Las imágenes exhibidas ayer a los diputados sobre el asalto a Melilla no son el único material para reconstruir lo que pasó. La Fiscalía de Extranjería, que estudia lo sucedido desde el punto de vista penal, ha recibido, además de esas imágenes, más información de la Guardia Civil. Por ejemplo, la declaración en la Comandancia de Melilla de uno de los agentes que ese 24 de junio se enfrentó a los subsaharianos.
El agente explica que lleva en Melilla desde el año 2000 y que ha participado «en numerosas actuaciones de contención» por otros saltos masivos, pero que «ninguna de estas intervenciones anteriores se puede comparar». Ese día advirtió «una beligerancia, hostilidad y violencia inusitadas por parte de la masa de subsaharianos dispuestos a pasar por encima de los guardias civiles a costa de las vidas de los agentes con tal de poder acceder a territorio nacional».
«Afortunadamente», dice, se decidió una retirada antes de que se forzaran definitivamente las puertas que daban paso al lado español. «De haber permanecido en el lugar habría perecido a manos de los subsaharianos», asegura, según el acta de la declaración remitida a la Fiscalía.
El guardia, miembro de un pelotón enviado a primera hora de la mañana a la frontera, asegura que no temió por su vida, pero insiste en que los subsaharianos estaban dispuestos «a alcanzar el objetivo de llegar a Europa aun a costa de la vida de los agentes».
De haber seguido en el lugar habría perecido a manos de los subsaharianos
Esta es su última frase de la comparecencia, que se inicia explicando que ese día recibe un aviso a las 5.30 horas. La orden es poner en marcha «un dispositivo antiintrusión». Tras un rato de confusión, su pelotón se centra en los accesos de la zona del Barrio Chino, donde acceden al interior del paso fronterizo. «Advierten que los subsaharianos se encuentran en el interior de la zona aduanera marroquí y están intentando violentar las puertas». Les ordenan entrar, «valorar la situación y actuar en consecuencia». Con «precaución», abren la puerta exterior del recinto, recorren unos 50 metros hasta la zona de control documental y fiscal y desbloquean una de las puertas de tornos giratorios. Ven que en la zona marroquí hay «al menos un millar de personas». Están intentando abrir varias puertas a la fuerza. En la de la izquierda emplean «un hacha». En la del centro, «una maza» con la que golpean de forma contundente las bisagras. De una tercera puerta a la derecha «saltan chispas»: es una radial aplicada al cerrojo. Informa de cómo está la situación y se les ordena usar gases lacrimógenos. Emplean media docena de botellas, pero no basta.
"Perfectamente organizados"
El motivo es que los subsaharianos «estaban perfectamente organizados» y existía «un reparto de funciones». Un primer grupo «llevaba herramientas con las que forzaban las puertas». Otro se encargaban de alejar a los guardias de la puerta, «con palos de metro y medio de largo» y, en la punta, «elementos cortantes o punzantes». Un tercer grupo «neutralizaba» la actuación policial. «Habían ganado la altura y desde allí apedreaban sistemáticamente a las Fuerzas de Seguridad».
El relato sigue con los asaltantes ganando terreno y los agentes recibiendo una lluvia de piedras. El testigo recibe cuatro pedradas fuertes, una de las cuales le deja conmocionado. Otra que le da en el pie proviene de alguien que está en «el tejado nacional» y que «en lugar de intentar superar al resto de obstáculos físicos y entrar en territorio nacional permanecía [...] lanzando piedras».
Llega un momento crítico tanto por «las bajas» del pelotón que estaba en el punto de contención como por «la inminente rotura parcial o total de las puertas». El responsable del equipo ordena retirarse al exterior del paso fronterizo. Unos minutos después, los subsaharianos sortean el vallado, «accediendo un número indeterminado a territorio nacional». La nueva orden es formar un cordón de contención. Allí, explica el testigo, controlan a «medio millar de subsaharianos» sin dejar de recibir pedradas del grupo al que intentan controlar.
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