Somos unos idiotas. Pensamos que Leo Messi acabaría su carrera en el Barcelona, pondría su nombre al estadio y no sería capaz de rozar otra camiseta que no fuera la que le vio crecer. Que la única solución posible era seguir disfrutando de la pelota. En el mismo jardín de siempre y con la fiabilidad de ese amor tan improbable, el eterno.
Somos unos idiotas. Por creer que Joan Laporta renovaría al argentino con un mate y un asado. Por soñar con que el fútbol aún podía ser un deporte sin más, no esa implacable industria que convierte a los clubes en siervos del dinero, a los futbolistas en piezas de oro preparadas para adaptarse a cualquier engranaje, y a los seguidores en meros consumidores de un espectáculo en el que el deporte siempre es lo de menos. No hay otro objetivo que monetizar los sentimientos.
Hace un par de años la gran preocupación era ver cómo podían encajar en un mismo equipo Messi, Neymar, Luis Suárez y Griezmann. El fútbol vive de la mentira porque narcotiza. En septiembre de 2016, el ex presidente del Barcelona, Josep Maria Bartomeu, pronunció una conferencia en la Universidad de Harvard. Presumía de su modelo Barça. El que debía llevar a la entidad a ingresar "1.000 millones de euros". El poder de la aberración. "Los socios son los propietarios, es lo que nos hace ser singulares. Son ellos los que toman las decisiones", soltó entonces.
Le huyó Neymar al PSG, el club al que Bartomeu acusaba de alimentar la burbuja del fútbol mientras él mismo convertía su plantilla en la mejor pagada del deporte mundial. Permitió que la entidad fuera condenada por primera vez por fraude fiscal para salir él mismo de rositas. Firmó a los tres futbolistas más caros de siempre en la entidad (Coutinho, Dembélé y Griezmann). Ofreció renovaciones a diestro y siniestro, como si los futbolistas fueran recreaciones de Dorian Gray. Firmó a jugadores que ni siquiera presentó. Incluso cuentan que pagaba más de lo que los interesados le llegaban a pedir. Trató de acicalar su imagen de la manera más sórdida en ese Bartogate que aún debe ser juzgado y se sentó en el palco a presenciar el resultado de su obra. Roma. Liverpool. Lisboa. Aquel burofax reclamando su huida de Messi, harto del mismo presidente que le había firmado un contrato por el que podía ganar 555.237.619 euros brutos en cuatro años.
Aún faltaba el epílogo. La quiebra. La ruina. Los 487 millones de euros con los que Joan Laporta piensa cerrar el último ejercicio. La necesidad de reclamar un rescate a Goldman Sachs. Y la obligada renuncia al mejor futbolista que tuvo siempre el Barça. A coste cero. Mediante un comunicado de tres párrafos.
Laporta basó buena parte de su campaña electoral en la promesa de que sus artes de seducción bastarían para convencer a Messi para que se quedara. Todo fue una farsa. Cierto. Pero todas las campañas electorales lo son. Sólo sirven para ser ganadas. No hay más que recordar ese periodo electoral convertido en el circo de los horrores.
La realidad, cruda, salió por fin del biombo mediático. Cuando los mismos socios que votaron a Laporta descubrieron que debían incorporarse avalistas de madrugada. Que directivos de los que no habían oído hablar debían entrar con su patrimonio por delante. Y que los fondos de inversión podían convertirse en los verdaderos propietarios de un Barcelona en el que los socios no tienen más poder que el de hacer caer una papeleta en una urna. Messi acudió a votar. ¿Lo recuerdan?
Laporta se ha enfrentado a una de las decisiones más difíciles de la historia de la entidad. Podía haberse ganado el aplauso y las carantoñas de la masa social. 'El presidente que permitió a Messi cerrar el círculo en el Barcelona', dirían. Cuántas veces cedió Bartomeu a la avaricia de Jorge Messi, que siempre tuvo el teléfono dispuesto para quienes se interesaran por su hijo. Pero en un Barcelona en el que los directivos, internos y externos, se juegan su propio dinero, no hay romanticismo que valga. Más aun cuando el propio Barcelona se juega su propia supervivencia. Más aun cuando la Superliga de Florentino y Agnelli debe mantenerse en pie.
Laporta se plantó. Ante Javier Tebas y su lluvia ácida del fondo Capital Partners. Ante Jorge Messi, arrastrado por la cólera pese a tener ya el plan B parisino a punto de caramelo. Y, sobre todo, ante nuestra propia ingenuidad, la última frontera antes de la ruina y el fracaso emocional.
Laporta pasará a la historia como el presidente que dijo adiós a Messi. Trascender voluntariamente con un fracaso. Qué necesario en esta vida.
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