Con Francia de retirada en el Sahel y la influencia de Rusia debilitándose en Libia y Argelia como consecuencia de su invasión de Ucrania, el norte de África vive una época de arenas movedizas. A este escenario cambiante se añade el trastocamiento de los equilibrios provocado por el reposicionamiento de España con respecto al conflicto del Sáhara Occidental. El presidente, Pedro Sánchez, abandonó el 18 de marzo la tradicional neutralidad de España en favor de las resoluciones de Naciones Unidas para ponerse claramente del lado de Marruecos y defender su propuesta de integrar a la ex colonia bajo su soberanía sin consultar con la población originaria del territorio, los saharauis, y su representante, el Frente Polisario.
Esta semana, se escenifican los realineamientos: el secretario de Estado norteamericano, Antony Blinken, visita Rabat y Argel, adelantándose a la visita, el viernes, del ministro de Exteriores, José Manuel Albares. El Sáhara Occidental está considerada la última colonia de África, pero es también un conflicto que creció al calor de la Guerra Fría y la influencia de los bloques en la región. Ahora, el orden que emergió tras el desmoronamiento de la URSS, se está poniendo a prueba en el Magreb.
Marruecos, aliado clave de EEUU
El reino alauí ha encontrado tradicionalmente uno de sus mayores aliados en EEUU y Washington siempre ha apoyado las tesis marroquíes en su búsqueda por controlar el Sáhara Occidental. Durante la Guerra Fría, EEUU se opuso a la independencia de los saharauis, alegando que serían un 'proxy' de la Unión Soviética en la región. Terminado el conflicto de bloques, a principios de siglo Marruecos se convirtió en el mayor colaborador en la zona para la 'guerra contra el terror' de EEUU. La alianza sigue en vigor, fortalecida por el espaldarazo del entonces presidente Donald Trump, que en diciembre de 2020 selló su legado reconociendo unilateralmente la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. El apoyo de Trump fue el verdadero elemento disruptivo en el escenario geoestratégico regional, cuyo puzle aún está en medio de una gigantesca recomposición, pero que envalentonó a Rabat para encararse a la UE. El viernes, el presidente, Joe Biden, reforzó este mensaje. Los intentos de Marruecos de que otras potencias europeas -como Alemania y España- siguieran los pasos de Trump han dado frutos después de una enorme presión en todos los flancos. El reino ha vuelto ya los ojos hacia Francia, a la que reclama salir de su "inmovilismo" y dar un apoyo directo a sus pretensiones sobre el Sáhara. Hasta ahora, Francia ha sido uno de los grandes apoyos de Marruecos en el conflicto, junto a EEUU, pero en la retórica no ha emulado aún al presidente republicano, que afirmó que el plan de autonomía era la "única" base para solucionar el conflicto, como sí ha hecho ahora Sánchez. En los últimos meses Francia intentaba congraciarse con Argelia, pidiendo perdón por las exacciones coloniales.
Argelia, el grifo del gas a Europa
La república petrolera se ha situado tradicionalmente en la órbita rusa y enfrentada a todo lo que representara Francia, su antigua potencia colonial y con la que libró una larga guerra de la independencia que culminó en 1962. De su doloroso y violento nacimiento como Estado independiente le viene ser abanderado histórico de los pueblos oprimidos por las metrópolis europeas. Esta es una de las razones por las que es el principal sostén de la causa saharaui desde sus inicios, aunque también influye su rivalidad con Marruecos por la hegemonía en el Magreb y su proximidad con la antigua URSS. Hay que recordar que el alto el fuego que Marruecos y el Frente Polisario firmaron para poner fin a su enfrentamiento bélico ocurrió en 1991, en pleno desplome del bloque soviético. Poco después se desató en Argelia una guerra civil que desangró el país durante una década. Salió maltrecho del conflicto fratricida pero en los primeros 2000, el alza de los precios del petróleo le dio un respiro. Durante la 'guerra contra el terror' de EEUU, Argelia se acercó también a Washington y Bruselas, que le consideraron un socio importante.
Pasó de puntillas por la primera oleada de las llamadas Primaveras Árabes en 2011, que sí le dio de lleno en la segunda, en 2019, cuando cayó el presidente, Abdelaziz Buteflika, pese a haberse llevado los honores de pacificar el país 20 años antes. Pero el régimen se ha mantenido, aunque debilitado. A ello se le añade la pandemia, que agrava la crisis socioeconómica. La guerra en Ucrania ha reforzado su papel como suministrador de gas natural a Europa, siendo como era ya el principal abastecedor de esta energía para España y Portugal. Pero el deterioro de sus relaciones con Marruecos, entre 2020 y 2021, le llevaron a tomar la decisión de cerrar el Gasoducto Magreb-Europa, que pasaba por Marruecos en su camino hacia la Península y que ni en los peores tiempos del 'decenio rojo' había cerrado sus grifos. La crisis energética europea al calor de la guerra de Ucrania representa para Argel una oportunidad para acercarse a Europa y convertirse en socio vital. Italia gana enteros para conseguir ser puerta de entrada del gas argelino. La abstención de Argel en la resolución de condena a Rusia por la invasión de Ucrania en la Asamblea General de la ONU, el 2 de marzo, habla de forma elocuente de sus nuevos intereses. Aunque esté encolerizada por el giro imprimido por Sánchez.
Una guerra en el desierto
Europa ha prestado muy poca atención a una guerra que se ha reactivado en su flanco sur. Sí, el conflicto del Sáhara Occidental vuelve a ser un enfrentamiento militar armado. En noviembre de 2020, casi un mes antes del tuit de Trump, una incursión de soldados marroquíes en la zona desmilitarizada de Guerguerat provocó que el Frente Polisario viera en ello un 'casus belli' y declarara roto el alto el fuego de 1991. Aunque los combates permanecen en un grado de baja intensidad desde que se reactivaron, siempre existe el riesgo de que cualquier chispa provoque una escalada militar que desestabilice no sólo el Magreb, con ramificaciones a Argelia y Mauritania, sino también el Sahel, una franja en ebullición desde hace una década.
Carrera armamentística Rabat-Argel
En los últimos tiempos, la alianza de Marruecos con EEUU en su 'guerra contra el terrorismo' ha traído la necesidad de modernizar sus fuerzas armadas, siendo uno de sus puntales las maniobras militares 'African Lion' que el Pentágono programa anualmente. Washington ha facilitado la adquisición de cazas y helicópteros de combate, a los que se añaden sofisticados drones MQ-9b Sea Guardian. El reino ya opera desde hace años con aviones no tripulados israelíes y turcos que ya han entrado en acción en el frente sahariano. El rearme de Marruecos con ingenios de última generación estadounidense trajo como contrapartida la reacción de Argelia, que negociaba la compra de baterías antiaéreas rusas S-500 antes de la guerra en Ucrania. Argelia -que ya contaba con los sistemas S-400, era el año pasado el tercer importador de armas rusas en el mundo. Según datos del 'think tank' sueco Sipri, en 2020 el gasto militar de Argelia alcanzó el 6,7% de su PIB, mientras que el de Marruecos ascendía al 4,3%, los mayores de la región. En mayo, un informe del Instituto Seguridad y Cultura alertó de que "el proceso de rearme marroquí y las mejoras en sus capacidades militares como producto de su competencia con Argelia, y una posible redirección de su atención a Ceuta y Melilla tras lograr el reconocimiento de su soberanía sobre el Sáhara podrían incrementar los riesgos en la región del Estrecho de Gibraltar y la amenaza militar sobre España".
Libia, fuera de juego
En tiempos del coronel Muamar Gadafi, Libia apoyaba al Frente Polisario en su guerra contra Marruecos. Las alianzas del 'Hermano Líder' eran caprichosas y no siempre fueron fluidas con los saharauis, pero su desaparición y la de su régimen, en 2011 dejó fuera de juego a uno de los países clave del Magreb, aunque muchas veces fuera un verso suelto. Libia lleva desde entonces sumida en el caos, incapaz de superar el vacío que dejó la Yamahiriya, la excéntrica República de Masas que inventó Gadafi. Las milicias armadas que derrotaron al ejército gadafista están enzarzadas en una disputa por el poder que también se ha recrudecido en el fuego de las rivalidades este-oeste. En el conflicto interlibio mucho han tenido que ver las injerencias extranjeras e incluso Francia e Italia han sido rivales en Libia al respaldar a facciones diferentes, lo que ilustra el choque de intereses ante el pastel del petróleo libio, de nuevo con Italia bien posicionada. Rusia ha ejercido un papel destacado sustentando al mariscal Jalifa Haftar, 'hombre fuerte' de la Cirenaica y líder del autoproclamado Ejército Nacional Libio. En su momento, Haftar también tuvo el beneplácito de Trump y del presidente francés, Emmanuel Macron. Con el apoyo de miles de mercenarios rusos de la firma privada Wagner y armamento de Emiratos Árabes Unidos, el 'señor de la guerra' se enfrentó entre abril de 2019 y junio de 2020 a las fuerzas del Gobierno de Unidad Nacional (GNA) -apoyado por la ONU y con el apoyo militar de Turquía- hasta caer derrotado. Aunque en octubre de 2021 se alcanzó un alto el fuego y luego se acordó celebrar elecciones, la votación sigue en el aire y hoy en día Libia vuelve a estar dividida entre dos gobiernos rivales. El estancamiento del proceso libio empeora con la debilitada presencia actual de Moscú y la crisis alimentaria que se avecina ante la dependencia del trigo de Ucrania, de donde importaba el 43% de este cereal.
La decadencia de Francia en el Sahel
Desde que intervino en Mali en 2013 para contrarrestar el avance del terrorismo yihadista en esta franja que va del Atlántico al Pacífico, lejos de ver el problema resuelto Francia ha ido atisbando cómo el contexto saheliano se le vuelve cada vez más hostil. En mayo de 2021, una junta militar se hizo con el poder en Bamako, lo que evidenció la gradual pérdida de influencia francesa mientras Rusia iba tomando posiciones, tanto políticas como militares. Ante la pérdida del favor de Bamako, Francia ya anunció el pasado verano que reducirá drásticamente su presencia militar en la zona y esta retirada arrastra al contingente europeo que apoya a sus fuerzas. A mediados de febrero, Francia y sus socios europeos que apoyan con tropas e instructores sus misiones en Mali y el Sahel -entre los que está España- acordaron la retirada coordinada de sus fuerzas, al considerar que no se dan las condiciones para continuar luchando contra la amenaza terrorista en la zona. Esta misma semana, el jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell, matizó que la UE va a "graduar" la presencia de la misión EUTM en Mali, donde España es el mayor aporte tras Francia. Considerada "frontera avanzada" de Europa, el Sahel es clave para contener el yihadismo y los flujos de migración ilegal. Ahora, la región cambia la órbita europea por la de Rusia. Antes de la guerra de Ucrania, Wagner se había desplegado en Mali, República Centroafricana, Sudán o Mozambique.
Israel, el 'nuevo' actor
El reconocimiento de Trump de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental tenía una contrapartida para Rabat: restablecer los contactos diplomáticos con Israel y firmar los llamados Acuerdos de Abraham. La 'entrada' de este nuevo actor en el Magreb ha añadido gasolina al enfrentamiento entre Marruecos y Argelia. Durante su primeva visita, el pasado agosto, a Rabat, el ministro de Exteriores israelí, Yair Lapid, expresó su preocupación por "el papel de Argelia en la región, que se ha acercado a Irán". La afirmación enfureció a Argel, que la consideró una "amenaza velada", encendiendo la chispa de la ruptura de relaciones diplomáticas con Rabat ese verano. En el reequilibrio de fuerzas regionales, Marruecos tiene en Israel no sólo un lazo que refuerza más su alineamiento con EEUU, sino un socio clave en transferencia de tecnología, Inteligencia y armamento, en el marco del acuerdo de Defensa y Seguridad firmado en noviembre. Los drones son ya un elemento diferenciador de esta segunda guerra entre Marruecos y el Polisario. Y la red espía del 'software' israelí Pegasus en manos marroquíes ha abierto brechas de seguridad entre responsables del Gobierno argelino e incluso activistas saharauis en los territorios ocupados como Aminetu Haidar, según denunció recientemente Amnistía Internacional.
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