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Bielorrusia

Los refugiados afganos, la nueva arma de Alexander Lukashenko

Una treintena de refugiados afganos, atrapados en un ping-pong humano entre Bielorrusia y la UE

Dos mujeres refugiadas en Usnarz Gorny.
Dos mujeres refugiadas en Usnarz Gorny.AFP
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Las consecuencias de la victoria de los talibán en Afganistán se hacen oír también en Polonia. La crisis en la frontera al noreste del país centra el debate público, mediático y político desde hace dos semanas: una treintena de migrantes de nacionalidad afgana llevan ya más de 15 días varados en el limbo entre Polonia y Bielorrusia. Duermen al aire libre, sin acceso a ningún baño, bajo la atenta mirada de los guardias de frontera de ambos países que forman un cordón a pocos metros y no les permiten ni entrar en la Unión Europea ni volver a Bielorrusia. Su situación no parece tener una pronta solución.

Varsovia culpa a Minsk del problema y el primer ministro polaco, Mateusz Morawiecki, recalcó el pasado miércoles que los afganos "se encuentran en el lado bielorruso de la frontera, así que son responsabilidad de Bielorrusia". Por su parte, el dictador de la ex república soviética, Alexander Lukashenko, no tiene intención de dejarles volver a su territorio y bloquea los intentos polacos de proveerles de ayuda humanitaria (comida, ropa de abrigo y colchones).

La situación, sin embargo, desgasta al Gobierno del partido conservador Ley y Justicia que Morawiecki lidera. Diversas organizaciones sociales y partidos de la oposición piden acoger a los refugiados que huyen de un futuro muy incierto en el nuevo Afganistán bajo el control de los extremistas religiosos. Diputados de la izquierda se han desplazado durante estos días a la frontera, en el pueblo de Usnarz Górny, para interesarse personalmente por el estado de los migrantes atrapados en tierra de nadie.

Ni médicos ni periodistas

Maciej Konieczny, diputado del partido Lewica Razem, intentó en vano hacerles llegar sacos de dormir junto con miembros de una ONG. Los militares no le dejaron pasar, como tampoco han permitido el acceso a médicos o a periodistas. Konieczny criticó que, aunque el régimen de Lukashenko quiera usar a esas personas "como arma contra Polonia", el Gobierno polaco no puede "seguirle el juego, en lugar de actuar de manera humanitaria".

La misma opinión comparten la comisaria de Derechos Humanos del Consejo de Europa y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que en las últimas horas han pedido a Varsovia que "tome acción inmediata para proteger los derechos de las personas atrapadas en la frontera" y que les haga llegar comida, ropa y atención médica. El abogado Tadeusz Koodziej, miembro de la ONG Fundacja Ocalenie, dedicada a la defensa de los derechos de los refugiados, sostiene que esas personas han solicitado claramente asilo político, y que los guardias de frontera están obligados por la ley internacional a dejarlas entrar aunque la petición se formule solo oralmente.

La principal reacción del Gobierno polaco llega desde el Ministerio de Defensa, encabezado por Mateusz Baszczak, quien ha anunciado la construcción de una valla sólida de 2.5 metros de altura y el despliegue de más soldados. Baszczak sigue así los pasos de Lituania, donde el Parlamento también votó la semana pasada la construcción de una valla similar con Bielorrusia.

La situación en Usnarz Górny está lejos de ser anecdótica: Polonia afirma que ha habido más de 3.000 intentos de entrar al país en lo que va de mes, mientras que Lituania cifra en más de 4.000 los inmigrantes que han cruzado de manera ilegal desde Bielorrusia en lo que va de año, en su mayoría iraquíes. Vilnius acusa incluso al cuerpo fronterizo de Lukashenko de entrar en territorio lituano para empujar a los inmigrantes hacia la Unión Europea.

'Guerra híbrida'

Esta 'guerra híbrida' usando a refugiados como armas es la respuesta del aliado del Kremlin a las sanciones impuestas por la UE después de la escalada de represión de los últimos meses. Varsovia y Vilnius, así como Riga, lo toman como una revancha particular por el apoyo y asilo que han brindado a diversos miembros de la oposición a Lukashenko.

El primer ministro Morawiecki dice que a su Gobierno le consta que hay anuncios para animar a iraquíes a ir a Bielorrusia, donde se les escolta hasta la frontera y se les hace cruzar: "Simpatizo con la situación de estas personas, pero están siendo usadas políticamente y no podemos dejarnos chantajear". Diversas fuentes apuntan que Minsk trae a los inmigrantes por vía aérea y luego los conduce hasta el límite con la Unión Europea. Con el éxodo previsto desde Afganistán, nadie duda que el dictador ex soviético aprovechará la oportunidad para seguir metiendo el dedo en la llaga. Por eso se especula con las llamadas devoluciones en caliente.

Más allá del chantaje del régimen de Lukashenko, la realidad es que los peones del juego geopolítico son personas que llevan más de dos semanas viviendo al raso un limbo sin poder avanzar ni retroceder. Algunas ONG denuncian que las devoluciones en caliente, aunque no estén reguladas, son ya el pan de cada día en Lituania, Letonia y Polonia, y que Bielorrusia hace lo propio cuando los inmigrantes vuelven. El resultado es una triste partida de ping-pong con vidas humanas que, con el ascenso de los talibán al poder y el flujo de refugiados desde Afganistán, no parece que vaya a acabar pronto.

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