Josep Borrell había estudiado y conocía de memoria la letra de la canción, pero fue Sergei Lavrov, el más veterano y astuto de los ministros de Exteriores del continente, el que puso la música, marcó el ritmo y mandó durante el baile. El alto representante para la Política Exterior de la UE sabía que podía acabar en una trampa cuando propuso viajar a Moscú. Sabía que había muy poco que ganar y muchísimo que perder y que le iban a llover las críticas en el mejor de los casos, pero aun así siguió adelante. Su tesis es que cuando hay un problema hay que hablar, hasta con el Diablo, y que el silencio sólo empeora las cosas. "Es una mezcla de determinación, que está muy bien, y soberbia, que está muy mal. Hace falta iniciativa y arrojo en la Política Exterior, y Borrell está haciendo lo que sus antecesoras no quisieron. Pero hay que saber qué batallas luchar. La de ayer la perdió claramente y se le había avisado. Da igual lo que pasara a puerta cerrada, lo firme que diga que fue, porque de cara al mundo se llevó una bofetada y una humillación", resume una alta fuente diplomática.
La misión del alto representante va a ser recordada como un fiasco. Sacó, en público y en privado, el tema de Alexei Navalny, envenenado, arrestado y condenado hace apenas unos días. Estuvo durante semanas en contacto estrecho con su círculo y su familia, barajando opciones y estudiando de forma conjunta qué estrategia podría ser menos lesiva para el líder opositor. Habló de los Derechos Humanos, de los abusos, de la democracia. Y no sirvió para nada. Borrell cayó en la trampa del Kremlin, en algunas cosas como un principiante. Era su coreografía, iban a estar pactadas las preguntas con los periodistas locales. Y aun así no estaba preparado. Se sorprendió, improvisó y concedió muchísimo más de lo que debía. Jugó con las reglas de sus rivales y se distrajo con burdas encerronas sobre Cuba, EEUU o Letonia. Fue cargado de esperanzas, pero dejó, en Moscú y también en la amplia mayoría de capitales comunitarias, una sensación de falta de talla, firmeza y cintura.
Lo ocurrido este vienes hay que analizarlo desde varios prismas. Para Borrell es un fracaso y un problema. Fracaso porque sale tocado ante la opinión pública y los líderes continentales, que le vieron vacilar, dudar, repetir las líneas que tenía preparadas sobre Navalny y otros temas, pero sin capacidad de reacción cuando Lavrov atacó a la UE, a España o le atacó directamente a él. Minutos antes Rusia le había anunciado la expulsión de varios diplomáticos y no hubo referencias o lamentos en voz alta. Al revés: puso la otra mejilla: "pese a nuestras divergencias, construir un muro de silencio no es una opción", señaló.
Por si fuera poco, elogió la vacuna Sputnik y deseó que pueda venir pronto al rescate de la UE. Dijo que las sanciones no van a ser la respuesta a la persecución de opositores. Y atacó la posición del gran archienemigo, Estados Unidos, en otras partes del globo. Todo ello fue un error. Borrell tiene un altísimo concepto de sí mismo, de sus habilidades, de su experiencia, pero el último año ha mostrado que tiene enormes dificultades para lucir su talento y oratoria, su capacidad de choque cara a cara, cuando tiene que hacerlo en inglés o francés. Le faltan reflejos, recursos. Es un magnífico polemista, pero en Moscú no estaba preparado.
Lo ocurrido, además de un error, es un problema en al menos tres sentidos. El primero, porque el Kremlin le ha catalogado como 'paloma'. Los ministros españoles, desde Margallo como poco, tienen una posición hacia Rusia que en el resto del continente resulta siempre demasiado amigable. Y el incansable esfuerzo por buscar lo mejor de un vecino cuando éste no para de meter el dedo en el ojo no está funcionando. La idea de que dos no pelean si uno no quiere es una enorme tontería. Si uno no pelea, le dan una paliza. Y ahora cualquier gesto intentando compensar parecerá impostado.
La segunda razón del problema generado es que esto da fuerzas y argumentos a sus críticos. No tanto a los personales, que también, sino a los políticos (el Partido Popular Europeo y Renew Europe le atacaron inmediatamente y con contundencia) y a quienes desde todas las capitales buscan siempre cualquier resquicio para minar la labor de un alto representante. Los gobiernos quieren mantener la Política Exterior en sus manos y están dispuestos a tener un embajador de alto rango, pero no un ministro europeo que decida en su nombre. Que hable sí, pero no que guíe. Por eso no dejan de sentir cierta satisfacción cada vez que uno de ellos se da un golpe. El mensaje ayer era claro: por estas cosas es mejor que los Asuntos Exteriores estén en manos de los gobiernos y no de Bruselas.
Los Estados Miembro dieron el beneplácito al viaje de Borrell. No todos, pues en torno a media docena del Este y los Bálticos no quería una misión sin tener aprobadas sanciones por Navalny o sin poder visitar al preso (el Servicio de Acción Exterior de la UE consideró esta semana que ir a la cárcel supondría de facto asumir que la UE acepta y se resigna a la sentencia). Pero sí la mayoría, incluyendo los grandes. ¿Por qué? Porque a diferencia de Borrell, ellos sí tenían más que ganar que perder. Si salía bien, una victoria inesperada. Si salía mal, como ha sido, los palos se los lleva el español, no un ministro nacional o un líder.
El tercer motivo es que, a partir de ahora, la carta del diálogo queda estigmatizada y en evidencia de cara a la nueva administración estadounidense. El español ofreció su cara más amable y Lavrov, un maestro de la geopolítica muy por encima de todos los demás a nivel global, le machacó sin pestañear. La UE no se quiso o pudo presentar con sanciones, pero salió con expulsiones entre sus filas. Convencer al ala más dura dentro de la UE, a los halcones Bálticos por ejemplo, de que acepten seguir apostando por la vía que respaldan Borrell y su equipo va a ser muchísimo más difícil y le costará capital político, lo que le pueda quedar. Y eso, siendo el choque una alternativa que pocos quieren (entre ellos el probable sucesor de Angela Merkel, Armin Laschet.
En España las palabras sobre Cataluña han sentado mal, pero es el estilo clásico de Lavrov y Moscú. Hacen ruido, ensucian, enfangan, crean caos. Irritan sin que para ellos tenga la menor importancia ni requiera coherencia, pues las leyes en Rusia son severas para quienes propongan segregar el territorio. Todo vale para desestabilizar, enfrentar. En 2006, cuando era presidente del Parlamento Europeo y criticó las violaciones de DDHH, la respuesta de Putin fue la misma: denunciar la corrupción en España.
Para el resto de las capitales (ayer enfadadas con Putin pero mudas respecto a su enviado), lo ocurrido ayer puede ser una más, una de tantas. Comparado con los casos aviones violando el espacio aéreo, el espionaje, la injerencia en elecciones, los constantes ataques informáticos, el echar gasolina en todo tipo de conflictos, las invasiones, las amenazas militares o los envenenamientos de opositores, dos rejones a Borrell en una rueda de prensa no parecen el fin del mundo. En Moscú, en cambio, no pueden estar más satisfechos. Dividen a la UE, rompen la unidad, echan combustible a la crítica interna (y a las elecciones catalanas), debilitan al 'portavoz' comunitario, echan una bomba de humo sobre Navalny y todo en apenas unos minutos ante las cámaras y sin gastar un rublo. Son décadas de experiencia en este juego y pocos lo hacen mejor en el planeta.
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