El rebrote del virus, el segundo confinamiento en medio año que eleva el malestar social y la recesión económica, la tensa polarización en torno a la figura del primer ministro Benjamin Netanyahu, el desunido Gobierno de unidad tras tres duras elecciones en once meses y al borde de las cuartas y la asignatura pendiente de la relación entre el Estado y el sector ultraortodoxo llevan a Israel a una crisis sin precedentes. Y éstos no faltan en sus 72 años de historia.
La desescalada, prevista a partir de la próxima semana, acabará gradualmente con el cierre pero no cerrará viejas y nuevas heridas. "Nunca imaginé con qué intensidad nos golpearía esta desunión", admite preocupado el presidente Reuven Rivlin.
La situación de emergencia especial contiene la segunda ola del Covid-19 pero no el virus de la crispación en la calle y en la coalición donde el bloque de la derecha liderado por Netanyahu y el centroizquierda del ministro de Defensa, Benny Gantz, se atacan sin pausa. Asaf Zamir, que dimitió como ministro de Turismo, acusa a Netanyahu de pensar más en su interés político que en la pandemia. "Azul y Blanco debe decidir si quiere luchar contra el virus o contra el Gobierno del que forma parte", replica el Likud.
La ley del confinamiento limitó la semana pasada las manifestaciones centrales en Jerusalén contra Netanyahu, juzgado por corrupción, pero las extendió a todo el país como no se veían desde las protestas sociales del 2011. "Bibi [Netanyahu] busca sacrificar la democracia por su supervivencia política y judicial. No podemos tolerar que un corrupto gobierne el país", denuncia la actriz Orna Banai. "Los manifestantes son anarquistas que no respetan las normas y abrazan el virus", acusa la ministra de Transportes, Miri Regev, mientras Yair Netanyahu lanza mensajes incendiarios en Twitter contra todo aquel que critique a su padre.
La gestión económica ante el virus alienta críticas y divisiones. "Nadie quiere odio entre hermanos o anarquía", comenta Rivlin antes de revelar: "Siento la ira en las calles". Según una investigación de la Universidad Bar Ilan en 2019, el 80% de israelíes admite que la sociedad está fracturada.
El confinamiento es más hermético que el primero pero menos respetado dado que muchos ciudadanos han perdido la confianza en el Gobierno. Unos porque se oponen a Netanyahu, otros por las decisiones confusas o con fuerte aroma político y todos porque numerosos ministros y diputados incumplieron las normas sanitarias que ellos mismos aprobaron.
Tras ser ejemplo de gestión en marzo, Israel pasó a tener una de las mayores tasas de casos diarios por habitante. El 34% de los enfermos pertenecen a la comunidad ultraortodoxa pese a que su porcentaje en la población es el 12%. El virus pone a prueba la integración de este sector frente a su tendencia natural al aislamiento y profundiza la segmentación en esta comunidad. La minoría radical en el sector prefiere la ayuda divina a la mascarilla, lo que aumenta el porcentaje de contagios, enciende protestas por el cierre de sinagogas y amplía la brecha sociocultural con el resto de la población y el propio Estado. Muchos jaredíes se sienten observados con lupa acusatoria por amplios sectores indignados por su actitud que afecta a todo el país.
"Si los laicos dicen que manifestarse o ir al restaurante es fundamental, para mí lo es rezar y estudiar la Torá", dice a EL MUNDO un joven del grupo jasídico minoritario antisionista Toldot Aharon en Mea Shearim. El incumplimiento de las normas de Sanidad de sectores de este barrio ultrareligioso en Jerusalén, la vida comunitaria y la demografía (la media es siete hijos por familia en casas pequeñas) son el mejor aliado del virus.
UN GOBIERNO DIVIDIDO
La incertidumbre económica se debe también que el último presupuesto aprobado se remonta a marzo del 2018. Dado que el Parlamento se disolverá automáticamente si no hay acuerdo sobre el presupuesto antes del 23 de diciembre, Netanyahu congela su avance para garantizarse una salida a las urnas que anule su acuerdo de rotación e impida que Gantz le releve el próximo año. "Evitar el presupuesto para 2021 significa que prefiere intereses personales al bien de los ciudadanos", denuncia Gantz.
El 65% de israelíes afirma que la gestión de Netanyahu ante el virus es mala. En mayo, le daban 41 escaños, cinco más que las elecciones en marzo. Ahora, 26. La pandemia ha convertido a su rival en la derecha Naftali Bennett en alternativa. Otro ejemplo de los altibajos que causa el virus: En abril del 2019, Bennett no obtuvo suficientes votos para estar en la Knésset. Un año y medio después, los sondeos le otorgan 23 escaños -a sólo tres del 'premier'- al recoger el descontento en la derecha y en el centro que premian su activismo contra el virus.
El Covid-19, que ha causado 2.021 muertos en Israel, ha difuminado las fronteras entre derecha e izquierda aparcando la vieja discusión sobre el conflicto con los palestinos. La agenda se centra exclusivamente en la pandemia y en Netanyahu. Si por alguna razón sobrenatural, el líder conservador decidiera dimitir hoy dejaría como principal legado el histórico acuerdo con dos países árabes pero también un pueblo más dividido que nunca.
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