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La maldición blanca de Luis Enrique

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Luis Enrique, en Las Rozas.
Luis Enrique, en Las Rozas.Pablo GarciaRFEF/EFE

Puede que Luis Enrique sea la excepción a la única norma del esnob insoportable que sigo a rajatabla: la gente que cae mal me cae bien. Me pasa con Fernando Alonso, con Peter Handke, con Bunbury y me pasaba con Pablo Iglesias. Es una prevención natural contra el gusto mayoritario que también opera al revés: la gente que cae bien me cae horrible, desde Vicente del Bosque hasta Revilla -los bigotes del Pueblo-, por no hablar de James Rhodes, si es que aún goza de alguna popularidad fuera de los jardines de Moncloa.

Luis Enrique cae mal a todo el mundo menos a los antimadridistas, con los que el seleccionador asturiano mantiene deferencias periódicas para renovarles el afecto a costa de la ira o la indiferencia de todos los demás. Pero su decisión de no llevar a ningún jugador del Real Madrid a un torneo de selecciones por primera vez desde 1934, año del Mundial en que debutó España, empieza a cobrar categoría de maldición bíblica. ¿Será recordado el paso de la Selección por la Eurocopa de 2021 como aquel en que un equipo infectado y anónimo fue apeado de la competición a las primeras de cambio, ante el general encogimiento de hombros de la primera afición del país?

Si los peores pronósticos de los que entienden de fútbol -no es mi caso, por fortuna- se confirman, Luis Enrique podrá presentarse a un casting de capitán Ahab en una adaptación de Moby Dick, como hace Michael Douglas en El método Kominsky. Sin duda lograría el papel, marcado como está por la obsesión de la ballena blanca, esa que en su peor momento aún sabe dar coletazos, llegar a semifinales de Champions y disputar la Liga hasta el último cuarto de hora. Y tiene el vientre lleno de más trofeos que nadie.

Arranca la Eurocopa y experimento dos inclinaciones quizá impopulares. Defiendo en primer lugar que todos y cada uno de los integrantes de la expedición nacional a la Eurocopa debieron ser vacunados enseguida, con luz y sin complejos, porque hay funciones esenciales en una sociedad que solo el fútbol puede desempeñar. Y en segundo lugar confieso que me cuesta mucho no animar a la Francia de Benzema, desagraviado de una injusticia histórica por la constancia de su esfuerzo en el campo para ameritar el indulto, guiado por un compromiso inequívoco con una Francia reagrupada, talentosa y mestiza. Nada que ver con el expediente supremacista de otros próximos indultados. Pero viva España pese a todo, muchachos. Salgan ahí fuera, sanos o convalecientes, y silencien sin contemplaciones nuestras bocas agoreras. Ojalá.

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