El drama del Barcelona no fue que el mundo corroborara que Kylian Mbappé es el futbolista que marcará esta década, no Messi, que lleva diciendo adiós desde verano. El drama es que Griezmann y Dembélé parezcan a su lado campeones de chapas, no de un Mundial. O que un día Koundé, el central del Sevilla, rompa líneas como Maradona y convierta el Pizjuán en el Estadio Azteca de México '86; que Negredo, a sus 35 años, aún le amargue la Liga en el Carranza con su espalda de estibador; que cada gol de Luis Suárez con el Atlético le recuerde que el único nueve del equipo es Braithwaite (y Depay el sueño); o que un entusiasta de barba y trompeta, Villalibre, le niegue con el Athletic el único título al que quizá tenía opciones esta temporada: la Supercopa de España.
La noche del 16 de febrero de 2021 el primer equipo azulgrana se encontró con que, a falta aún de tres meses y medio de competición, quizá no haya aliciente más sensato que el de evitar otro bochorno. Alejarse cuanto antes de Europa, probablemente en una ronda en la que no cae desde hace 14 años, al menos le serviría para continuar con su difícil transición sin que ningún gran club del continente le recuerde en qué le convirtió la charanga de Rosell y Bartomeu. De aquel Barcelona de época de Guardiola y que Luis Enrique aún logró llevar a la gloria en Berlín pese a intuir lo que vendría a continuación (2015) ya no queda más que la desesperanza.
En 2017, el Barcelona de Luis Enrique fue goleado en París (4-0) y eliminado en Turín (3-0). En 2018 y 2019, el denostado Valverde sufrió los derrumbes de Roma (3-0) y Liverpool (4-0). Con Quique Setién, un día antes de que Arturo Vidal soltara que el Barça aún era «el mejor equipo del mundo», el Bayern le sometió a una humillación sin igual en Lisboa (2-8). Y ya con Koeman, el héroe de Wembley, el sonrojo se desplazó al Camp Nou. Llegó un incomprensible 0-3 contra la Juventus de Cristiano Ronaldo (un simple 0-2 en el Camp Nou le hubiera evitado cruzarse con el PSG), para alcanzar después frente a los parisinos una nueva cumbre de la frustración (1-4). Con la sensación de que el drama podría haber sido mucho mayor de haber corrido Neymar por el campo.
Carencias en la pizarra
No hay mayor problema en este Barcelona que el de la falta de calidad. No tanto para competir en el entretiempo de la Liga por una plaza de Champions, pero sí para esconder sus vergüenzas en Europa. Ronald Koeman comunica mejor que entrena. Por algo es un icono. Es también el único portavoz de un club descabezado. Pero, pese a sus esfuerzos, pese a su decidida apuesta por los jóvenes, las graves carencias en la pizarra le han pasado factura en todas las grandes citas de esta temporada. No solo eso. No ha conseguido que su equipo juegue sin miedo. Ver al PSG abrumar en su propio terreno a un Barça sin balón, con los futbolistas incapaces de presionar en campo rival, devolvió una imagen impropia de un equipo que durante tantos años se había caracterizado por su autoridad. La combinación entre la pareja de centrales, Piqué-Lenglet, fue la que más se repitió (34). En cambio, quienes más se encontraron en el PSG fueron los centrocampistas que ordenaron el juego, Verratti y Paredes (18). Significativo. Y cruel.
Mauricio Pochettino lo tuvo sencillo para apagar al Barcelona. Le bastó con desconectar a Messi de Jordi Alba colocando sobre el lateral un punzón incontrolable como Kean. Y también con cargar el juego sobre el costado que debía defender Sergiño Dest, un carrilero que, bien por su juventud, bien por su escasa capacidad defensiva, no está preparado para este tipo de duelos. Más aun si Koeman pretendía que fuera Dembélé quien le ayudara, no solo a sujetar a Mbappé, sino también a Kurzawa.
El peso que tienen aún las jerarquías en la caseta tampoco contribuye al avance en la reconstrucción. Jordi Alba, decrépito en las grandes caídas continentales, no tiene sustituto en Junior Firpo. Tampoco Pjanic podría hacer nunca sombra a Busquets, por acusado que sea su declive desde que el equipo sólo mira hacia atrás. Que Piqué saliera de repente como titular después de tres meses de baja frente a uno de los mejores delanteros del planeta, por pirotécnicos que fueran los gritos a sus compañeros, sólo remite al egoísmo propio del oficio. Mingueza, aún con sus carencias, se había ganado una oportunidad en el campo. No en las redes o en Twitch.
Para entender por qué se ha llegado a esta situación no hay más que echar un vistazo al esperpento institucional que despedaza al Barcelona. El club lleva sin presidente cerca de cuatro meses, con las elecciones a celebrar el próximo 7 de marzo. El nuevo ocupante de la poltrona se estrenara en el Parque de los Príncipes. Ahí es nada. Bartomeu huyó el pasado 27 de octubre, dejando la entidad a cargo del que fuera tesorero del ex presidente Núñez, Carles Tusquets. El mismo que inició su mandato accidental reclamando la venta de Messi. El mismo que en el último lustro debía haber advertido como presidente de la Comisión Económica que el club se iba a la ruina.
Posible exilio a Montjuic
La deuda es de 1.173 millones de euros y el peligro de que los fondos buitre acaben por hacerse con el control del club es evidente. Por mucho que el candidato Víctor Font firme un papel ante un notario con la promesa de preservar la ya presunta propiedad de los socios -el populismo político hace fortuna en el fútbol-, que Joan Laporta promueva la emisión masiva de bonos, o que Toni Freixa crea que mejorando los patrocinios y ajustando la masa salarial será suficiente. Sin saber aún qué piensa hacer Messi con su carrera. Y todo en un Camp Nou hecho añicos y con la posibilidad de buscar exilio en la montaña de Montjuïc cada vez más presente.
La escaramuza electoral, pobre y sonrojante, capaz de convertir al pobre Eric García en el mesías que nunca llegó, no es más que la metáfora de la salud del Barcelona. Todo gira en torno a las críticas de Font y Freixa por la negativa del favorito Laporta a acudir a debates. Como si los problemas del club pudieran solucionarse de cháchara en platós de radio, televisión y escenarios de puro, moqueta y Varón Dandy. Aunque, qué narices, es el Barça.
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