INTERNACIONAL
Diez años de la Primavera Árabe

Un grito de dignidad que cambió la historia de Oriente Próximo y el Magreb

La pobreza, la falta de oportunidades y la escasez de libertad estallaron a finales de 2010 en Túnez, en protestas que se extendieron por todo el Mundo Árabe y que sacudieron dictaduras hasta entonces inamovibles. La región vive desde 2019 una segunda ola en países que habían pasado de puntillas

Manifestantes ponen flores en los fusiles de los soldados, el 20 de...
Manifestantes ponen flores en los fusiles de los soldados, el 20 de enero de 2011 en Túnez.
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Nadie imaginó que el acto solitario y desesperado de un joven vendedor ambulante inspiraría a millones de personas con ansias de dignidad y libertad. Hace una década, Mohamed Buazizi se quemó a lo bonzo en un pueblo del interior de Túnez llamado Sidi Bouzid. Fue un último gesto de protesta contra la arbitrariedad de la policía, contra la corrupción de un régimen que ahogaba a su gente, contra la falta de oportunidades. Fue un grito de rabia que enseguida contagió a todos los humillados de Oriente Próximo y el Magreb, la región más desigual del mundo. Mientras Buazizi agonizaba en un hospital, cientos de miles de personas que alguna vez se habían sentido como él en manos de sus dirigentes autócratas levantaron sus voces y salieron a protestar. El joven murió el 4 de enero. Para entonces, el fuego era imparable, con Túnez inflamado en unas protestas sin precedentes en el país y que pronto trasvasaron fronteras y fueron imitadas en toda la región.

"Mohamed ha iniciado una revolución en todo el mundo árabe". Fueron las palabras de Mannubia, la madre de Buazizi, cuando esta periodista la entrevistó, el 13 de enero de 2011, en Sidi Bouzid. Junto a la puerta de su humilde casa estaba apoyado el carrito de verduras quemado de su hijo. El mundo miraba con atención este desconocido punto del mapa, aunque todavía sin darse cuenta de la dimensión de lo que ocurría. Al día siguiente, 14 de enero, tras masivas protestas, el presidente Zin el Abidin Ben Ali abandonaba el poder y huía del país.

Fue el comienzo de un 'efecto dominó' que se propagó por todo el norte de África y Oriente Próximo en un movimiento de rabia colectiva que sacudiría cimientos, barrería regímenes, acabaría con décadas de dictadura y pondría a los ciudadanos en el centro del mundo árabe. La ebullición llegó a todos los rincones de la región, pero sobre todo echó raíces en las plazas de Egipto, Libia, Bahrein, Siria y Yemen, que se llenaron de personas, jóvenes y mayores, mujeres y hombres, con ansias de cambio. Pronto esta inédita efervescencia se conocería como Primavera Árabe en el resto del mundo, que veía una analogía con los movimientos en Europa del Este que llevaron a la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la URSS. Para sus protagonistas era, simplemente, 'Zawra' (Revolución).

La sacudida de esperanza y entusiasmo inicial tuvo oscuros espasmos que llevaron a cada país por derroteros diferentes. De todos ellos, sólo Túnez se ha salvado de la hecatombe y ha encauzado el proceso en un impulso democratizador, no sin altibajos, sombras ni retrocesos. En Egipto, tras asistir a la caída de Hosni Mubarak, celebrarse elecciones y ver el ascenso del primer presidente islamista, los militares volvieron a tomar el poder en 2013, en una contrarrevolución que ha redoblado la represión. En Bahrein, controlado por una monarquía suní cuando la población mayoritaria es chií, los aires libertarios fueron silenciados en pocas semanas.

Libia, Siria y Yemen están inmersos en la guerra desde entonces. En el caso de Libia y Yemen, la muerte de sus sátrapas -Muamar Gadafi y Ali Abdula Saleh- sólo sacó a la luz viejos conflictos internos que enquistaron la violencia, espoleada por la intervención de potencias internacionales y regionales. En Siria, tras vivir la pesadilla yihadista, Bashar al Asad está a punto de revertir una contienda que parecía tener perdida, gracias al apoyo de Rusia e Irán. Es el conflicto más sangriento de los que nacieron esos días: se ha cobrado al menos 380.000 muertos y hay 12 millones -la mitad de la población- de refugiados y desplazados internos.

Manifestación masiva en Túnez, el 14 de enero de 2011, día en que Ben Alí abandonó el poder.
Manifestación masiva en Túnez, el 14 de enero de 2011, día en que Ben Alí abandonó el poder.ZOHRA BENSEMRA / REUTERS

¿Por qué en estos países la revolución popular trajo la guerra? "La principal explicación no es en términos de guerra o paz, sino en términos de supervivencia. Asad comenzó la guerra para perpetuarse, creyendo que cualquier concesión dañaría sus opciones de seguir en el poder. Así, la opción de la guerra no era vista por estos regímenes como el peor escenario, sino como una manera de continuar al mando", responde Jonah Schulhofer-Wohl, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Leiden y autor del libro 'Quagmire in Civil War' (Cambridge), un estudio sobre por qué las guerras civiles se enquistan en determinados países. Y la clave de que los conflictos en estos tres países se hayan convertido en una ciénaga es, para este académico holandés, la interferencia de actores exteriores. "Estos conflictos no se han estancado por los rasgos de sus levantamientos ni porque las características del país los hagan difíciles de resolver. Se han embarrado por las decisiones de las potencias extranjeras y las elecciones de los grupos rivales en el país en respuesta a ellas. Eso es lo que produce el enquistamiento, más que la naturaleza de cada país", apunta el investigador, que residió en Siria y el Líbano y habla árabe fluido.

LA SEGUNDA OLA

Han pasado diez años desde que Buazizi inició aquella revolución, pero la Primavera Árabe no ha acabado. Está más viva que nunca. Lo demuestran las protestas que desde finales de 2018 y sobre todo en 2019 han estallado en países que inicialmente pasaron de puntillas por aquella primera llamarada. Sudán, Argelia, Líbano e Irak son ahora los focos de la explosión popular en Oriente Próximo y el Norte de África. Entonces y ahora, idéntica consigna: "El pueblo quiere la caída del régimen". Entonces y ahora, las mismas causas: la pobreza, la desigualdad, la corrupción, la falta de libertades, la carencia de servicios públicos.

"La revolución surgió por motivos socioeconómicos y también por demandas de carácter político. Pero estas causas de fondo persisten: problemas sociales y económicos, falta de libertades, corrupción, una brecha educativa y de género. Y eso se ha extendido a países que en 2011 no vivieron este proceso, como Argelia, Líbano o Irak", reflexiona Miguel Hernando de Larramendi, catedrático de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Castilla-La Mancha.

Una mujer se enfrenta a los antidisturbios en 2017, en una protesta que marcó el sexto aniversario de la revolución en Sitra (Bahrein).
Una mujer se enfrenta a los antidisturbios en 2017, en una protesta que marcó el sexto aniversario de la revolución en Sitra (Bahrein).HAMAD MOHAMMED / REUTERS

A esto hay que añadir el nuevo escenario dibujado por la pandemia. "El Covid-19 acentuará muchos de estos problemas porque la fragilidad económica empeorará en estos países, en los que el confinamiento ha afectado al sector informal. Es cierto que los Estados han reforzado su papel pero también les deja con enormes niveles de endeudamiento. Y esto en un contexto político en el que se han producido enormes retrocesos de las libertades y los derechos humanos. El ciclo de protestas continuará si no se dan respuestas a las expectativas de bienestar y justicia social", añade este investigador, que dirige el Grupo de Estudios sobre las Sociedades Árabes y Musulmanas (GRESAM) y viaja constantemente al terreno.

Ninguno de estos nuevos levantamientos surge de la nada, pues en los años precedentes ya hubo estallidos que o bien fueron reprimidos o no cuajaron. En Sudán, el aumento del precio del pan devolvió las protestas a la calle en diciembre de 2018. Cuatro meses después, Omar al Bashir fue puesto en arresto domiciliario por el ejército, que firmó un compromiso con la revolución y accedió a una transición de tres años hacia un régimen civil. En Argelia, la indignación que causó la pretensión del enfermo presidente Abdelaziz Buteflika de presentarse a un quinto mandato inundó las calles desde febrero de 2019. El ejército retiró el apoyo a Buteflika y su clan, ahora perseguido en los tribunales por corrupción, pero no dio un paso atrás. Tampoco los manifestantes, pero el Covid-19 supuso una ocasión de oro para sofocar las movilizaciones y aumentar la represión. Una historia parecida ha ocurrido en Irak y el Líbano, con las revoluciones que comenzaron en octubre. Ambas han hecho caer gobiernos y han zarandeado el sistema de reparto de poder por cuotas de población.

Aunque hay países que parecen haber pasado de largo por la ola de levantamientos populares, si se mira con un poco más de atención se advierte que también han vivido sus propios procesos. Aunque sus regímenes no hayan sufrido un 'tsunami', se han visto por lo menos embestidos por microdinámicas y movilizaciones más pequeñas. Marruecos vivió masivas protestas en la región del Rif entre 2016 y 2017. Jordania ha experimentado microprotestas que se han llevado por delante varios gobiernos en todo este tiempo. Las poderosas petromonarquías del Golfo, como Kuwait o Arabia Saudí tampoco se han librado de efervescencias políticas y protestas, en el caso de Riad resueltas con represión y silencio. "En países como Marruecos los movimientos sociales no han pasado a un nivel transversal o nacional, quizá no han cristalizado, pero no debemos pensar que todo es blanco o negro. Todas esas micromovilizaciones son un síntoma de que hay problemas de fondo no resueltos pero también crean dinámicas de organización, aprendizaje y experiencia", considera Hernando de Larramendi.

Sudaneses celebran la salida de Omar al Bashir y el acuerdo del ejército para iniciar una transición, en julio de 2019 en Jartum.
Sudaneses celebran la salida de Omar al Bashir y el acuerdo del ejército para iniciar una transición, en julio de 2019 en Jartum.M. NURELDIN ABDALLAH / REUTERS

Perder el miedo

Otra de las consecuencias de la Primavera Árabe es que el pueblo ha perdido el miedo a alzar la voz, a exigir a sus dirigentes ser tratado como ciudadano y no como súbdito, pese a que en muchos países aún pesa el trauma de la guerra civil, como en Argelia o Líbano. Tras estos diez años, la democracia es un concepto profundamente instalado en el imaginario regional y los árabes ya no se conforman con menos. El 76% de la población apoya un sistema democrático, según la Encuesta de Opinión Árabe publicada el pasado octubre por el Centro Árabe de Investigación y Estudios Políticos, con sede en Doha. Según este sondeo, el mayor realizado en la región hasta la fecha, con más de 30.000 encuestados en 13 países, desde 2011 la mayoría de las personas abordadas tienen una opinión optimista de la Primavera Árabe: el 58% piensa que fue positiva, pese al desarrollo posterior y aun con obstáculos en el camino, el 48% cree que finalmente se lograrán sus objetivos.

Salwa Kennou, veterana activista y presidenta de la Asociación de Mujeres Tunecinas para la Investigación sobre el Desarrollo (Afturd), que trabaja por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, es ejemplo de lucha y perseverancia salvando dificultades. "El verdadero cambio no lo hemos visto aún, pero sí la movilización hacia él. Tenemos aún un largo combate por delante, pero vemos rayos de sol porque no hemos reculado durante los últimos años, sino incluso avanzado un poco", dice optimista sobre las conquistas de las mujeres.

El mundo no sólo ha observado las transformaciones en este rincón sino que también ha aprendido de ellas. Y la prueba es que tras ver a los árabes manifestarse, otras sociedades y sectores han seguido sus pasos. De Hong Kong a Chile, pasando por Francia y los 'chalecos amarillos', la movilización es una tendencia global que se ha incrementado de forma creciente en 2019. "El recurso a la protesta como herramienta de expresión y compromiso cívico se ha intensificado en todo el mundo en la última década, exponiendo la crisis de los sistemas de representación y las transformaciones en curso en la relación entre los gobiernos y sus ciudadanos", constata Hernando de Larramendi.

Cerrando el círculo que se originó en Túnez, la efervescencia social continúa en el pequeño país mediterráneo. En las últimas semanas se multiplican las protestas en la cuenca minera de Gafsa, una de las regiones donde prendió la llama hace diez años. La niebla de los gases lacrimógenos ha vuelto a teñir las calles ocupadas por jóvenes licenciados y obreros en paro, exigiendo oportunidades laborales y salarios dignos.

"Las reivindicaciones [de 2011] reclamaban libertad contra la dictadura, pero también iban contra un modelo económico que ha creado pobreza y desequilibrio regional. Todavía seguimos pidiendo crear un nuevo Estado con justicia social e igualdad", recuerda Ramy Sghayer, originario de Gafsa, que hace una década, a sus 25 años, participó en la revolución contra Ben Ali y sigue hoy al pie del cañón.

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