año próximo. La alianza formada por los seis partidos de la oposición al partido gubernamental Fidesz elogió el domingo como candidato común a un conservador con tintes populistas, a un cristiano practicante tan defensor de la familia que es padre de siete hijos. El independiente Péter Márki-Zay, alcalde de la ciudad de Hódmezovásárhely puede convertirse para Orban en una pesadilla.
Márki-Zay, de 49 años y casado con su ex compañera de pupitre en la escuela, irrumpió en la política tras una larga trayectoria en el sector privado. Licenciado en Económicas, Ingeniería Eléctrica e Historia, la vida laboral de Márki-Zay arrancó en Canadá y posteriormente en Estados Unidos, donde trabajó en ventas de telefonía y automóviles. Tras su regreso a Hungría, pasó a formar parte de la plantilla de la compañía eléctrica en Szeged, primero como responsable de la planificación estratégica y más tarde de la gestión del servicio al cliente. El 25 de febrero de 2018, y ante la falta de candidatos dispuestos a intentar arrebatar a Orban su bastión en la ciudad de Hódmezovásárhely, dio un paso al frente. Sin pretenderlo, Márki-Zay se convirtió en el candidato único de la oposición y ganó. El próximo mes de abril deberá demostrar que el agrupamiento contra el enemigo común también funciona a nivel nacional.
Las encuestas dan al bloque opositor las mismas opciones de victoria que al Fidesz, con la ventaja de que Márki-Zay es un conservador más joven, más atractivo y mas ambiguo que Orban y esos son rasgos que aderezan una candidatura. Ha llamado "traidores a la patria" a los políticos de izquierda, que ahora forman parte de la alianza que le apoyará, y defiende las cachetadas en la educación de los hijos. Son declaraciones por las que ha pedido perdón y achacado a su carácter impulsivo, pero que comparten los electores tradicionales del Fidesz. Como alcalde, sin embargo, ha demostrado su capacidad para llegar a acuerdos con partidos divergentes y eso es lo que hace que Márki-Zay sea aceptable tanto para los votantes de izquierda como para los conservadores. Puede restar votos a Fidesz y atraer a indecisos.
Si la alianza contra Orban se mantiene cohesionada hasta la celebración de elecciones y la amenaza de fracturas será hasta entonces una constante, Márki-Zay podría hacerse con la victoria en las urnas. Pero sólo será eso, una mayoría de papeletas. Revertir las reformas de Orban para reconducir a Hungría por la senda democrática es otra cosa. La oposición, un conglomerado de partidos que van desde la ultraderecha a la izquierda, necesita para cortar las patas al pulpo una mayoría de dos tercios en el Parlamento. Fue esta "supermayoría" la que ha permitido a Orban modificar la Constitución, designar a los magistrados del Tribunal Constitucional, instalar a sus aliados en puestos clave en el Banco Central, en la Fiscalía y en la agencia de control de medios de comunicación. Sin una victoria de dos tercios en el Parlamento, el legado del autócrata transcenderá y en los doce años que Orban lleva en el poder el Fidesz está muy bien asentado.
Según las organizaciones no gubernamentales húngaras, el Gobierno de Orban, ha transferido a organizaciones privadas el control de casi una docena de universidades estatales y millones de euros a fundaciones dirigidas por sus aliados. El primer ministro está preparado para una resistencia de guerrillas en caso de que su partido no logre hacerse con una cuarta y consecutiva legislatura.
La elección de un candidato único por parte de la oposición no ha ido acompañada de la adopción de un programa político que aglutine los principios básicos de los seis partidos que forman el bloque. Comparten la urgencia de luchar contra la corrupción y la creación un nuevo sistema de Gobierno, más limpio y respetuoso con las libertades y derechos propios de una democracia, pero deberán convencer a los electores de que votar contra Orban no es votar por un futuro incierto. Será votar por la salud democrática que supone la alternancia, lo que Hungría no tiene desde 2010, cuando Fidesz se ancló en el poder. Y si Marki-Zay se alza con la victoria en abril, será votar por la normalización de las relaciones con la Unión Europea. Ese es uno de los objetivos del candidato opositor, que también se ha mostrado favorable a la introducción del euro en el país.
El desafío al que se enfrenta Hungría tiene precedentes. En Estados Unidos e Israel, por ejemplo, las facciones de la oposición han demostrado que dejar de lado temporalmente las diferencias y unir fuerzas puede vencer a líderes atrincherados y con inclinación autocrática. Pero los ejemplos de esos países también han demostrado la fragilidad de tales coaliciones y los desafíos que conlleva la reparación del daño ya causado. La influencia de Orban en Hungría no terminará cuando termine su mandato, de la misma manera que los legados de Donald Trump y Benjamin Netanyahu se ciernen sobre Estados Unidos e Israel, respectivamente. Al igual que el ex presidente estadounidense, Orban puede sentirse reconfortado por el hecho de que muchas de sus acciones, en particular el hecho de que los tribunales del país se llenen de leales, perdurarán mucho tiempo después de que salga de la política. Y al igual que el ex primer ministro israelí, Orban podrá presionar desde fuera, para que la coalición gobernante colapse.
El pasado mes de junio, con la alianza por "un cambio de Gobierno y de época" ya firmada entre el Partido Socialista, los izquierdistas Párbeszéd y Demokratikus Koalíció, los verdes del LMP, Momentum y el Jobbik, que lleva años moviéndose desde la extrema derecha hacia posiciones más centristas, hubo una primera y llamativa fractura. Jobbik se unió a Fidesz en la votación de la polémica ley que prohíbe contenido sobre homosexualidad y de género a los menores.
Conforme a los criterios de
