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Luis Enrique ya ha perdido

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Luis Enrique ya ha perdido

Luis Enrique perdió el mismo día que dio la lista. Y él lo sabía. Y, siendo como es, le daba igual. España siempre ha salpimentado su tendencia al seleccionador conciliador, de Miguel Muñoz a Vicente del Bosque, con caracteres mucho más confrontacionales que, casualmente, han ejecutado jubilaciones impopulares. Clemente cerró la etapa de la Quinta del Buitre, Luis Aragonés rompió con Raúl y el asturiano, ahora, renuncia a Sergio Ramos. Desde ese mismo momento, los tres se convirtieron en enemigos públicos para gran parte de la afición mayoritaria de este país y, por extensión, para ciertos periodistas. Enemigos públicos más allá de sus resultados, notables para el de Baracaldo, magníficos del de Hortaleza y aún por ver los del gijonés. Todo lo que haga Luis Enrique en las próximas semanas estará mal.

Y ha hecho cosas mal, sin duda. Especialmente esa decisión de no utilizar las 26 plazas posibles en tiempos de Covid. Por más que lo explique, y tampoco se ha esforzado demasiado en ello, no hay por dónde cogerlo y el virus ha tardado muy poquito en dejarle en evidencia. Pero, llegados a este punto, nada hubiera cambiado: con dos positivos y el temor razonable a que lleguen más, la burbuja alternativa con otros futbolistas se hubiera tenido que hacer igual. Es improvisación, claro que es improvisación: así llevamos funcionando desde hace año y pico, todos y en todo, en estos escenarios sin precedentes. Improvisar ni es evitable ni es criticable, es nuestra nueva forma de vida. Tampoco dependía de él la vacunación ni ha sido el genio que decidió mantener una Eurocopa itinerante en pandemia. No es Laporte el primer nacionalizado exprés (ni el peor) pese a que se cuestione su españolía como si, de golpe, nos importase el sentimiento de pertenencia en el fútbol profesional. No importa. Luis Enrique dio la lista y, desde entonces, cualquier chinita es una bala de cañón. Le están esperando.

Pero a Luis Enrique todo ese ruido le da igual y así debe ser, porque sabe que se enfrenta a un problema real y serio, muy serio: nuestro nivel actual queda tan lejos de los tiempos de gloria que sería ridículo tratar los mediocres resultados de los últimos tres torneos como accidentes y no como la nueva normalidad. Los debates sobre su convocatoria han sido tragicómicos. Ramos aparte (y no estaría mal que, en vez de discutir si debería haberle esperado por la lesión, se hablase de su bajísimo rendimiento cuando ha estado sano esta temporada), ¿qué más da quién vaya? Yo hubiera llevado a Navas y no a Diego Llorente, a Canales y no a Sarabia, a Aspas y no a Adama. Y usted tendrá sus dos o tres cambios. Pues muy bien, ¿y qué? ¿Cuánto mejorarían nuestras opciones un lateral derecho de 35 años, un centrocampista tocado del (con todos los respetos) Betis y un delantero que sólo ha rendido a 10 kilómetros de Moaña? Nada.

Y ante la carestía de talento testado, sólo puede evitar el fiasco un plan perfecto, una genialidad táctica, un entrenador capaz de crear algo más grande que la suma de sus partes. Curiosamente, el enemigo público número 1 es la única esperanza. Luis Enrique ya ha perdido, pero sólo él puede hacernos ganar. Sería divertido.

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